La primera etapa de la obra de Viviana Zargón (n. 1958) revela la influencia del minimalismo. Es el resultado de sus experiencias en la Facultad de Bellas Artes de Barcelona, a comienzos de los años ochenta. Al regresar a Buenos Aires, se inscribe en una corriente opuesta, la postmodernista de la ‘nueva imagen’. El purismo minimalista de sus primeras ‘caligrafías’, dominadas por el orden y la búsqueda del signo, cederá entonces frente a la necesidad de representar un mundo contradictorio donde conviven personajes del pasado, del presente y del futuro. Esos actores erráticos, presentados a veces como enigmáticos fetiches de la infancia, circulan incómodamente entre elementos de tradición clásica —columnas, fuentes, pedestales— como extraños ocupantes de un abigarrado y caótico escenario.
En los comienzos de la década del noventa, Zargón introduce no pocas transformaciones en la metodología de sus trabajos. Al igual que las iniciales ‘caligrafías’, sus pinturas de los noventa, de tonalidades más neutras y tranquilas, se someten a un orden riguroso (el de una cuadrícula elemental). Surge así la serie de ‘paisajes urbanos’, en los que cuestiona la noción tradicional de marco como límite fijo e inamovible. El borde pasa a integrar, de esta manera, el cuerpo principal de la obra.

La visión transgresora de Zargón se abre a nuevas soluciones en la nueva serie de pinturas presentadas en la Galería Filo. El cuestionamiento al canon de la unicidad del soporte pictórico, y de la continuidad de lectura, toma cuerpo en la división del cuadro en dos partes aparentemente irreconciliables. En el tramo superior, de aspecto fotográfico, vemos un mismo motivo arquitectónico: el frente de una casa en estado de semiabandono, de la que se percibe también el interior. El tramo inferior no responde, en términos generales, al código iconográfico: es el espacio del texto.
En esos trabajos, Zargón alude, de manera general, a la inseparabilidad de la imagen y del discurso. Pone de manifiesto la condición del pensamiento de ser un complejo de enunciado e imagen, aunque el canon iconográfico tradicional obligue a pasarlo luego ‘en limpio’ eliminando la palabra. De esta manera, proceso y obra, como producto ‘final’, coinciden. Si hay algo que caracteriza a esta nueva etapa de Zargón es su carácter deconstructivo, es decir la puesta en valor del proceso mental de producción, en el que resulta imposible pensar sin imágenes ni imaginar sin concepto.
Pero las pinturas de Zargón no sólo hablan de la pintura. La artista también ausculta en la memoria personal. Nos habla de la casa como lugar de pertenencia, distinto de los no lugares (Marc Augé), y al hacerlo, se filtra la visión —femenina— de cuidado de ese espacio, obsesivamente captado desde distintos planos y perspectivas.
Curiosamente, no es en la zona superior —de la casa— donde encontraremos la presencia humana. El hábitat, deshabitado, se define entonces a partir de la connotación de soledad y de la sensación de vacío.
Los seres humanos, esquemáticamente dibujados en posiciones de equilibrio inestable, ocupan el tramo inferior del cuadro, junto a números, fórmulas, ecuaciones matemáticas y textos que intentan definir conceptos relativos tanto a la pintura como al mundo exterior: armonía, equilibrio, levedad, gravedad, orden y proporción.
El espectador es invitado a relacionar las dos partes de estas originales composiciones. Debe unir lo dividido.
Debe dejar espacio, para ello, a la propia subjetividad y al libre juego de las asociaciones. Ubicado en la zona de la imagen, podrá deslizar sus connotaciones hacia la zona del texto buscando el anclaje de un sentido esbozado y presentido. En algunos casos, ese sentido aparecerá más claro que en otros, como cuando corroboramos la connotación de soledad de la imagen con la transcripción "absoluta levedad" en la zona del texto. Sin embargo, en la mayor parte de los casos, la función de la palabra apunta más a la diseminación del sentido que a su confirmación definitiva.
La muestra que comentamos, presentada inicialmente en la Galería Filo, ocupó, a comienzos del corriente año, las salas de la Sicardi-Sanders Gallery, de Houston, Texas.
ELENA OLIVERAS
