Rompiendo Barreras

Tomás Sánchez. Orilla, 1995. Acrílico sobre lienzo. 200 x 254 cm. Cortesía: Museum of Art, Fort Lauderdale.

Colectivaabr 1998 - jun 1998· Por Francine Birbragher-Rozencwaig PHD

Rompiendo Barreras

Selecciones de la colección permanente de arte cubano contemporáneo del Museo de Arte de Fort Lauderdale

El Museo de Arte de Fort Lauderdale presenta Rompiendo Barreras, una histórica exposición que muestra, por primera vez, su colección permanente de arte cubano contemporáneo. Su curador, Jorge H. Santis, logró organizar una colección bastante completa, que representa acertadamente el espectro de las artes visuales cubanas de las últimas décadas. 

El criterio de selección de la muestra es bastante sencillo. Incluye artistas que de una u otra forma tienen nexos con la isla. Aunque la mayoría ha nacido en Cuba y reside actualmente en el exilio, algunos han nacido en otros países y provienen de familias de origen cubano. Como en toda muestra de carácter general, hacen falta algunos artistas, ya sea por omisión o por decisión propia (hay quienes por motivos personales no aceptaron participar). Por otra parte, la decisión de no inclulr artistas residentes en la isla genera un vacío desde el punto de vista histórico. Sin embargo, se puede afirmar que Rompiendo Barreras reúne lo más representativo del arte cubano de las últimas cinco décadas y presenta una de las colecciones más importantes, si no la más importante, a nivel de museo.

 El complejo contexto histórico en el que desarrollan las artes plásticas cubanas en la segunda mitad del siglo XX hace difícil una organización cronológica o estilística de las obras expuestas. Santis sugiere una aproximación temática en el catálogo. Sin embargo, la exposición, que ocupa la totalidad del Museo, se presenta como una serie de salas en las que las obras se conjugan o se acompañan, sin necesidad de compartir características comunes. A excepción de algunas salas en las que se ve claramente una relación temática, técnica o generacional, la muestra presenta el arte cubano como la reunión de múltiples propuestas individuales.

La obra más sobresaliente de la exposición es sin duda alguna la instalación de José Bedia, Un violín para el ángel guardián (1996). La figura del ángel aparece delineada en una pared blanca y lleva marcas en el hombro y en el costado izquierdo del pecho. Sobrepuesta aparece una silueta negra, también marcada, con un avión en el cuello y un violín en el hombro izquierdo. El violín, punto focal de la obra, hace referencia a la ofrenda musical hecha al espíritu. La instalación incluye una serie de arcos metálicos, sostenidos por ladrillos de concreto llenos de palos de madera, y un indio de yeso colocado sobre un plato como ofrenda para el ángel guardián.

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José Bedia. Salida de temporada alta, 1995. Acrílico sobre papel hecho a mano. Dimensiones variables. Cortesía: Museum of Art, Fort Lauderdale.

A nivel de instalación, se destacan además las obras de María Magdalena Campos-Pons, María Brito, Mario Petrinera, Ernesto Pujol y Juan Sí. La obra Pisadas de una jornada (1992), de Campos-Pons, presenta tres cajas acrílicas que encierran cuentas africanas, loza, arena y una esfera de vidrio pintada con sangre. Las paredes de plexiglás están escritas con textos alusivos a las raíces de la artista, a su identidad y a su experiencia vivencial. La pieza de Brito, Ven y juega conmigo (Memorias de la niñez) (1985), también de carácter autobiográfico, es quizás una de sus mejores obras. Una serie de ojos, pegados en una pared, acechan el espacio que el público comparte con una especie de cuna-jaula, en la cual se encuentra encerrado un espejo con un autorretrato. La obra transmite la preocupación de la artista por temas como la vigilancia y el control, y presenta muchos de los elementos recurrentes en su iconografía.

A veces las piezas no encajan (1988), de Petrinera, es una pequeña maleta con compartimientos llenos de fotografías alusivas a la paternidad, inspiradas en su propia experiencia como padre y como hijo. También con Maletas (1994), Pujol trabaja la idea del viaje y el exilio. Tres valijas azules con imágenes de ropa interior, tacitas de café y canastillas pintadas, simbolizan su experiencia como inmigrante y sirven como metáfora de la fragmentación de la herencia cultural del cubano en el exilio. La instalación de Juan Sí, Rosa náutica (1994), es también una referencia al exilio, más específicamente al balsero. Es un homenaje a su esfuerzo físico (representado por las extremidades colocadas en forma de cruz) y psicológico (percibido sutilmente a través de la frialdad metálica de la obra).

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Rubén Torres Llorca. Saber rezar, creer es otra cosa, 1993. Técnica mixta. 178 x 89 x 13 cm. Cortesía: Museum of Art, Fort Lauderdale.

En el marco de la muestra, la escultura está representada por varias generaciones. A nivel de maestros, la colección presenta un hermoso bronce horizontal de Agustín Cárdenas, Adiós a la noche (1993) y un acero negro de Tomás Oliva, Sin título (1992). La siguiente generación está representada por Álvaro García, Consecuencia (1993), Tony Labat, David y Goliat IV (1990) y Zilia Sánchez, Sin título (1985). Entre los representantes de la generación de los ochenta se destacan Rubén Torres Llorca, con Saber rezar, creer es otra cosa (1993), una pieza de pared en forma de cruz con claros referentes religiosos; Florencio Gelabert, con El significado de la relación #1 (1994), una obra que combina lo estético y lo utilitario; y Ricardo Rodríguez Brey, con Sin título (1996), una lámina de caucho negra colgada con un cordel metálico en el centro, en la que la frialdad de los materiales se conjuga con la calidez y la sensualidad de las formas. Otra pieza tridimensional que merece ser mencionada es De heridas y armaduras (1994), de Connie Lloverás, una cerámica en forma de T, con clavos y hendiduras sangrantes, que simbolizan el dolor humano.

