La exposición Los ecos de Mathias Goeritz presenta una muy completa mirada retrospectiva a la variada —y difícil de clasificar— obra de este polifacético artista. La muestra abre con una serie de retratos, que incluye fotografías, caricaturas y obra plástica a través de las cuales se evidencia la carismática personalidad de Goeritz.
Nacido en Danzig en 1915, Goeritz habría de recorrer un largo camino antes de aceptar la invitación de Ignacio Díaz Morales para dar clases de artes visuales e historia del arte en la facultad de arquitectura de la Universidad de Guadalajara.
Mathias Goeritz llega a México con un doctorado en filosofía e historia del arte, al que se le suman un amplio contacto con la Bauhaus y con la Escuela de París, una estancia en Marruecos y otra en Santander —donde fundaría la Escuela de Altamira a raíz de la impresión que la expresividad y espontaneidad de las pinturas rupestres dejaron en él. Es partiendo de estas experiencias que se propone el recorrido de la exposición, pues aunque ésta se divide en ocho módulos temáticos, en todas sus obras prevalece el aspecto lúdico y emocional que Goeritz propuso como fundamento del arte verdadero, de lo que el llamaría el Arte Mayor.

Las dos primeras secciones, "Mathias antes de Mathias" y "La escuela de Altamira" muestran obras tempranas en las que el discurso museográfico rastrea cierta influencia del expresionismo alemán, de algunos motivos árabes en la obra realizada después de su estancia en Marruecos y, finalmente, de la imágenes encontradas en las cuevas rupestres y que determinarían el giro de toda su obra posterior. La confrontación de estos elementos con el funcionalismo que había permeado su educación artística darán origen a una visión del arte que, si bien se fundamenta en la abstracción, no dejará nunca de lado los aspectos expresivos y emocionales originarios en el acto creativo.
Ello se comprueba en la sección dedicada a La escultura de Mathias Goeritz donde el trabajo de los materiales se presenta como un experimento manual-emotivo que llega incluso a contar con la participación del espectador. Ejemplo de ello son la serie de esculturas hechas a partir de fragmentos de diversas formas y tamaños que pueden ser re-ordenados ad infinitum —como los cubos de construcción infantiles—, dando lugar a esculturas de forma y dimensión variables.
A continuación se encuentra una sala dedicada a la maqueta, fotografías y planos del museo experimental de El eco, que fuera un verdadero hito en la transgresión de los lenguajes plásticos en México. El análisis de esta obra pone de manifiesto la visión emotiva, lúdica y experimental propuesta por Goeritz —y que desgraciadamente no sería del todo comprendida en su momento. De aquí se desprenden los fundamentos de la arquitectura emocional que fundamentarían el resto de su obra constructiva (tanto escultórica como arquitectónica; aquí nos enfrentamos al problema de la clasificación de su obra dentro de los lineamientos del arte tradicional, que parecen ser condicionantes para la legitimación a gran escala de artistas tan inclasificables como el mismo Goeritz). Dicha propuesta arquitectónica está representada en la exposición por la participación de Goeritz en proyectos colectivos de escultura urbana como La Ruta de la amistad (1968) y El espacio escultórico (1979), entre otros (ambos en la Ciudad de México, aunque también se presentan obras realizadas en Israel).
La sección de arte religioso resalta también este aspecto de una parte de su obra, especialmente la que se refiere a intervenciones en diversas restauraciones de templos coloniales o a colaboraciones con arquitectos en la proyección y decoración de templos de diversos cultos.
Un aspecto menos explorado del trabajo de Goeritz es el que se refiere a su labor como transgresor de los límites entre las diferentes artes, y sobre todo entre las artes y la vida, desde una actitud muy cercana a la de la vanguardia de las décadas del cincuenta y sesenta. Su participación como promotor de la exposición de Los Hartos (Galería Antonio Souza, 1961) y sus incursiones en la práctica de la poesía concreta son aspectos menos conocidos de su obra pero que mantienen una apegada relación con el resto de los objetos, dibujos y proyectos que presenta la muestra.
La exposición en su conjunto logra mostrar la complejidad de la obra de Goeritz, aunque no parece alcanzar la riqueza de su propuesta estética, de tal suerte que a través de los textos de sala se cuida de mantener el discurso museográfico dentro de un esquema de legitimación estrictamente historicista y tradicional: "aunque las creaciones más importantes de Mathias Goeritz no fueron concebidas para ser preservadas en los museos (...) su obra hoy día sí tiene cabida en ellos... [el Eco] fue considerado entonces por su autor, y aún hoy día por la crítica internacional como una de sus obras cumbres y antecedente directo del Minimal Art (...) es el primer intento de Goeritz por realizar la anhelada obra de arte total, una de las más grandes metas de la escuela de la Bauhaus (...) e incluso la exposición de Los Hartos obtiene gran éxito publicitario y reconocimientos de una parte del público y de la crítica". Además, nos encontramos con reiteradas lecturas sobre la filiación e influencias de las grandes escuelas europeas de principios de siglo en la obra de Goeritz, influencias y filiaciones que han sido sospechosamente ignoradas en los recuentos de la historia del arte del siglo XX en México (¿será mera coincidencia que la propuesta de Goeritz se recupere más bien desde su aspecto arquitectónico —desde sus colaboraciones con las vacas sagradas de la arquitectura mexicana— que desde su condición de obra plástica compleja?)
Habrá pues que visitar esta grandiosa exposición guiados por sus propias palabras: Creo que habrá que rectificar muy a fondo todos los valores establecidos, si se quiere llegar a un arte nuevo e importante. Sigo viviendo con la ilusión de un Arte Mayor. Un arte que se desligue de la egocéntrica pequeñez de una ambición individual. Y tal vez añadiría: de la necesidad de legitimación, de las lecturas retóricas, de la marginación histórica...
ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS
