La pintura de Lasar Segall (1891- 1957) no siempre es realmente fascinante; el caso de Lasar Segall lo es. Nació (como Chaim Soutine) a finales del siglo pasado en Lituania, creció en un guetto judío; siendo pintor, inicialmente, de escenas de costumbres de ese guetto. En 1919 es uno de los integrantes de la Secesión de Dresde, junto a artistas como Otto Dix y Otto Lange. Hay un rasgo, singular en sus pinturas de esta época. Allí donde es usual que las figuras del expresionismo de Dresde parezcan arrastradas por los dinamismos que recorren un mundo como electrificado, parece que las figuras cadavéricas de Segall (de pieles amarillas, de labios morados, de cuencas vacía), simplemente, no encontraran manera de apoyarse en el sitio en que se encuentran. Hay como un culto a la pequeña inestabilidad, que es perfectamente adecuada a su tema más constante, la humanidad errante; no paseante, o viajante, sino errante, como es el caso del propio Lasar Segall por esa época.

En 1913, en efecto, el pintor viaja por primera vez a Brasil, donde, en São Paulo, viven algunos parientes suyos. Idas y venidas entre Brasil y Alemania se suceden, hasta la decisión de instalación definitivamente en São Paulo, desde 1923 Segall se conecta íntimamente con la vanguardia paulista, con Oswald de Andrade, con Mario de Andrade, y Tarsila do Amaral. Sus primeros cuadros brasileños muestran la fascinación que el país ejerce sobre él, hecho que puede apreciarse en obras como Platanal, 1927. Sus cuadros de esa época tienen algo de la pintura de Tarsila, pero son menos singulares, en su primitivismo. Pero, ¿no debía apelar a estereotipos un artista lituano que, formado en el expresionismo alemán, se disponía a pintar algo así como la gran unidad entre una tierra fertilísima y su humanidad primitiva? Segall mismo debe haber comprendido eso, y algún tiempo después lo encontramos en escenarios de barrios marginales, trabajando un tema nuevamente en su obra. Más precisamente, escenas de un barrio de Río de Janeiro, el Mangue. Las figuras (prostitutas, jugadores, paseantes) se presentan en calles de casas arrumbadas, como si quisieran guardar su anonimato, dejándose entrever entre persianas o deslizándose por alguna puerta. Una atmósfera de clandestinidad baña estas sugestivas escenas, en las que el artista se mantiene fiel tanto a las referencias cubistas como expresionistas. La muestra del Jewish Museum es probablemente la primera oportunidad de ver una selección considerable de piezas de Segall en Nueva York. Por ello constituye una oportunidad realmente valiosa. La presentación de la obra enfatiza lo que la trayectoria del artista delata de los avatares, en el siglo, de las comunidades judías. La selección de la obra debe haberse visto constreñida por las circunstancias: casi nada, de los mejores trabajos de Segall, se expone. Por ejemplo, de los cuadros de la época del Mangue (sólo unos dibujos y unas pinturas pequeñas). Quizás compense esa ausencia la inclusión de obra suya —lituana y alemana— raramente reproducida. Es difícil no emerger, más curioso, de esta exposición, en lo que respecta al artista lituano y brasileño.
REINALDO LADDAGA
