La reciente exposición de Enrique Ježik, Paisaje, ocupó la escultura habitable del uruguayo Gonzalo Fonseca, La torre de los vientos, un elemento cónico cuya parte superior ha sido seccionada, de manera que revela una apertura hacia el cielo. Dicha torre es una de las tantas esculturas urbanas que forman parte de la llamada Ruta de la Amistad, proyecto realizado con motivo de la celebración de las Olimpiadas en México, en 1968. El rescate de este sitio, hasta hoy un tanto perdido y confundido con el horizonte de la capital, ha sido el punto de partida del proyecto Arte In situ planteado por Pedro Reyes, artista, arquitecto y curador mexicano. Dicho proyecto fue ideado en 1996 para impulsar la creación por parte de artistas mexicanos y extranjeros de obras para sitio específico, con la intención manifiesta de recuperar y aprovechar una parte importante del patrimonio cultural del país, y de contribuir, también, a la promoción y difusión de una faceta del arte actual que, con frecuencia, ha sido mal o poco documentada.

En esta ocasión, Ježik propuso una suerte de topografía transfigurable y registró sus múltiples etapas de transformación. El artista llenó el interior de la Torre con 45.000 kilogramos de hielo, concibiendo un paraje artificial a partir de un elemento natural, el cual, tras su proceso de deshielo, se alteraba día a día, y recuperaba nuevamente su morfología orgánica. La concepción de la obra parte de un material fluido y anamórfico que, en este caso, ha sido congelado y constreñido para que adquiera una configuración geométrica —cubos de hielo de fabricación industrial—, para luego regresar a su condición original. La pieza no sólo atribuía una parte importante de su realización al azar y a la indeterminación del cambio, sino que aprovechaba e integraba elementos como la luz, la temperatura y el sonido para adquirir nuevas formas y una materialidad distinta. Ježik utilizó las propiedades físicas de un elemento como el agua —sus cualidades visuales, táctiles y sonoras— y sus distintas posibilidades de transformación, como componentes estéticos de transformación, como componentes estéticos de una obra de índole procesal.
El artista se entregó a un juego en el que la materia se vuelve forma en constante gestación, y adquiere un semblante aleatorio y en continua mutación. A lo largo de los días, el hielo gana brillo y transparencia, puliendo y alisando aristas y esquinas, trozándose y fundiéndose con los bloques aledaños. Nociones y conceptos como el tiempo y el espacio, el peso y la ligereza, lo lleno y lo vacío, lo sólido y lo líquido, lo arcaico y lo caótico, contrapuestos al orden y la articulación de los volúmenes —el deshielo paulatino revela la presencia de elementos geométricos de concreto que son parte de la estructura de la torre— adquieren un carácter tangible y parecen transformarse en materia primigenia. Paradójicamente, la obra sólo alcanza su total realización al consumar su propia desaparición, integrando factores exteriores al cuerpo del paisaje que consigue deslindarse del dominio del artista, y devolviendo al sitio intervenido su carácter transitable.
De manera paralela al proceso autónomo de destrucción/construcción de la pieza, Ježik registró día a día el deshielo de la obra con una cámara de video que grababa un cuadro por hora desde tres orientaciones distintas.
Dicho material habrá de condensarse en un CD-ROM que busca ilustrar el desvanecimiento del paisaje poniendo en marcha una cuenta regresiva. El hacer visible en cuestión de minutos la paulatina transformación del hielo hasta llegar a su completa desintegración, parece revertir los efectos inasibles de los elementos que nos rodean, y ejercer un control eventual e ilusorio sobre fenómenos naturales que irremediablemente se nos escapan.
