El Museo Soto de Ciudad Bolívar es el anfitrión de la Bienal de arte de Guayana que, de noviembre de 1997 a marzo de 1998, reúne un sinnúmero de artistas en la noción arte-región, arte-frontera.
Para la ocasión, las obras disponen no sólo de las salas del Museo Soto, sino, además, de varios lugares de la ciudad, en lo que se denomina intervenciones en la escala urbana y, en fin, en la Catedral, en el Ateneo, en la Casa del Congreso de Angostura y en la Alcaldía, es decir, toda Ciudad Bolívar parece tomada por artistas que deberían pensar en términos de linderos, de bordes, de confines de visión mucho más allá del terreno que es propio.
La tarjeta de invitación revela la autonomía de un diseñador que decide mostrar una suerte de rompecabezas, en un pliego de ocho planos, en que los nombres de los participantes están escritos uno encima de otro, en blanco sobre amarillo, y en una lista minúscula a un lado. Hay derroche de papel y negación de la información. Esta imposibilidad de diálogo es una de las características de la Bienal.
A la Bienal se accede por concurso, o lo que es lo mismo, por disposición del artista y decisión de un jurado, así como por la potestad del organizador de cursar invitaciones. La rotunda mayoría de los competidores son invitados, mientras que uno que otro logra la aceptación del jurado. Según se apreció en esta edición, la Bienal de Guayana carece de nexo con las artes del sur de Venezuela y del estado Bolívar, en particular. No interesa lo regional aunque se postule como categoría conceptual.

La Bienal muestra, en la mayoría de los casos, digamos en las obras de Milton Becerra o Ricardo Benaim, el arte como un proceso abierto de creación. La experimentación es un común denominador y, en el caso de Becerra, se trata de una obra intimista, dispuesta en un espacio cerrado, prácticamente sin luz, donde deberán reconocerse los cuerpos, los signos, las voces, los fulgores nocturnos de la selva; mientras que Benaim reconstruye un mapa de Venezuela en tierra, sobre el cual crecerá el verde, las metáforas de libertad y la negación de los límites que el hombre propone como convenciones.
Salvo la obra de Joel Cacique, sobre el cascarón de una casa posiblemente de cierta edad, las acciones sobre el perímetro urbano resultaban modestas, a veces cercanas a lo ridículo. Ciudad Bolívar es una villa de inmuebles e historia gloriosas, pero quienes manifestaban trabajar en ese escenario natural (y deteriorado) carecían de audacia, de poesía, de obra, de cultura para relacionarse con el sitio, sus ancestros y los parámetros del environnement. Por su parte, Joel Cacique tomaba una casa de la que sólo quedaban de pie sus fachadas, y en el gran vacío interior concentraba toda la fuerza de la luz solar para llamar la atención sobre la ausencia de una política de conservación del patrimonio. Entre las posibilidades de la Bienal estaban las instalaciones de Héctor Fuenmayor, en una habitación vacía que aludía al acto de respirar como la primera y última señal de la existencia, Nella Ochoa, con una video-escultura, para referir la mitología de El Dorado; Carola Bravo, con un dibujo-instalación sobre la geografía del Cerro Bolívar, y Luis Romero, video y juguetes en alusión a lo fabuloso de la región, a sus paisajes y sus riquezas naturales.
A modo de breve reseña, recordamos que Claudio Perna participaba de manera póstuma con sus célebres mapas Intervenidos; Roberto Obregón definía, a través de muestras de aguas, los caminos que conducen a Venezuela; Natalya Critchley hacía un gran dibujo, en muchas partes, para referir una cierta crónica de Ciudad Bolívar; Patricia van Dalen, colocaba infinidad de pequeñas banderas, de triángulo rojo, a modo de expansión; Clemencia Labin llevaba su obra a las paredes y el techo de la Catedral, en evocación al positivo encuentro del hombre común con el arte y la religión; Marylee Coll tomaba otra iglesia como escenario, y con sus dibujos a modo de tiras infinitas exaltaba las líneas de su arquitectura interior; Oscar Machado, con su trabajo en cemento, imaginaba un rosal del Libertador; Ricardo Gómez Pérez mostraba sus fotos urbanas; Adriana Barrios revelaba los contenidos del Orinoco, de la ciudad y su gente, a través de un corte vertical y transparente del fluir que es la vida, y, en fin, Alfredo Ramírez, artista distinguido con el premio de la V Bienal, cuya obra, esqueleto de aluminio, refiere descargas de electricidad.
JUAN CARLOS PALENZUELA

