Exposición Individualabr 1998 - jun 1998· Por Darío Ruiz Gómez

Germán Londoño

Galería Diners

En el trabajo de Germán Londoño pueden objetivarse los mejores aportes de la llamada Transvanguardia frente a la academia del arte moderno: humor, incorporación de lo caricaturesco como la reacción inmediata del gesto frente a las irracionalidades de lo establecido, la recuperación de los elementos narrativos que la pintura tuvo en las tablas góticas y en el Prerrafaelismo. Contar anécdotas dándole a estás la significación de que en lo nimio, en el silencioso azar cotidiano reside otra metafísica. ¿Dónde hemos visto estas mujeres que se aburren, estos hombres que clavan la cabeza como una avestruz, estos ríos extraños, estos salones? Analogía como método que permite establecer estos escenarios que el inconsciente reconoce como suyos, porque Londoño conoce bien y desarrolla con sensibilidad las posibilidades nemotécnicas de los imaginarios. Las estampas del siglo XIX supieron desarrollar estas posibilidades de la imagen potenciando diferentes tipos de sentimiento que es lo que Londoño logra finalmente: la soledad, el tedio, el desamparo metafísico, la risa.

Tal vez la verdadera metafísica; porque dónde sino ahí, está el absurdo, y más allá de éste, la farsa de cada día. Pero este absurdo no es el de Kafka, que nace de la extrañeza del mundo y de una realidad sobrenombrada, sino que es algo que viene del fata morgana de los días sin aliento, de las agrias paradojas de buscar salida sin hallarla, de la amargura que nace de las comprobaciones que la realidad misma se encarga de evidenciar, pero ante las cuales no cabe ya ni la perplejidad ni el desamparo existencial.

Exposición Individual: Germán Londoño  — imagen 1
Germán Londoño. Hombre y fantasma contemplando una noche perfecta, 1997. Óleo sobre tela. 185 x 230 cm.

El homúnculo de Beckett es aún un mugido humano, el nervioso tic donde se evidencia la condena de un cuerpo abocado a la insignificancia, pero que no ha logrado escapar de la condición de tener un origen fijo. En los personajes de Londoño, la lucidez ha arrojado una dolorosa claridad sobre la vida. Los protagonistas de Lam, de Obregón, de Bedia, viven en el magma de lo telúrico. No se han asomado aún al disparate de la historia, al disparate de la llamada historia del arte cuando éste, como hoy, parece sometido al abismo definitivo de la insignificancia. En Londoño, por el contrario, los protagonistas están abocados a vivir la historia o sea esos grandes sucesos que los poderes programan en abstracto y el ser humano padece en concreto.

Como Francis Bacon, Londoño dimensiona hasta el virtuosismo las posibilidades de la pintura. O sea, en contravía del expresionismo que desgarra el trazo y la figura, de la transvanguardia que despintan, aquí el trazo, el empaste, es clásico para así entonces potenciar el contraste y hacer más cáustica la historia de un personaje y un escenario.

Y de este modo la escultura —como en Bazelits— surge como la consecuencia lógica de un proceso dialéctico y no se presenta como algo añadido. Lo escultórico, que estaba ya planteado en la tela, se corporiza para dilatar algo que Londoño maneja con suma maestría: una puesta en escena. Pues sus personajes siempre están irremediablemente unidos a los espacios, los colores, los decorados donde transcurren estos secretos horrores en espacios tomados del arte y que regresan al arte mismo. ¿Puede imaginarse un universo más clauso? Londoño en poco tiempo, y desde su primera exposición, ha superado las premisas de la transvanguardia, y afirmándose abiertamente en un estilo personal, o sea, saliéndose de la receta, ha logrado dimensionar un universo propio que en esta exposición del Museo de Antioquia se impuso clamorosamente como el triunfo de un joven talento que ha sabido crearse unas premisas plásticas y andar por ellas, forjando escrupulosamente un lenguaje personal. Lenguaje propuesta estética, que desafía lo déjà vu, el conformismo de las nuevas "vanguardias" para sacudirnos con las metáforas de una realidad absurda donde la violencia física innombrada, la irracionalidad de los poderes innombrados, ha abolido el escenario del arte, las escaleras de los lugares históricos, el significado de los encuentros, y sólo quedan estas imágenes que no sabemos dónde se sitúan o cómo nos sitúan.

DARÍO RUIZ GÓMEZ

Germán Londoño, por Darío Ruiz Gómez | artnexus