Hay mucha gracia en retomar las cosas todo el tiempo, en revisar aquello que se hizo hace un rato y que se ha dejado quieto en los rincones. Claro ejemplo de esta actitud es la obra del pintor colombiano Gustavo Zalamea, posible de apreciar en la Galería Diners en los meses de febrero y marzo de este año. Este pintor es conocido ya dentro del mundo del arte de nuestro país y también en el exterior por la riqueza de su producción plástica. Vuelvo a donde comencé porque considero que es justamente allí donde la pintura de Zalamea alcanza su máximo esplendor y donde radica su mayor riqueza. Zalamea escudriña constantemente en su producción anterior, en lo que ha creado. Lo retoma una y otra vez, estudiando los distintos aspectos que han conformado sus cuadros. Las mismas cosas siempre comunican algo distinto; el cine o la literatura, una película o un libro siempre van a tener connotaciones diferentes cada vez que se les retoma. Eso depende del estado de ánimo y de muchas otras cosas.

Tal vez por esto los cuadros de Zalamea jamás alcanzan un final, jamás se terminan y, por consiguiente, siempre dicen algo diferente sin caer en la monotonía, claro está. Los cambios de una exposición a otra pueden pasar casi inadvertidos, al parecer todo sigue igual pero la verdad es que son leves y tan sólo el atento observador entenderá. La apreciación de su obra depende en gran parte de la sensibilidad y de la disposición por parte del espectador, quien finalmente es quien se encarga de terminarla, por así decirlo. La comunicación entre obra y espectador es la que termina cada trazo, la que añade la capa de pintura que al parecer hace falta, la que esconde las áreas sin tocar de la tela y, finalmente, la que imprime un concepto. La obra de Zalamea es un diálogo enriquecedor, es el resultado, si se puede poner en estos términos porque nunca es un resultado final y rotundo, de retomar y transformar, de metamorfosear lo que anteriormente ha realizado, de mirarse todo el tiempo. El resultado es serio, profundo y decantado. Pareciera que el acto de retomar no le deja perder el camino sino que más bien lo refuerza.
El tiempo juega entonces un papel fundamental, tanto como la conversación con los demás, pues es éste el que permite abandonar una obra, el que permite dejarla por un rato mientras las cosas van cambiando a nuestro alrededor y en nuestro interior. Es el tiempo el que finalmente va a hacer que una obra sea otra después, y que entonces se haga necesario añadir un poco de color, o algunos trazos más y cambiarla porque al fin y al cabo nada puede quedarse igual. Pero la constante revisión no es sólo a sí misma sino también a la historia del arte figurativo. Aparecen (o desaparecen) figuras y formas representativas que han marcado de alguna u otra manera el acontecer creativo, como algunas elaboradas por Matisse, Caravaggio o Tatlin. El diálogo continúa también en la apropiación de los trabajos que otros artistas han realizado en diferentes épocas. Es como copiar la misma naturaleza o ir al museo a reproducir cuadros. El resultado en ningún momento es rígido, pues el tratamiento formal que Zalamea les da es bastante fluido y rico a nivel expresivo, la pintura y el dibujo se funden y se mezclan con pigmentos utilizados tal como salen del tubo, sin mayores mezclas y, por lo tanto, limpios, lo cual es una especie de respiro y descanso dentro de la pintura contemporánea. Las líneas dibujadas con grafito en ocasiones completan el detalle de pintura inacabada, pero también puede ser al contrario.
Zalamea no se inscribe dentro de ningún movimiento específico porque se permite viajar de uno a otro con la mayor naturalidad, porque se contradice constantemente y encuentra la importancia y el gusto que ello puede significar y que muchos pueden criticar de manera irresponsable sin realmente entender qué es o qué ocurre. Observamos una pintura bastante contemporánea y propia que firmemente refleja una intensa búsqueda personal en lo que a sí mismo y al mundo se refiere.
La utilización del mismo formato, grande por lo general, funciona como una especie de rompecabezas donde cada pieza convive con la otra, se ensamblan para entonces formar parte de un todo y no continuar aisladas. El espacio de la Galería es tenido en cuenta. El movimiento en la manera de instalar se da porque se encuentran algunos cuadros colgados de la manera tradicional en la pared, pero hay otros que simplemente han sido recostados sobre ella; esto rompe de alguna manera con la línea de horizonte en el espacio de la Galería que a veces se hace rígida, sobre todo cuando todos los cuadros expuestos son del mismo tamaño. Gustavo Zalamea continúa también teniendo interés en la instalación, pues al imprimir esta especial manera de exponer sus pinturas, la totalidad de la obra se lee como una sola instalación compuesta por una serie de pinturas y dibujos que hablan entre sí y con el visitante, que sale de allí contento por haber contemplado una buena pintura actual.
MARCELA MEDINA
