Carlos Aresti, pintor de origen chileno que vive y trabaja en la capital francesa desde el principio de los años setenta, ha expuesto poco en este país. Con dibujos, bocetos y telas de distintos tamaños, el exintegrante del fallecido grupo Magia-Imagen (vigente durante los años ochenta en París y formado por artistas latinoamericanos de orígenes diversos —Leoncio Villanueva, Mario Murua, Heriberto Cogollo, Saúl Kaminer y Luis Zárate—), presentaba sus últimos diez años de producción en Francia. Dentro de su generación —nació en 1944— Aresti sigue siendo uno de los raros gozadores pictóricos y plásticos que impone, dentro de un contexto poco favorable, un arte que defiende el métier, privilegiando la forma y la estética. Con constancia, rigor y pasión, el artista construyó un mundo formal específico, imaginativo y seductor, que merece ser examinado.
No se trata, con esta reseña, de tomar partido en pro o en contra de la pintura. Sin embargo, estamos aquí oportunamente frente a una verdadera "defensa e ilustración de la pintura" con objetivos de lograr un equilibrio entre dibujo y forma a través de una exaltación del color. Si hoy en día técnica y modernidad pueden rimar todavía y decir algo en cuanto al significado de la obra, tal pintura, por su equilibrio cromático, su sentido de la organización del espacio, corrobora esa posibilidad. La maestría con la cual el pintor corta-desintegra-reconstruye las formas, crea un espacio cuyo movimiento es un elemento de doble sentido, a la vez plástico y conceptual. Desdoblamiento, juego de planos, fracturas, rupturas, están equilibrados gracias a una técnica de sfumato que suaviza la superficie creando transparencias. Uno de los aspectos notables de la búsqueda de tactilidad se da en la vibración del color obtenida por un trabajo de tipo divisionista. El espacio es revisitado por un postcubismo en el cual se mezclan herencias diversas como las de Pettorruti o de Lindner, evocando también el laberinto de un Escher que sería un colorista estridente.

Es un trabajo que busca los límites de la pintura en la trituración del color —verdes ácidos, rosa mexicano y azules turquesas— a través de la forma domesticada y majestuosa, alcanzando una especie de plenitud. La presentación por primera vez de una serie de dibujos a colores, tintas y gouaches preparatorias jamás exhibidas por el artista, enriquece la muestra permitiendo al visitante entender los ires y venires necesarios a la elaboración de la trama que estructura las grandes telas. La gráfica demuestra también la agilidad y la libertad gestual que el artista se autoriza cuando deja fluir, sencillamente, lo más hondo o lo más espontáneo de su memoria.
Aresti propone una interpretación de su realidad o de los restos de las memorias de varias realidades entre las cuales se destaca una visión real-imaginaria a través de sueños, vivencias, hechos cotidianos. La obra aborda varias temáticas —entre las cuales están el circo, la ciudad, el viaje y la jungla, tratadas de una manera onírica y metafórica— y está construida, sin embargo, dentro de un marco formal razonado que deja poco lugar a la casualidad. Al margen del automatismo liberatorio de los surrealistas, la imaginación y el inconsciente privilegiados por el artista chileno configuran una forma de nomadismo narrativo e iconográfico que asocia lo cotidiano al sueño. Si los figurativos narrativos de los años ochenta han buscado una reescritura postmoderna de su identidad cultural, Aresti se distancia de ellos con un universo personal muy construido, apegado a la tradición de la "gran pintura".
Su obra revela, en un libre control de los códigos visuales, la infinita complejidad del entrelazamiento de los tiempos y de los destiempos.
