Museo Nacional de Bellas Artes Gran significación alcanzó la muestra retrospectiva de Edgardo Giménez en el Museo Nacional de Bellas Artes por la vigencia de su propuesta estética, así como por la diversidad de lenguajes que utiliza.
Si bien la figura de Edgardo Giménez está estrechamente ligada al Instituto Di Tella y a la fuerte personalidad de Jorge Romero Brest en la convulsionada década del sesenta, esta retrospectiva en la que se reúne la producción de más de tres décadas rompe con los convencionales encasillamientos, ya que no sólo marca la actualidad de su propuesta estética y la coherencia de un recorrido plástico, sino que se puede ver cómo ha dejado profundas huellas en los jóvenes artistas que transitan idéntico sendero.

La significación del diseño en el siglo XX ha sido destacada por nuestro recordado Juan Acha, y también por nuestro colega Gerardo Mosquera; esta referencia tomada entre otras no es ociosa ya que desde el inicio de su carrera Edgardo Giménez tiene el diseño como punto de partida, y así lo reconoce la crítica de entonces y la del presente, como lo evidencian los sucesivos artículos de Pierre Restany.
Desde sus obras iniciales como diseñador gráfico Giménez demostró una gran libertad creativa, actitud que continuó en los trabajos como escenógrafo teatral y cinematográfico, como afichista del Instituto Di Tella y más adelante del Teatro San Martín, o vinculando el arte con la industria al diseñar objetos de uso cotidiano del hogar y la oficina: vajillas, ropas, calzados, muebles; también sobresale como diseñador de seis casas, entre las cuales está la de Jorge Romero Brest.
La imagen que elabora Edgardo Giménez tiene su raíz en la mejor tradición formal de la cultura grecolatina. La buena forma es el equivalente de belleza, y la logra por medio de la figuración o la abstracción o uniendo ambas con una gran libertad imaginativa. Sus trabajos no denotan esfuerzo ni dramatismo, se presentan como un juego formal que atempera la racionalidad constructiva y linda con cierto concepto metafísico al congelar el tiempo en sus representaciones.
Una característica que llama nuestra atención es que en sus representaciones, ya sean figurativas, abstractas o conjugando ambas, manifiesta una gran unidad y coherencia que revelan la madurez del artista, desde sus afiches institucionales de 1964, pasando por sus pinturas, como Autorretrato, Edgardo en la jungla, un óleo de 1966; Torre blanca, un mueble de 1969; sus diseños, como Salero de porcelana, de 1967, o sus tazas o ceniceros del mismo año; los objetos escultóricos, como La araña blanca, realizado en madera, acrílico y cristal de 1972/1997; los diseños de casas; sus escenografías o la maqueta para la exposición Homenaje al Di Tella, en La Villette en París.
ALBERTO COLLAZO
