Exposición Individualabr 1998 - jun 1998· Por Milan Ivelic

Ernesto Barreda

Museo Nacional de Bellas Artes de Chile

El Museo Nacional de Bellas Artes de Chile presentó en 1997 una exposición antológica del pintor chileno Ernesto Barreda (1927) al cumplir cincuenta años de ininterrumpida labor artística. Esta muestra corresponde a una línea expositiva del Museo dedicada a artistas chilenos contemporáneos de larga trayectoria y que permanentemente están presentes en la escena artística nacional.

Este ciclo expositivo permite hacer una evaluación de todo un itinerario y tiene la ventaja de la lectura global y no fragmentaria. Permite revisar procesos, distinguir etapas y opciones temáticas y profundizar en sus orientaciones estéticas.

Exposición Individual: Ernesto Barreda — imagen 1
Ernesto Barreda. Almuerzo nostálgico, 1997. Óleo sobre tela. 110 x 140 cm.

No hay duda de que Barreda ha mantenido una línea teórica y práctica solidaria con la representación pictórica en su vertiente figurativa, sin desviarse de ella. No hay en su obra intenciones experimentales que lo lleven a propuestas visuales distintas a la pintura, convencido de que el soporte bidimensional sigue siendo adecuado para plasmar sus inquietudes expresivas.

Se suele identificar temáticamente a nuestros artistas como pintor de puertas y postigos, y si bien esta línea icónica ocupó un largo período en los años sesenta, y setenta, no ha sido la única. Los desiertos del norte de Chile, el altiplano y sus pueblos también formaron parte de sus preferencias. Incluso antes, en los años cincuenta, su mirada se detuvo en los espacios marginales como consecuencia de su desasosiego social frente a la miseria de las poblaciones de la periferia urbana y la precariedad de las casas campesinas.

Hay una vinculación muy estrecha entre su actividad como pintor y su trabajo profesional como arquitecto. Es reiterativa su atracción por los espacios arquitectónicos y por los elementos que los constituyen: las texturas de los muros, el tratamiento de puertas y dinteles, el interés por plazas y calles y el entorno vegetal y arbóreo que los rodea. Aparecen nítidamente el orden y rigor compositivos, la sólida estructura formal de los elementos geométricos perfectamente controlados. No a la levedad, sí al peso y densidad de los cuerpos arquitectónicos.

Creo advertir en Barreda una mirada atraída por el abandono de las cosas del mundo entregadas a su propia alteridad y caducidad; los seres y las cosas quedan marcadas por el deterioro que provoca el paso del tiempo. Es este significado flotante el que le otorga a sus pinturas un alto grado de ambigüedad. Puertas envejecidas, paredes desgastadas, portones carcomidos, iconos oxidados nos sugieren una estética del abandono e, incluso, cuando su paleta se aclara para pintar paisajes llenos de luz, no puede ocultar la soledad del mundo.

A partir de los años ochenta, una reflexión profunda y una análisis consecuente lo lleva a una completa metamorfosis del paisaje, fruto de un sentimiento de desarreglo, de pérdida de la armonía entre la naturaleza y el hombre.

Una atmósfera opresiva y sofocante marca un nuevo clima en la obra de Barreda, que descoloca la mirada por la perturbadora visión que nos ofrece. Los espacios antaño abiertos ahora se cierran y se clausuran; las líneas se tuercen; las arquitecturas se desploman. El ser humano aparece en actitudes casi caricaturescas en algunos casos, agobiadas en otras, irónicas a veces, ambiguas siempre. Aluden al esplendor que ya no está, a la decadencia familiar y social que se quiere ocultar en un mundo de apariencias.

MILAN IVELIC

Ernesto Barreda, por Milan Ivelic | artnexus