¿Cómo puede uno ser cubano?

Sandra Ramos. La maldita circunstancia del agua por todas partes, 1993. Técnica mixta. 70 x 100 cm.

Colectivajul 1998 - sept 1998· Por Christine Frérot

¿Cómo puede uno ser cubano?

Maison de l'Amerique Latin

La exposición Comment peut-on être cubain? (¿Cómo puede uno ser cubano?) que presentó La Casa de América Latina en París se debe a la iniciativa de la Fundación Ludwig (antena de La Habana), y fue preparada desde Cuba. Apoyada por diversas instancias culturales del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia y por la Escuela Nacional de Bellas Artes de París, incluía pintura, instalación y fotografía. Ha sido la primera muestra de gran envergadura a nivel oficial en Francia, con una selección de catorce artistas de la nueva generación, todos residentes en Cuba. A diferencia de la exposición francesa, el Instituto Latinoamericano de Roma presentaba simultáneamente, auspiciada por la Embajada de Cuba en Italia, una exposición titulada Tendencias contemporáneas del arte cubano, con artistas jóvenes consagrados trabajando adentro y afuera de la isla.

A primera vista, el título dado a la exposición no resultaba muy claro —a pesar de su referencia a Las cartas persas, de Montesquieu— y su ambigüedad podía crear confusiones sobre ser (artista) cubano adentro, o ser (artista) cubano afuera. "¿Cómo podría uno no serlo?", escribió alguien en el libro de oro de la muestra. Quizás ésta sea la verdadera pregunta a la cual trataron de responder los artistas. La pregunta-concepto voluntariamente provocativa, quería llevar al visitante a cuestionarse sobre el contexto social, político y cultural del arte en este país, y sobre las perspectivas de su identidad frente a la globalización. Compartiendo esos objetivos, uno podía, sin embargo, entender las obras y ver a los artistas como rehenes de una pregunta cuyas ambivalencias son bastante evidentes y complejas. También la confusión podía surgir del hecho que son los artistas que han salido de Cuba y que trabajan afuera (Europa, México o Estados Unidos) los que justamente han dado al arte cubano un reconocimiento internacional (y su identidad) expresando su esencialidad a través de la crítica social.

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Pedro Álvarez. Alto, bajo, izquierda, derecha: Homenaje a la Revolución Francesa, 1997. Detalle de tríptico. Dimensiones variables.

La selección de la Fundación Ludwig, bien equilibrada, quería reflejar a través de la diversidad de las obras las problemáticas ligadas a la situación económica, ideológica cultural y sexual de la Isla. La Casa de América Latina consagró dos pisos de exhibición a la muestra, con excelente museografía; en la parte superior, imágenes-símbolos, algunas paradigmáticas, de Cuba: pinturas de José Ángel Toirac con el pico Turquino, el más alto de la Sierra Maestra; instalación de Marlon Castellanos, con 18 bolsas de papel de embalaje (las únicas disponibles en Cuba), sobre las cuales aparecía estampada en negro la imagen de un camión ruso; la instalación de José Manuel Fors, suerte de camino iniciático de la memoria, con fragmentos de objetos, huesos, piedra, fotografías sepia, conchas de mar..., posible evocación de los balseros náufragos. Antes de descender al segundo piso, una obra impactante de gran tamaño, de Carlos Estévez, llamada La energía de Dios (1995), suerte de sol rojo en forma de telaraña, al centro del cual una máscara escupía fuego, recordándonos la dimensión africana y ritualista de la cultura cubana.

En la parte inferior, los inmensos grabados en blanco y negro de Belkis Ayón aludían a las prácticas secretas (hombres enmascarados) de una secta prohibida, haciendo también referencia a los cultos afrocubanos. Todo el itinerario de esta sección giraba en torno a temáticas ligadas a la sexualidad, a la relación con la ciudad y su entorno, a la problemática de la insularidad, a los mestizajes culturales y artísticos diversos, a la ideología y al fracaso económico. Las fotografías de Abigail González revelaban una intimidad cruda, mientras que con sus desnudos, René Peña interrogaba la identidad masculina negra; en La tierra prometida, Ramón Pacheco proponía paisajes devastados y desolados, mientras que la instalación de Marlon Castellanos (acumulación de bolsas de azúcar) evocaba el trauma causado por las zafras y el cultivo único. Pero también sobresalieron los parti-pris humorísticos, históricos y utópico-satíricos de Tonel (obra efímera pintada sobre la pared) y de Pedro Álvarez (pinturas).

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René Peña. Sin titulo, 1996. Fotografía. 40 x 60 cm.

Fueron sobre todo las calcografías realístico-poéticas de Sandra Ramos (pensamos en los collages surrealistas de Max Ernst) y las fotografías de Carlos Garaicoa sobre la relación del hombre con la ciudad, que manifestaron con ternura y poesía —la primera—, y el desencanto del absurdo (alusión a Duchamp con su cepillo de dientes) —el segundo— todo el dolor y la soledad del ser insular.

Lo que sobresale de este conjunto de obras es la ausencia de una crítica política frontal como la de los años ochenta —desaparecieron los iconos de los héroes de la Revolución—, beneficiándose, por otra parte, de un malestar social y cultural en el cual se transparenta ese entrañable y doloroso amor por la Isla. La sexualidad como vía para cuestionar la identidad; lo absurdo, el humor y la ironía como escapes, lenguaje metafórico que impregna también las películas de Gutiérrez Alea. Los jóvenes artistas cubanos son totalmente cubanos, sin duda. Frágil y desestabilizado, a la vez amenazado y reforzado por las dificultades, su ser cubano logra expresarse dentro de un marco de libertad que ellos saben limitado, sin alejarles de un verdadero equilibrio entre arraigo local (temática) y reconocimiento internacional (modernidad).

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