Exposición Individualabr 1998 - jun 1998· Por Ines Katzenstein

Fernando Cánovas

Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina

 El artista argentino Fernando Cánovas (1960) dejó su país a los veinte años para instalarse en París; su carrera artística se desarrolló casi exclusivamente en Europa —se extendió a Nueva York du­rante los dos últimos años—, y sólo ex­puso individualmente cuatro veces en galerías de Buenos Aires. 

Es por eso que en su ciudad natal su obra era, para muchos, desconocida. La exposición que el Museo Nacional de Bellas Artes le dedicó en el mes de di­ciembre, con obras que abarcan el pe­ríodo 1984-1997, se transformó entonces en una especie de "presenta­ción oficial" del artista, sobre todo te­niendo en cuenta que la muestra estuvo avalada por el Consejo General de Con­ sorcios de Museos de la Comunidad Va­lenciana, acompañada por un excelente catálogo de 200 páginas. 

Por detrás de los cambios ocurridos durante los trece años que abarca la ex­posición, la pintura de Cánovas se re­vela firme en determinados aspectos. En principio, es permanente su vocación por representar la vulnerabilidad de las cosas frente al paso del tiempo. Ese modo de acercarse a los objetos, ese gusto tan bien explotado en los años ochenta por Kiefer y sus seguidores por aludir a la historia a través del recurso de las superficies desgastadas, asfálticas, oxidadas y ruinosas se ma­nifiesta prácticamente como la inclina­ ción central del artista, algo así como su "estilo", de acuerdo con la definición de Barthes, esa "fuerza ciega" y "se­creta" de la cual el artista no puede prescindir. En este sentido, es notable observar cómo en algunas piezas abs­tractas, derivadas del minimal, como Quatre Étages o L’Étagére, ambas de 1990, la impronta más fuerte de Cánovas se manifiesta en esa pátina grisácea que envuelve las obras otorgándoles un evidente componente narrativo, que en principio las caracte­rísticas formales del trabajo rechazaría. 

Exposición Individual: Fernando Cánovas — imagen 1
Fernando Cánovas. Horizonte rojo, 1997. Acrílico y técnica mixta con madera y acero sobre tela. 200 x 160 x 27 cm.

Todo está, en Cánovas, erosionado por un tiempo demasiado intenso. Sus figuras, ya sea una serie de vigas o estructuras geométricas o la imagen de vasijas o botellas suspendidas en un espacio sin gravedad, están empaña­das por las huellas drásticas de la ca­ducidad. 

También, en Cánovas es permanen­te el combate entre área y volumen, una tensión que recorre su trayectoria de un modo casi programático. Su ob­sesivo interés por trascender la bidimensionalidad opera en dos planos distintos: por un lado, desde sus primeros cuadros de 1984, que represen­tan unas construcciones tipo celda, hasta sus últimos trabajos, que yuxta­ponen estructuras geométricas y figu­ras de vasijas, la perspectiva es fundamental. El espacio es siempre una fuga hacia un horizonte distante. El artista ubica la mirada del especta­dor por encima de las cosas, viendo cómo se despliegan, flotantes, en un espacio vacío y apocalíptico. 

Por otro lado, esta voluntad del artis­ta por dar ilusión de profundidad se rei­tera y se potencia en las operaciones que realiza por fuera del cuadro. Se trata de una serie de juegos dialógicos (que llegan hasta la instalación), entre la imagen pintada y una instancia exte­rior a ella: bastidores apoyados sobre bastidores, maderas adosadas a la tela, estantes apoyados sobre la tela, mar­cos y extensiones de metal que conti­núan el cuadro en el espacio. 

Sin embargo, como dije antes, el "es­tilo" de Cánovas se revela en la pintu­ra. En las incursiones que realiza por fuera de la tela, el artista se manifiesta menos sutil y, salvo excepciones, los juegos asociativos que establece entre lo estrictamente pictórico y sus deriva­ciones corpóreas se limitan a una sim­ple traducción volumétrica de su repertorio de figuras. 

Las obras más destacadas de la ex­posición son aquellas en las que el ar­tista restringe sus aspiraciones espaciales a la perspectiva y se con­centra en la pintura. En el período transcurrido desde 1993, aproximada­mente, Cánovas realizó una secuencia de cuadros —que incluye su serie azul y algunas obras excepcionalmente coloridas— en la que la mancha avanza por sobre las intenciones construc­tivas y conceptuales del artista. En estos trabajos, la figura de la vasi­ja —que había aparecido en 1991, des­pués de haberse sugerido con círculos y hoyos en sus cuadros de los ochen­ ta— monopoliza la imagen como un emblema de sentidos múltiples: la va­sija es símbolo de lo doméstico, de lo decorativo, símbolo fúnebre... Es en al­gunas de estas obras en las que la re­petición y la superposición de la figura de la vasija llega a su paroxismo, y el trazo, el color y la mancha aparecen más desbordados, al extremo de des­dibujar la imagen, donde Cánovas, a mi entender, se aligera y se muestra más sugerente. 

INES KATZENSTEIN

Fernando Cánovas, por Ines Katzenstein | artnexus