Fernando Varela, un artista extremadamente complejo y que es apasionante descifrar, presenta en el Museo de Arte Moderno una magnifica exposición —el calificativo no es excesivo. Ha alcanzado en esta muestra una madurez conceptual y estética que convertirá su próxima individual en un reto ante sí mismo. La exposición está montada en la planta a nivel de la calle, un espacio muy difícil de aprovechar, por los muros elípticos y una doble altura. La museografía, muy estudiada como cada acto artístico de Fernando Varela, consigue dialogar formalmente con las estructuras interiores de las obras. ¿Armonía subconsciente? El hecho es que hay, desde el ambiente museal, esa correlación exterior-interior que constituye uno de los principios rectores de la potencialidad expresiva.
Las obras bidimensionales y tridimensionales alternan. Hoy, no cabe discriminar, en ese expositor –como en muchos contemporáneos— dibujos y pinturas, ambos presentes, ambos trabajados a línea, color y textura. Tampoco se necesita discernir entre esculturas e instalaciones que, en ambas modalidades, vehiculan el volumen, la superficie, la sustancia, la significación y el símbolo. Ampliaríamos nuestra afirmación a la intertextualidad abstracción/figura o letras/estructuras. Fernando Varela se sitúa en el camino de un arte total, el peldaño más elevado de la obra abierta.

Un análisis, recalcado por la crítica, expresado concretamente dentro de la obra, y por el propio autor, relaciona necesariamente la iconografía vareliana con los mundos superiores, míticos y místicos, con postulados religiosos casi tan abiertos como la obra. En efecto, la primera reacción, desde los palimpsestos expuestos en la entonces Galería de Arte Moderno hace más de 10 años, es identificar esas imágenes ancestrales, primordiales, prehistóricas, con la filiación judeocristiana, especie de lenguaje paleocristiano —un neologismo, que se ha empleado para Joseph Beuys. De hecho, y como parte de la bipolaridad espiritual de Fernando Varela, asistiendo a su evolución siempre ascendente, nos percatamos de que no se pueden limitar sus inquietudes y sus alegorías a un dogma, a una doctrina precisa. Las convicciones vertidas en el papel, la tela, la terracota y la tierra (aquí elemento real-simbólico) son finalmente sincréticas, transmutando conceptos occidentales, pero igualmente orientales, como el equilibrio supremo de las energías combinadas. Esa última propuesta se siente en las composiciones perfectas, en las armonías tonales, en la entrega al espacio, vivo y vibrante, sea interior o circundante. A título de ejemplo, cabría citar la mayoría de las obras expuestas: así, instalaciones como Karma y Huellas, pinturas como Génesis o la serie de los Nocturnos poseen una plasticidad de gran potencia formal, trascendental y expresiva.
Fernando Varela ha ido desarrollando el políptico. Aunque encontramos un tríptico extraordinario, Dualidad y Kyrie Eleison, un cuadro en cuatro partes —nos gustaría más decir cuatro "tablas" por su contenido bíblico—, dos de las obras más fuertes, puras, y estructuralmente simples, él elige generalmente el díptico, vertical u horizontal, dentro de un mismo soporte (así en las series) o en paneles individuales. Esa equiparación formal, esa simetría, ese número dos, corresponden a una concepción meticulosa que favorece la bipolaridad: equivalencias, complementariedad o contrarios, con un orden de lectura facultativo.
El vínculo entre las dos obras o estructuras interiores, de concreto se vuelve sígnico (hombre/mujer), simbólico (infinito/creación), alusivo (tallos/flores), matérico (variaciones texturales, a veces collage y elementos tridimensionales, los clavos). La integración semiológica se funde con la óptica. Del mismo modo que se refuerza la imagen, sucede con el mensaje y la atención del espectador. Recordamos entonces aquel postulado de Beuys, según el cual el espíritu, la idea, al aspecto personal, el alma, el intelecto o el pensamiento se sirven de la corporeidad para darse a la expresión.
Lo físico, en los dípticos de Varela y en sus demás obras, instrumenta estricta y hermosamente lo síquico y espiritual.
Hemos mencionado a Joseph Beuys. Fernando Varela le rinde un homenaje, por cierto uno de los "grandes" cuadros. A pesar de la profunda diferencia en la técnica, el proceso creativo, en fin, la realidad plástica tangible entre los dos artistas, uno germano y prohombre del arte universal, el otro latinoamericano y ascendente en su indiscutible maestría, se trata quizás de la mayor afinidad. En ambos, la religiosidad ampliada hacia el gnosticismo y mitologías plurales, las alusiones bíblicas concretas, la obra indisoluble de la palabra, la fe en el amor y la armonía y varios valores más son denominadores comunes. Dicen aun que Beuys colocaba diariamente en su mesa una rosa fresca, y luego, una vez marchita, la apartaba y cortaba el tallo.
Fuera de lo ideológico, todo cambia: performance, objetos brutos, feísmo extraño y hasta monstruoso en Beuys, versus estética, refinamiento, sublimación, acabado factural en Varela. En su pintura homenaje, Femado Varela no solamente coloca la proverbial cabeza con sombrero de fieltro, sino que trata al ilustre y misterioso alemán como un chamán, guía y maestro, destacando su bastón de mando —que se aloja en otras telas. Encontramos hasta los colores mates de la grasa y el fieltro, materiales básicos en la obra de Beuys, aquí trascendidos al óleo.
Observamos que Fernando Varela ha desarrollado pictóricamente el tema de las rosas y espinas que causaron impacto en su instalación, presentada en Inside (Kassel, 1997), y que ha reproducido idénticamente, ya que la universidad alemana todavía no se la ha devuelto. Tanto en ese (finalmente) díptico tridimensional, portador de vida y muerte, de éxtasis y castigo, como en las obras sobre tela y papel, las rosas, adrede "facsimilarmente" naturales, comunican su caudal de frescor y seducción. Mientras las puntas y las espinas (incluyendo las que sutilmente perforan circuito y soporte) suscitan menos una impresión fúnebre que la de vulnerabilidad del hombre, advertencia y reflexión.
La exposición de Fernando Varela en el Museo de Arte Moderno, fruto espléndido de un extenso proceso y de largas meditaciones, es un cita obligada con el mejor arte contemporáneo. Compartimos plenamente la opinión de María Luisa Borràs, cuando juzga esta "obra sin concesiones", "también una opera aperta que alcanza su finalidad última cuando logra la comunicación del pintor con los demás". Una comunicación unánime, un consenso visual.
