La intimidad y recogimiento de un esfuerzo casi secreto, así como la laboriosidad e indagación sobre un amplio registro de materiales, acompañan a la profundidad y autenticidad con las cuales Alí Hernández repotencia la Cabina de purificación que actualmente presenta en el Museo Alejandro Otero.
El artista pone en evidencia el dominio de las más rigurosas exigencias de una instalación. Esta posibilidad comienza cuando el espectador es atrapado y envuelto en un auténtico microuniverso que en medio de su diversidad permite respirar una atmósfera inédita, absurda y desconocida. Aquí no procede una experiencia estética, más bien se promueve una vivencia conmovedora que es algo totalmente distinto. Las experiencias afloran cuando las relaciones se estructuran a partir de pautas exclusivamente racionales; por el contrario, las vivencias operan en función de intuiciones y sensaciones que son demasiado intrigantes, recónditas y misteriosas como para convocar a la lógica de una exclusiva interpretación intelectual.
El espectador no se siente ocupando un extraño lugar sino sumergido y metido en un ecosistema del cual se siente parte. Las sensaciones producidas por los vidrios que se estrellan y cuartean, así como los ruidos producidos por el agua, se conjugan con la sonoridad disimulada de unos asombrosos referentes que respiran con la plenitud de quien se siente en su ambiente natural.

Una instalación es algo más que la colocación de unas piezas a la manera de una exposición individual. También es algo superior al establecimiento de relaciones entre diferentes piezas de un mismo discurso. Una instalación no es una vitrina, ni una escenografía, ni una pantalla. Dicho de otra manera, una instalación no es la sumatoria formal de unas obras, ni es la conjugación rebuscada de especulaciones. Más bien, es una sinergia en donde el todo es superior a la suma de sus partes, y en donde los testimonios del conjunto se convierten en atmósfera y temperatura de lo impresentable. Con Lyortard podemos decir que "lo sublime es la presentación de lo impresentable. Con lo sublime, más que la búsqueda de placer y el goce estético, hay una vivencia con el desplacer".
La Cabina de purificación, de Alí Hernández, reivindica las dimensiones propias de un microespacio que se convierte, por obra y gracia del artista, en un microuniverso en donde ocurren múltiples cosas de las cuales pasamos a ser protagonistas. La sensación es absoluta y al mismo tiempo conmovedora, tanto que incluso llegamos a sentir que "somos el sostén de aquello que nos sostiene y el límite de lo que nos limita" (Octavio Paz). Por esta razón, la saturación aparentemente inhabitable se transforma en la mejor convocatoria para incorporarnos a una meta diversidad que promueve la enigmática convivencia de huesos, sábilas, vidrios, piedras, agua, botellas, plástico y otros elementos de desecho. Parafraseando a Jean Baudrillard, podríamos decir que Alí Hernández logra la "metamorfosis" de sus elementos a partir de relaciones asociadas con "metástasis" y en función de generar una pluralidad de "metáforas". En el marco de esta congregación de metamorfosis, metástasis y metáforas, los distintos recursos dejan de ser desechos para asumir una reversibilidad en medio de un plurivalente discurso.
La síntesis no puede ser otra; aquí hay invasión mezclada con ambición, así como agresión y conmoción. Todo reunido y armonizado en un contradictorio y caótico ambiente. Esta es la gran paradoja que sirve para recordamos la disruptividad, impredecibilidad y complejidad de nuestro mundo contemporáneo. Alí Hernández introduce una extraña convivencia entre la paz de una ecología sedimentada y la agresión enrarecida de lo absurdo. Sueños, fetiches y arquetipos, todo mezclado y confundido con todo dentro de un poderoso sincretismo que evidencia una obra que nació de la humildad de un esfuerzo, pero que ahora se aviva en la más elevada ambición de un aporte renovado.
