Suspended Instants, una exposición colectiva que nivela a cinco artistas de la ciudad de Nueva York con cinco de Río de Janeiro, ocupó las galerías de dos de los espacios alternativos más importantes de Manhattan: el Sculpture Center, en el distrito residencial, y Art in General, en el centro. La exposición, creación de Claudia Calirman, una curadora brasileña que trabaja en Nueva York, fue co-curada por Holly Block, la directora de Art in General.
Las curadoras tenían una doble intención: primero, inyectarle un poco de sangre nueva al escenario neoyorquino (y viceversa: la exposición está diseñada para viajar al Brasil más tarde, durante este año) y, segundo, darle visibilidad a una sensibilidad estética que ha estado por fuera de la moda local por mucho tiempo; una visión minimalista expresiva e informada que enfatiza la forma y el diseño por encima de la polémica narrativa. La obra más exitosa empleó vocabularios visuales relativamente formales para producir experiencias contemplativas tan fundamentalmente irreducibles que no se podían analizar; la experiencia de juicios literal y figurativamente suspendidos, sugeridos por el título de la exposición.
Los artistas persiguieron este momento existencial mediante estrategias muy divergentes; las obras fluctuaron entre piezas tan insustanciales que sólo existían tenuemente, hasta objetos de presencia enfática, a veces masiva.

Para la parte de la exposición que se realizó en el Sculpture Center, la neoyorquina Heide Fasnacht instaló dos de sus construcciones en caucho y resortes, que representan mapas siderales murales. Estos complejos organismos, flotantes y tensos a la vez, eran rollos de energía cinética amontonada; su estructura y su mensaje ilativo eran a la vez idénticos y supeditados. Su obra se reflejaba de manera extraña en la del brasileño José Damásceno, titulada Elastic Cinema, colocada en la pared opuesta de la Galería. Utilizando únicamente clavos y bandas de caucho, Damasceno produjo un laberinto extrañamente fascinante. Su instalación consistente en formas de guitarras unidas, hechas en aserrín sobre el piso, era mucho más tangible y curiosamente desconcertante. Icholi Hauperyre L (10) o, (21) de la neoyorquina Brigitte Nahon, cuyo elusivo título presagiaba la incomprensible aunque convincente lógica de su acto de balanceo montado con hilo de mylar1 y una bola plástica, era una hazaña de lo efímero; el perfil más claro de Icholi se proyecta en las oscuras sombras de la pared de atrás.
Anna Linnemann, una brasileña que en esta exposición representa a Nueva York, contribuyó con siete pequeñas esculturas de tapices en piedra, rocas tejidas con alambre e hilo. La peculiar y evidente poesía del gesto de perforar y coser sobrepasó la tácita invitación a interpretar las obras en términos del oficio de un género que corresponde a las habilidades y tradiciones femeninas, aplicado a un material inadecuado.

La Galería Art in General presentó a varios de los escultores más sinceramente físicos de la exposición, así como dos de los más elusivos. La preferencia por el material y el proceso fue evidente en la gran instalación mural de la brasileña Carla Guagliardy Sin título/Fifi, que marcaba el paso del tiempo mediante la oxidación gradual del hierro en agua, y en la obra Countrywoman de Marcia Thompson, una serie fríamente elegante y sencilla de óleo en cajas de acrílico. Las dos obras del americano John Monti, especialmente su majestuosa aunque humorística pieza en plástico negro y fibraglass titulada Black Belly, se hubiera visto formidable en cualquier contexto. Aquí, esas obras eran especialmente contenciosas, hasta el punto que amenazaban con aplastar completamente a sus vecinas, especialmente a las construcciones minimalistas en hilo de la brasileña Fernanda Gomes, algunas de las cuales eran tan poco visibles, que verdaderamente imploraban la definición de presencia. El día de la inauguración, se necesitó de un guardia para proteger estas obras contra desastrosas colisiones hasta con los visitantes que estaban más alerta. También se encontraban los encantadores tapices tejidos del neoyorquino Seong Chun, de filosóficos textos enlazados y suspendidos en el éter. De los textos fragmentados no se podía deducir ningún significado coherente; lo cual no les otorgaba a las palabras que colgaban en el aire un significado mayor que el que pudiera otorgarles el espacio que las rodeaba.

En gran parte, las identidades nacionales de los artistas parecen haber sido esencialmente irrelevantes. Habría sido difícil discernir simplemente a partir de sus obras cúal artista representaba a cuál país. Tal vez la contribución más importante de la exposición fue su demostración del estrecho vínculo que existe ahora entre artistas contemporáneos de comunidades dispares. Posiblemente, a diferencia de la enorme cultura que las rodea, las culturas artísticas de ciudades tales como Río de Janeiro y Nueva York, ya no son mutuamente exóticas. Naturalmente, la confluencia de sensibilidades en Suspended Instants fue parcialmente el producto de la fuerte visión controladora de las curadoras, pero fue también un testimonio de la homogeneidad que caracteriza a gran parte del arte contemporáneo.
En efecto, el notable éxito de la exposición no fue el haber superado los cientos de millas que separan a Río de Janeiro de Nueva York, sino el hecho de haber cruzado el abismo mucho más impresionante que representan las cuatro millas que separan a Tribeca de Upper East Side dentro de la provincial isla de Manhattan.
NOTA
1. Mylar: marca registrada de poliéster elaborado en láminas extremadamente delgadas de gran resistencia, empleado en la fabricación de cintas para grabación, películas aislantes, telas, etc.
MATT FREEDMAN

