Exposición Cachamai

Juan Papparella. Sin título. 1996. Foto sobre aluminio y pigmento negro. 60 x 80 x 2 cm.

Colectivajul 1998 - sept 1998· Por Christine Frérot

Exposición Cachamai

Fundación Argentina, Ciudad Internacional Universitaria

La presencia argentina en París ha sido notable a lo largo de este siglo. La creación del movimiento cinético en esa capital a principios de los años sesenta, en la cual su participación fue consecuente, representa un momento fundamental en el cambio de la imagen que los europeos tienen del arte latinoamericano y de aquella que los latinos tienen en relación con una postura eurocentrista. Hoy en día, a pesar de una situación poco favorable al mercado del arte latino, los jóvenes artistas argentinos continúan siendo numerosos en la capital francesa.

En el transcurso de este año, la Fundación Argentina en París va a festejar su sexagésimo aniversario, y su nueva directora Diana Saiegh se ha propuesto reanudar la vida cultural de este lugar, impulsando las artes plásticas y el cine. Desde el año pasado ha iniciado un ciclo de exposiciones invitando a jóvenes artistas residentes en París y en Europa. En la última, titulada Cachamai1, exponían Miguel Almirón y Carla Cavallini (París), Cristina Ghetti (Blois, Francia), Elizabeth Aro (Madrid) y Juan Paparella (Bruselas). Reunir sensibilidades diversas sin criterios específicos solo por el propio valor de la obra, es arriesgar desajustes contraproducentes. Sin embargo, con excepción de la obra de Carla Cavallini, que encontré anacrónica, y de la cual no hablaré por esta razón, el conjunto presentaba coherencia y armonía ante la dificultad presentada por un espacio difícilmente modulable de tipo art nouveau, con pilares, chimenea, espejo y muebles.

Esas cuatro proposiciones estaban aglutinadas por un espíritu común que tenía que ver con el aspecto formal y conceptual, revelando en la obra de cada artista una reflexión sobre el diálogo entre el sentido y el medio. Me parece entonces interesante comentar tal iniciativa a pesar de la modestia del espacio y del tamaño reducido de la exposición.

Colectiva: Exposición Cachamai — imagen 1
Cristina Ghetti. Piedras nombradas, 1997. Pigmento negro sobre piedras. Dimensiones variables.

Juan Paparella (1965) exhibió, por primera vez en Francia, 6 fotografías de tamaño mediano y pequeño. Ante todo, este trabajo de intervención pictórica, pigmento sobre fotografía, le hace un homenaje dramático al silencio; para dar una densidad afectiva al vacío y hacer del duelo un sinónimo de ausencia. El trabajo del artista se sitúa en la obsesión, y esa permanencia de la memoria (del no olvido) cuestionada a lo largo del tiempo le permite estructurar y ofrecer una reflexión palpable, materializar la duda, enfrentar la forma, dentro de lo que llamaré una estética de la desaparición. Desde hace varios años, estas mismas preocupaciones han sido llevadas por artistas como Alexis Leyva (Kcho) en Cuba o Eugenio Dittborn en Chile, hacia distintos registros metafóricos de denuncia. La intención de Paparella es construir un clima, recortando sus siluetas como sombras fantasmagóricas fijadas dentro de un espacio vacío, desolado.

Son apariciones/desapariciones anónimas, sin dejar de ser queridas. Esa interrogación que le da existencia a las relaciones dialécticas entre la realidad y la ficción, rozando con lo absurdo, es una preocupación no sólo estético-social, sino esencialmente vital para él y su arte.

Colectiva: Exposición Cachamai — imagen 2
Elizabeth Aro. Casa y bosque. 1997. Madera y fotografía. 37 x 37 x 16 cm.

Elizabeth Aro (1961) expone también por primera vez en París. Escultora que podríamos llamar minimalista paisajista, con preocupaciones interioristas y sensibles, presentó tres obras, yuxtaponiendo la fotografía en blanco y negro de una selva con un volumen geométrico (en forma de casa) instalado sobre la foto. Ha dicho la artista: la casa como signo de trascendencia es el símbolo de nosotros mismos, los valores de protección y resistencia se transponen en valores humanos y el paisaje nos ofrece el misterio de un espacio infinitamente prolongado que puede indicarnos el camino de la profundidad íntima. También aquí, a otro nivel de reflexión, de memoria y de sentimiento, está en juego la experiencia de un territorio anónimo, de un terreno de mediaciones que surge de la confrontación entre la casa y el paisaje. Cambiar de país, estar lejos, reflexionar sobre esta emigración, es interrogar la identidad de su ser profundo. Para la artista, la disparidad entre dos espacios constituye un territorio a explorar una dimensión virtual, simbólica y afectiva a construir. Nada está cerca ni lejos, salvo la existencia del movimiento de la memoria vagabunda. Hay sin duda una evocación por parte de Elizabeth Aro de la geometría sensible inaugurada por Joaquín Torres-García, en esas incursiones abiertas al desconocido.

Cristina Ghetti (1959), trabaja sobre los signos y símbolos de la modernidad, o más bien, del mundo tecnológico. Señalización2 urbana e industrial, circuitos electrónicos, toda una generación de iconos-símbolos desconocidos o familiares, diseñados en negro sobre soportes distintos, pequeñas telas del mismo tamaño, pintadas con fondo rosa, o piedras lisas de río. Una variación a partir de signos ligados a la velocidad y al aire, recuperación y desvío del significado, proposición de una lectura nueva, a la vez musical y geométrica. La creación de un nuevo espacio-tiempo transmuta la lógica en deconstrucción mental y formal, y esa cadena de superposiciones abre un campo de infinitas combinaciones tanto materiales como mentales y estéticas.

Miguel Almirón (1964) trabaja también con el tiempo y el recuerdo, centrado en el yo, la propia imagen, y usando el desdoblamiento. El artista tuvo la rica idea de aprovechar como soporte un espejo ubicado dentro de un nicho (forma fálica evidente...). Una manera de jugar doblemente sobre lo falso y lo real, una manera astuta también de asociar las cuestiones tanto estéticas como conceptuales a partir del soporte inicial. Sobre el espejo, el artista utilizó un procedimiento de grabado al pochoir en negro, que recuerda los grabados anatómicos antiguos. Dibujos y representaciones (autorretratos), así como pequeños medallones de vidrio colgantes, están repartidos sobre la superficie como si la columna vertebral de estas imágenes fuera un árbol de la vida. Dos pequeñas pantallas laterales muestran imágenes en continuo donde aparecen su cabeza desdoblada y un corazón (recordando el universo del neoyorquino Tony Oursler). Paralelamente a su instalación y complementándola, un video cuestionaba también la identidad con la identificación sexual.

NOTA

1. Té de hierbas en Argentina.

2. Conjunto de señales industriales, urbanas etc.

CHRISTINE FRÉROT

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