El artista alemán Jörg Bachhoffer expuso su obra por tercera vez en la ciudad de Bogotá, lugar que ha frecuentado también en calidad de docente y conferencista en las Escuelas de Artes Plásticas de las universidades Nacional y de Los Andes. La muestra exhibida en la sala 1 del Museo de Arte de la Universidad durante los meses de febrero y marzo confirma las intenciones de una búsqueda plástica que oscila entre dos vertientes artísticas aparentemente contradictorias: por una parte, es evidente la presencia del rigor minimalista que desacraliza el ámbito del arte, y por otra, también surgen inquietudes de orden espiritual que revelan una inclinación a asociar al arte con el ámbito de lo sagrado.
La primera ocasión en la que Bachhoffer dio a conocer su obra en esta ciudad fue a mediados de 1988 con una muestra titulada La realidad tras la realidad, en la que presentó una serie de trabajos realizados en Alemania, país donde reside, y en el Perú, donde estuvo de visita durante seis meses. La segunda muestra se llevó a cabo en la Galería Espacio alterno, en 1991, cuando Bachhoffer expuso una serie de dibujos y collages muy austeros y precisos con el nombre de Subcutáneo. En este estadio de su obra, la imagen conformada con escasos trazos inicitaba al espectador a una serie de reflexiones muy complejas que tienen que ver con la experiencia de una realidad dual en la que lo bidimensional y lo tridimensional, lo físicamente real y lo mentalmente sugerido, la piel y la superficie, presentan bordes imprecisos.

Ensayos sobre Dédalo es el título que Bachhoffer ha dado a su muestra actual en la que incorpora algunos trabajos realizados a comienzos de esta década con otros más recientes, con el fin de enfatizar su constante preocupación por el espacio como instancia y dimensión, que se relaciona tanto con la experiencia del hombre como ser que habita en el mundo, como con la experiencia plástica ligada a la dimensión espiritual. El título escogido por Bachhoffer tiene la intención de aludir a la incertidumbre que puede agobiar al hombre con respecto al espacio. Sabemos que en la mitología griega, Dédalo es el padre de Ícaro, aquel personaje alado a quien su padre previene para que no vuele muy alto, pues el sol lo puede quemar, ni muy bajo, porque corre peligro de caer en el mar; finalmente, no controla su vuelo y el sol derrite sus alas de cera, ocasionando su muerte. Este mito da forma a las experiencias de Bachhoffer, que son las que le sirven como punto de partida a sus reflexiones sobre el espacio entendido como una instancia peligrosa, donde todos los elementos, de manera un poco caótica, están en constante flotación. En medio de ese caos hay instantes de precisión, momentos fugaces en los que se da una convergencia entre los elementos, instantes en los que ocurre un orden, fracciones de tiempo en las que se crean roces, detenciones momentáneas que deben ser señaladas a través de la imagen, y son esos momentos de orden los que captura Bachhoffer en sus trabajos recurriendo a un lenguaje en el que es ostensible la preferencia por medios como el dibujo, el collage y la fotografía en total ausencia del color; el rigor en la distribución espacial de los elementos, y también se hace explícita una voluntad de recurrir al uso de elementos mínimos, trazos de carbón y manchas de aceite que al ser colocados estratégicamente sobre el blanco del papel le permiten dar forma a sus percepciones espaciales que al ser abordadas desde lo bidimensional tienen en cuenta los límites y las cualidades físicas del papel, una superficie eminentemente plana, larga y ancha. Sin embargo, esta superficie, al ser intervenida con el aceite, retrocede dando lugar a una nueva dimensión: la profundidad; mientras que el carboncillo, por el contrario, al colocarse sobre la superficie, alude a otra dimensión más próxima. De esta manera, al intervenir con recursos mínimos una superficie bidimensional, sutilmente se invoca lo tridimensional. A propósito del tratamiento del espacio en estas obras, el crítico irlandés Teddy Sheehan Reenkilla comenta: "En otra palabras, frente a lo meramente plano, frente a la superficialidad del carboncillo, se halla la realidad del aceite vivo, realidad dilatada en el espacio y en el tiempo, que se impregna y se mueve, permitiendo adivinar 'la realidad tras la realidad'".
El montaje de la muestra que hoy nos ocupa fue concebido con la precisión y la austeridad que caracteriza el trabajo de Bachhoffer. Este se inicia con un espacio limitado por un panel y la pared en el que se colocaron dos obras de pequeño formato que introducen al espectador en la temática y los recursos que utiliza el artista en esta ocasión. Un cubo dibujado con aceite y carbón nos pone en contacto con el medio antes descrito, y unas líneas que sutilmente flotan sobre una superficie algo imprecisa anuncian un nuevo recurso en el que se utiliza papel mantequilla que colocado sobre otra superficie, que puede ser una fotografía o un dibujo, sirve como soporte a los trazos con carboncillo, de manera que continuando con un trabajo bidimensional se crean dos dimensiones que permiten continuar reflexionando sobre ese estado de flotación constante que tanto interesa a Bachhoffer.
Una vez que el espectador atraviesa este umbral, se encuentra ante dos trabajos realizados con fotografía, donde se capta a través de un gran acercamiento las palmas de las manos, que en virtud de la aproximación de la cámara se convierten en extensas superficies surcadas por líneas que se prolongan hacia el infinito limitando con un espacio negro y profundo. La organicidad de esta superficie contrasta con la manera como fueron cortados los bordes de la fotografía, que dan lugar a formas geométricas muy precisas, de manera que parecen planos longitudinales flotando, moviéndose sobre el blanco del papel. Esta pared remata con dos dibujos realizados hace algunos años, donde percibimos la anatomía de dos rostros que se insinúan con trazos de aceite, y algunos bordes se marcan con finas y precisas líneas de carbón.
Las otras tres paredes de la Sala alternan obras recientes trabajadas sobre papel mantequilla, donde existen en algunas ocasiones huellas urbanas, con otras en las que persiste en el uso del aceite y el carboncillo. En cualquier lugar donde se coloque el espectador, bien sea muy cerca de una obra, o a distancia, percibiendo el conjunto de la muestra, se va a ver afectado por una dimensión espacial donde convive el rigor del minimalismo, tamizado por una mente que cree que el arte es la instancia sacra del hombre de hoy.
