La exposición De discretas autorías. Cuba y Venezuela: nuevas poéticas es la primera experiencia internacional del MACMA realizada en los espacios de la futura sede de esta institución: una antigua ganadería abandonada en 1958 al caer la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez.
Este espectacular antiguo matadero fue escenario del Taller de Artistas en Residencia para el cual fueron invitados cuatro artistas cubanos, Tania Bruguera, Luis Gómez, Carlos Garaicoa, Sandra Ramos, y cuatro artistas venezolanos, Alexander Apóstol, Magdalena Fernández, Juan Nascimento y Alfredo Ramírez, jóvenes cuya edad oscila entre 29 y 31 años, todos reconocidos por sus aportes en el arte contemporáneo. Durante cuatro semanas, los ocho invitados pudieron compartir y vivenciar la majestuosidad del espacio recuperado y propuesto para esta experiencia, gracias a la iniciativa del MACMA y al criterio curatorial de Nydia Gutiérrez.
La Ganadera causó fuerte impacto en los artistas. De un proyecto estipulado, varios terminaron realizando dos y hasta tres instalaciones. La riqueza espacial (nichos, huecos, antiguas maquinarias, objetos abandonados, cavas gigantescas más la interesante estructura en hierro apernado, entre otras cosas) fascinó a los artistas, tal como encanta asimismo a todos los visitantes del lugar.
La exposición implicó una toma simbólica del lugar. Con ello se adelantó ante la opinión aragüeña que éste será el lugar del Nuevo Museo. Esta es una de las razones por la que De discretas autorías implicó en Maracay un interesante acontecimiento. Si antes la Ganadera significó la entrada de la modernidad en una ciudad —y en un país— en esencia retrasada de acuerdo con los avances tecnológicos y sociales europeos, ahora con esta toma se simboliza la consolidación de la contemporaneidad en un museo que trasciende su calificativo de "provincia" y participa nacional e internacionalmente en el desarrollo del devenir de la plástica actual. Si bien antes se habló del Matadero Modelo de Maracay, no cabe duda de que se hablará del Museo Modelo de Maracay. Un museo concebido de una ganadería industrial.

Los visitantes iniciaban el recorrido de la muestra entre una actual pollera y una carnicería, construcciones que se encuentran separadas y a la entrada del matadero, área que será la futura recepción y vigilancia del Museo. En estos espacios Juan Nascimento desarrolló su obra. Los compradores de carne y pollo, tal vez sin percatarse, salían con sus mercancías en bolsas que llevaban la identificación y el logotipo del Museo. Esta acción duró aproximadamente quince días y con ello se desmontó el rol tradicional del museo —y por ende de la tradición artística— al involucrar el humor y lo banalmente cotidiano en una obra de arte.
Antes de entrar en la Ganadera en sí, un antiguo vagón abandonado permitió la realización de una instalación de Sandra Ramos. En su interior se redecoró una habitación (cama, colchón, lámpara, papel tapiz, mesa de noche con florero, etc.) a la que se colocó un cerramiento de vidrio casi a la altura de la cama. Ramos llenó "la habitación" con agua, a modo de pecera, y ante la estupefacción de todos, sangre seca —de 30 años atrás— comenzó a infiltrarse dejando un olor a carne vieja en el ambiente, olor que ha quedado impregnado, por cierto, en otros espacios de la Ganadera y que de alguna manera activa la presencia del antiguo matadero.
En el hall de entrada, el espectador se encontraba con una obra de factura limpia y luminosa. Un "penetrable" de Magdalena Fernández (1998), compuesto de largas telas blancas, sujetadas en lo alto, que replantean una geometría del espacio —de la verticalidad— y del movimiento. Esta instalación contrasta en pureza y luminosidad con dos obras instaladas en la Sala siguiente, intencionalmente escogida por su oscuridad, por el cubano Luis Gómez. Sol digerido y Secando todas las lágrimas constituyen otro interesante replanteamiento de la luz. En la primera, como fuego y energía; en la segunda, por el contrario, por la sutileza de los principales recursos empleados: agua, sombra y luz. Para la realización de Sol digerido el artista abrió un hueco de gran dimensión y profundidad dejando entrever las diversas capas de placa del piso. En el fondo colocó luces de fuerte intensidad, y sobre éstas una tapa de hierro. El efecto resultante es una luz intensa, solar, semejante a los de un eclipse de sol. Siguiendo la tónica de una obra de igual fuerza e intensidad poéticas, un enorme caldero encontrado en el matadero sirve de contenedor de agua para la obra Secando todas las lágrimas. Una gota cae repetidamente y el movimiento que se produce en el agua crea sutiles resonancias de sombra y de luz proyectadas a su vez en el techo.

