Desde hace tres años, Johnnie Walker viene adelantando un programa artístico con el fin de conformar una colección de arte latinoamericano. Esta iniciativa comprende una convocatoria abierta a artista nacionales procedentes de distintos países, así como una serie de exposiciones que se han realizado en Perú, Brasil, Chile, Colombia y México. Es así como se presentó, en la Casa de la Moneda, durante los meses de febrero y marzo el conjunto de obras que resultaron seleccionadas a partir de la convocatoria lanzada el año pasado por Johnnie Walker, United Distillers Rueda y Cía., en Colombia. Para la curaduría de esta muestra fueron comisionados Carlos Arturo Fernández, profesor de historia del arte de la Universidad de Antioquia; Carlos Jiménez, decano de cultura de la Universidad del Valle; John Philips, gerente general de United Distillers Rueda y Cía., José Ignacio Roca, jefe de Artes Plásticas de la Biblioteca Luis Ángel Arango, y Miguel Ángel Rojas, artista catedrático de la Universidad Nacional de artistas colombianos cuyas edades oscilan entre los 25 y 45 años. En primera instancia, se preseleccionaron 60 artistas, quienes cumpliendo con los requisitos de la convocatoria, concibieron una obra en la que se reflexionara "desde el ejercicio de la pintura, acerca del 'Rojo', como color, asociado a una serie de conceptos, ideas y significados a lo largo de la historia de la humanidad". Finalmente, el grupo de curado-res analizó las obras realizadas y entre ellas seleccionó 25, con las que se conformó esta muestra que viajará durante este año por las principales ciudades del país.
La premiación del evento estuvo a cargo de un jurado internacional conformado por Catherine David, curadora de la X Documenta de Kassel; Ivo Mesquita, curador independiente y profesor invitado del Center for Curatorial Studies, Bard College, Nueva York, y Carolina Ponce de León, curadora del Museo del Barrio, Nueva York, quienes otorgaron el primer premio a la obra titulada Yo no sé nada, de Patricia Bravo; el segundo fue concedido a Historia en rojo oro, de Raúl Cristancho, y el tercero fue para el conjunto de pinturas llamadas Calentamiento, de Beltrán Obregón.
Es oportuno señalar algunos aspectos de la organización de este evento en los que se manifiesta una actitud seria y que consecuente se revela en el buen nivel de la muestra. En primer lugar, la edad requerida para participar en el evento parece responder a unos criterios precisos, pues con la elección de estas generaciones es posible acceder a propuestas de artistas activos que están iniciando o culminando un proceso de madurez artística, de manera que quedan excluidos aquellos excesivamente jóvenes, y quedan por fuera los artistas que ya se encuentran plenamente consagrados, quienes ceden su turno a aquellos que están en proceso de consolidación. En segundo lugar, como lo señala José Ignacio Roca, este programa recurre a una estructuración temática en torno al rojo, entendido como concepto más que como color, en la complejidad que presupone el ejercicio contemporáneo de lo pictórico1.

Esta estructura resulta interesante y provocadora, si se tiene en cuenta que muchos eventos nacionales parecen estar interesados en decretar la definitiva defunción de la pintura por unas causas que no parecen estar claramente establecidas. Después de ver la muestra, y como lo confirma el ensayo del profesor Carlos Arturo Fernández2, se hace evidente que el tema elegido resulta oportuno por las implicaciones conceptuales e históricas tan vastas y ricas que se asocian al rojo y a la historia de la pintura. Los artistas seleccionados respondieron, cada uno a su manera, a este llamado, algunos recurriendo a la contundencia de su presencia, mientras que otros, no con menos fuerza, lo evocan a través de su ausencia.
Son numerosos los artistas para quienes el rojo se convierte en un vehículo propicio para pensar en la situación de violencia por la que atraviesa el país. Dos de las obras ganadoras, desde ópticas muy diversas, toman como punto de partida esa referencia. Patricia Bravo acude, como en otras ocasiones, al uso de su propia imagen como receptáculo de sueños; en este caso, sueña con relatos violentos donde distintos sujetos, hombres y mujeres, cuentan su propio drama. Raúl Cristancho también recurre a los relatos, específicamente a los de la conquista americana, para hacer evidente que nuestra historia, como el título de la obra lo comunica, se escribe de principio a fin con oro y sangre. Como en otras ocasiones, Christancho recurre al collage para propiciar el encuentro de dos tiempos sobre una misma superficie, de manera que sobre una imagen procedente de un códice maya se inserta una imagen periodística en la que el ejército transporta uno de los tantos cadáveres que diariamente presenciamos los colombianos.
