Los cuadros pasan entre los espectadores como queriendo significar una presencia dinámica, inestable, cambiante, como de hecho es la obra de arte para Raymundo Sesma. El día de la inauguración, la Galería se vuelve el espacio de un diálogo crítico entre acontecimientos —políticos en su mayoría—, significados y resignificados, y sus posibilidades de lectura —confrontación, apropiación, rechazo, indiferencia, cuestionamiento— por parte de individuos post foucaultianos. Y es que una de las preocupaciones que ha otorgado sentido al quehacer de Sesma en los últimos años es la fractura entre signo-imagen y su percepción.

Ciudad ideal resume, por medio de dípticos y trípticos, así como de dos instalaciones, la idea de un arte utilitario dentro del imaginario simbólico, considerando a todo hecho humano como factible de convertirse en artístico desde el momento en que se representa. Mientras el más tradicional óleo diluye en la memoria las figuras de monumentos derribados —imágenes de Stalin, el muro de los lamentos en Jerusalén, la silla eléctrica—, entre delgados paneles negros verticales que rompen el esquema del cuadro, el plano octogonal de la ciudad ideal de Vitrubio (orden, disposición, proporción y distribución) flota por medio de luz negra en una habitación oscura, estableciendo una tensión con el contorno de una estatua suspendida de Lenin a punto caer. De igual manera, las mazorcas de maíz se vuelven inaccesibles por su derivado industrial, la harina de Maseca, que se interpone frente a una grafía trapezoidal elocuente de la proporción ideal a partir del hombre como medida de todas las cosas.
Toda obra que se precie de guardar un orden correcto, en este caso aludiendo a Vitrubio y a paradigmas renacentistas, no puede más que llegar al problema de la moral. He ahí la utopía de Sesma, que no se plantea como una cuestión plástica sino que, a través de este medio, explora el trasfondo filosófico del existir.
La ciudad utópica, planteada en estos términos, rebasa a la obra y al artista mismo, elaborando la posibilidad de un lenguaje signicosimbólico (por supuesto, dentro del imaginario occidental, aunque con ciertos matices reduccionistas orientales). Este creador mexicano, ¿mexicano?, pero, ¿a quién le importa?, si su producción —ciertamente menos conocida en México, como ya lo afirmaba Eligió Calderón, ha alcanzado a sumarse a las colecciones de recintos encumbrados como son los museos, particularmente el Metropolitan Museum of Art de Nueva York, el Musée d’Art Moderne de París o el National Museum of Modern Art de Tokio, Japón, entre muchos otros, alrededor del mundo.
¿Artista global? Sí, pero no en el sentido de la aniquilación o superación de los regionalismos, sino como posibilidad de convivencia. Global porque, a pesar de su origen chiapaneco y una estancia de 14 años en Milán, la recuperación de imágenes a través de los medios de comunicación electrónicos e impresos lo hacen apátrida; global también porque compromete toda su labor creativa en la acción conjunta de la sociedad, de la cual es un ferviente promotor.
Entre lo social y lo moral se entreteje el tema clave de Sesma: lo global también es utópico, ya que parte de lo siempre fragmentario, de esa ilusión de unión, de experiencia totalizadora, de la imposibilidad de separar la obra del artista, negando la afirmación del arte por el arte, a menos que sea en un sentido social, como el proyecto de intercambio creativo entre artesanos, artistas y sociedad que viene realizando desde hace tres años en la población de Tecali, Puebla. La creación intangible y en constante movimiento.se vuelve imposible de definir: así se conforman las utopías de Raymundo Sesma.
ANA ISABEL PÉREZ GAVILÁN