En una de las cavas —con paredes aún recubiertas con anime de color ocre, residuo de las anteriores carnes congeladas— Carlos Garaicoa recreó un ambiente con lámparas traídas desde La Habana. Colocadas en estas paredes, ambientan el espacio con una luz muy tenue. Se trata de su Proyecto para iluminar el Hotel Saturno. A los lados de cada lámpara hay fotografías tomadas en el momento de la recuperación de éstas, que sirven a modo de documentación. Testimonios similares traídos de Cuba se utilizan en otras instalaciones del artista, que tienen lugar nuevamente en el contexto de la Ganadera. Esto sucede con el video Cuatro cubanos, colocado en el pasillo de al lado, e imágenes que retoma para su instalación Jardín, que realiza en una de las últimas salas del recorrido museográfico propuesto.
Seguidamente, Sandra Ramos replantea dos obras en las que el agua interviene de nuevo directamente. Autorreconocimiento del pez es un autorretrato en el que cada una de sus extremidades culmina con una pecera (con peces vivos). Lluvia, conjunto de bolsas plásticas que cuelgan del techo, llenas de agua y con bebés de juguete en su interior, replantea el sentido de la vida y de la muerte a partir del cuerpo femenino. Al lado del pasillo, atravesando la oscuridad, se encuentra una columna vertebral de Alfredo Ramírez, hecha en bronce y sujeta, como es su costumbre, a torturas y vejaciones. Para esta ocasión, dado el contexto en que se sitúa, está recubierta de escarcha y hielo, haciendo alusión de alguna manera a la imagen de la carne —y al cuerpo— muerta y congelada en la cava.
En la sala siguiente, una de las más amplias y altas de la construcción, se encuentran otras obras de Magdalena Fernández y Luis Gómez. Entre gigantescos rieles en el techo que dan cuenta de la movilidad en el manejo de las carnes, Fernández coloca unas pequeñas pelotas rojas colgadas por un hilo casi transparente, concibiendo así una tenue línea recta (21998). En contrapartida, Luis Gómez logró poner en funcionamiento una de las máquinas del antiguo matadero a fin de que el espectador pudiese vislumbrar como ésta funcionaba, al hacer que éste accionara un dispositivo que hacía subir y bajar uno de sus elementos. Ligereza por una parte y opacidad y pesantez por la otra son valores que se contraponen con la presentación de la obra de estos dos artistas. Igualmente aérea y con un efecto casi "levitante" se encuentra la obra 31998, en otra sala contigua, una de las más bellas e interesantes presentada por Magdalena Fernández. Tubos rojos se suspenden en el espacio gravitando gracias a la manipulación del espectador.

Tania Bruguera realiza, por otra parte, obras en las que indaga en la imaginería del vuelo con un sentido intenso y lacerante. Junto a dos artistas aragüeños (Luis Lovera y Roberto Notar Francesco), Bruguera realizó un performance en el que los tres se amarraron con unas correas en el interior de una estructura. Esta obra (Costo, de la serie Dédalo o el imperio de la salvación) estaba colocada en el aire en dirección de fuga o huida. Como diría Nydia Gutiérrez, se presiente una angustia existencial ante huir o permanecer, sensaciones que de algún modo vinculan su obra a la situación y al contexto de su país. En Decisión, de la misma serie, Bruguera continúa su indagación en la imaginería de vuelo amarrándose en una suerte de maquinaria con alas, encima de los espacios a los que llegaban las reses al matadero.
Desde la entrada a La Ganadera, Alexander Apóstol está presente en la exposición mediante unas inscripciones pintadas en la pared en la que pone al espectador en la posición de los peones o fichas del juego de monopolio (Matadero Monopolio). A medida que avanza hacia las diversas salas, el visitante está sujeto a las vicisitudes del juego, sea en situación de ganancia o de pérdida. Su obra es una constante crítica o burla a ciertos parámetros establecidos en el medio de la cultura, específicamente, de los museos. Ello lo realiza mediante señalizaciones, paneles, representaciones fotográficas en las que ironiza los roles predeterminados de los individuos y de las instituciones (Edificio y Representación, respectivamente).
Finalmente, el recorrido culmina con Jardín, de Carlos Garaicoa. Para esta instalación fue necesario trasplantar un árbol que se encontraba en las afueras del matadero, que casualmente era similar a uno fotografiado en Cuba (foto digitalizada, ampliada y colocada en el piso). Rodeado de una grama fresca, Garaicoa contrapone esta imagen a las de las ruinas de una ciudad.
De discretas autorías. Cuba y Venezuela: nuevas poéticas es resultado de una interesante propuesta curatorial. El punto de partida no surgió de conceptos preestablecidos sino que, contrariamente, se produjo a partir de la convivencia de varios artistas en un espacio pautado. El Taller de exploración y discusión sentó las bases de lo que sería la muestra, y se respetó el criterio y la creatividad de los artistas. Posteriormente se realizó un Seminario de Formación con 15 artistas invitados del interior del país, quienes intercambiaron ideas en torno a la creación artística al fin del milenio.
SUSANA BENKO