La pintura ocupa, sin duda, un lugar primordial en la colección. Entre los maestros se destacan las obras de Guido Llinás, Pintura negra (1992), Hugo Consuegra, Multiculturalismo en medio de Babel (1995), Antonia Eiriz, Entre líneas (1993), Agustín Fernández, Objeto (1972), Rafael Soriano, Cautiva fantasía (1989), y Gladys Triana, El eslabón perdido (1995). La presencia de las obras de Llinás, Consuegra y Eiriz sitúa el principio cronológico de la muestra en la década de los cincuenta, época en la que estos artistas, junto con los demás miembros del grupo de Los Once, desarrollaron el primer movimiento abstracto en la isla. En el contexto de la colección vale la pena destacar la obra de Eiriz, un cuadro expresionista pintado en tonos sombríos, en el que una multitud de cráneos acecha una figura horrorizada, que recuerda las obras tempranas de quien fuera maestra e inspiradora de muchos de los artistas de las generaciones más jóvenes.

Dentro de la pintura tradicional se destaca la participación de Emilio Sánchez, Sombra larga al amanecer-Patio (1992), y de Humberto Calzada, Planeando el eclipse (1990), con sus coloridos cuadros de carácter arquitectónico, y las obras figurativas de Miguel Padura, Sueño recurrente (1997), Ramón Carulla, La delicada mirada de la locura (1992-1993), y Arturo Rodríguez, Sin título (1990). De igual forma se destacan las pinturas de Lydia Rubio, El encuentro (1992), Mario Bencomo, Paradiso Lontano (1986), Rogelio López Marín (Gory), Cuando el ángel cae (1996), y Eleomar Puente, La fuga (1994). Es importante mencionar también la obra de Carlos Alfonzo, Sin título (1990), un políptico pintado sobre un biombo de madera colocado a la entrada del Museo, como metáfora de la muestra. La pieza tiene además, en la parte posterior, una pintura en tonos azules y grises de Baruj Salinas, Sin título (1990).

El paisaje está representado por su máximo exponente, Tomás Sánchez, Orilla (1995), una obra casi minímal en la que franjas blancas enmarcan una franja de color que representa el río y la selva, presenta una propuesta ecológica que contrasta visualmente con la dureza de las obras de artistas comprometidos con la denuncia política y social. Luis Cruz Azaceta, Balsero muerto II (1994), plantea la problemática del balsero al colocar su autorretrato en un neumático o balsa, sostenido en el aire. Carlos Cárdenas también hace alusión al tema de los balseros en Sin título (1992), un tríptico azul de grandes dimensiones en el que se aprecian dos embarcaciones, una con un esqueleto y otra con tres individuos protegidos por la virgen de la Caridad del Cobre. Entre los pintores de la generación de los ochenta se encuentran además Ana Albertina Delgado, La manzana (1989), Adriano Buergo, La espera en la alcoba (1991), Tomás Esson, En el ático (1992), y Julio Antonio, El represor (1993); quienes presentan una visión comprometida, en la que el simbolismo denuncia realidades e injusticias políticas y/o sociales. Juan Abreu puede ser incluido en este grupo aun cuando la obra escogida, Objetos de deseo (1993), precede su obra más representativa. 

La generación de pintores más jóvenes está representada por Williams Carmona, Sin título (1993); Gustavo Acosta, Viendo morir y matando (1994); Heriberto Mora, El nuevo amanecer (1993) (las osamentas y el tono sombrío de esta obra parecen ser una secuencia del cuadro de Eiriz), y Gustavo Ojeda, Sin título (Estación de tren subterráneo) (1984-1985). Entre la generación joven se destacan los dibujos de Jorge Pantoja, Continuidad de los mentos, Ciro Quintana, Las maravillas del arte cubano. Glexis Novoa, Te fuiste (1994-1995). Este último, un dibujo sobre tela en el cual se distinguen dos grupos de construcciones hechas con trazos y una serie de grafismos, es sin duda una de las obras más interesantes de su producción artística. A nivel de dibujo es importante destacar también la obra de César Trasovares, Sera bos arte, una pieza en madera que representa lo más reciente de su trabajo artístico.

 La muestra presenta una colección importante de fotografía que incluye obras de Ana Mendieta de  la serie Siluetas (de los años ochenta) y un conocido fotomontaje de Arturo Cuenca, Ciencia e ideología (Che) (1988-1993). La exposición presenta, además, obras de Mario Algaze, Eduardo Aparicio, José Azel, Juan Pablo Ballester, Consuelo Castañeda y Quisqueya Henríquez, Eduardo del Valley Mirta Gómez, Gory, Silvia Lizama, Tomás López, Luis Mallo, Mana Martínez-Cañas, Luis Medina, Tony Mendoza, Eduardo Morell, Eduardo Muñoz Ordoqui y Andrés Serrano. A nivel de video, la colección cuenta con obras de Raúl Ferrara-Balnquet, Ebbbo para elegua (1992), Coco Fusco y Paula Heredia, La pareja en la jaula: una odisea en Guatinaui (1993), Ela Troyano, Carmelita Tropicana (1993), y Ricardo Zulea, Sin título (1995). 

La exposición cuenta con un importante catálogo escrito por Carol Demian y será presentada en el Museo de Arte de Tampa, Florida, en el Museo SNITE de la Universidad de Notre Dame, Indiana y en el Museo de Arte Latinoamericano de Long Beach, California. 

FRANCINE BIRBRAGHER

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