El poder de evocación del rojo ha sido explorando en la obra de Deley Morelos, quien en esta ocasión presentó un gran díptico realizado con acrilico sobre papel, donde el rojo se esparce y estalla con agresividad, remitiéndonos al fluir de la sangre. Ana Claudia Múnera presentó una imagen de video digitalizada en la que también se evoca la sangre, esta vez instalada en un escenario tan cotidiano como puede ser la silla de un bus. Johanna Calle piensa en la violencia pero el rojo aparece en su obra monocroma como ausencia, como complemento del luto de los huérfanos que son cada día más y más numerosos en este país. La obra de Germán Londoño hace parte de este grupo, más por el título que por la iconografía.

La obra de Beltran Obregón es, sin duda, una de las más interesantes de esta exposición; como ya lo mencionamos, obtuvo el tercer premio, y en ella se presentan imágenes pintadas con tonos neutros que tienden a la tonalidad del verde, sobre nueve pequeñas tablas de madera ovoides, en las que aparecen unas niñas en el patio de su colegio, iniciando ejercicios de calentamiento. Estas imágenes, que evocan fotografías ligeramente desenfocadas, permiten ver como, paso a paso, giran los cuerpos mientras que una ligera sombra roja se proyecta detrás de cada tabla. Es una obra que permite al espectador evocar mil reminiscencias, y entre ellas el frío y el calor, este último asociado a la calidez propia del rojo. Olga Lucía García y Ana María Rueda también trabajan sobre madera pero desde perspectivas diametralmente opuestas; la primera lo hace con una gran carga de humor que le es característica, mientras la segunda imprime a su obra la trascendencia del fuego.
Un artista que sugiere la presencia del rojo es Víctor Laignelet, quien reflexiona en tomo a la teoría del color, pero a diferencia de los puristas de la forma, opta por pintar dos reses, una monocroma y otra verde, cuyos cuerpos están divididos indicando los cortes tradicionales que se utilizan para el consumo humano de la carne, y con esta imagen invita al espectador a hacer ejercicios visuales de manera que el rojo surge como efecto óptico complementario.
La presencia del rojo superficie se impuso en toda su plenitud en la tela de terciopelo estampada con blanco de Ana María Cano, en las pinturas de gran formato de Luis Fernando Roldán y Jorge Julián Aristizábal, en el gran lienzo con implicaciones más formales que conceptuales de Jaime Franco, en la pintura de Fernando Uhía, de Nadín Ospina, y en la pieza de Jaime Iregui titulada Sputnik, que actúa a medio camino entre la pintura y el objeto. En otros trabajos, el rojo aparece como mancha, como punto focal de la imagen; tal es el caso de la pintura de José Horacio Martínez, de los pañuelos de Rafael Ortiz, con los que recrea la tradicional historia infantil del escritor colombiano Rafael Pombo, Rin rin renacuajo; la superficie roja se convierte en objeto en el gran sobre de corte hiperrealista de Esteban Villa y, en el caso de Grabriel Silva, el rojo es mancha que fluye como símbolo de extremo a extremo de la tela. Cristina Llano utiliza el rojo como fondo y figura para aludir a la violencia y al sexo, mientras que para Carlos Blanco y Luz Ángela Lizarazo, el rojo se asocia a la piel y los órganos vitales.
La obra de Carlos Salas, titulada Busiraco, propone una relación muy interesante entre superficie y mancha. Se trata de una construcción bidimensional compuesta de tres cuerpos pintados con acrílico sobre madera y tela; en cada uno de ellos, el rojo se insinúa de diferente manera, como trazo, luego como presencia casi imperceptible que se oculta bajo capas de pintura blanca pastosa, para finalmente convertirse en manchas contundentes, a través de un proceso en el que la pintura se asume como un hecho constructivo.
Rojo sobre rojo ha invitado a los artistas para que asuman la pintura en una forma consecuente con las circunstancias del arte de nuestro siglo, como un medio reflexivo, y en cada una de las propuestas la pintura aparece vivificada denotando que más alia de ser una superficie plana, bidimensional, en vías de extinción, es una superficie abierta a múltiples lecturas y a múltiples exploraciones.
NOTAS
MARTA RODRÍGUEZ

