VIII Bienal de Fotografía

Dante Busquets. Pandilla Callejera West Side Kansas, Zamora. 1997. Fotografía blanco y negro.

Colectivaene 1998 - mar 1998· Por Issa Maria Benítez Dueñas

VIII Bienal de Fotografía

Centro de la imagen

La polémica en torno a la VIII Bienal de Fotografía se presenta en un momento clave para la expansión y redefinición de las posibilidades que ofrece el medio. La decisión por parte del jurado de este año de constituir un “salón de excelencia”, más que un termómetro nacional de creación fotográfica, se vio reflejada en la selección de tan sólo el 5% de las propuestas recibidas. Queda claro que en este sentido la "excelencia" se concibió como la capacidad de dotar a la técnica fotográfica de valores estetizantes suficientes para reivindicarla como una técnica susceptible de plantear propuestas artísticas autónomas.

A este respecto, llama la atención que tan sólo tres series de fotografías hacen algún tipo de referencia a una realidad concreta y de algún modo documentable a través de la lente, y, con todo, destaca una mirada estética frente a los sujetos: West Side Kansas Street Gang, de Dantes Busquets (Mención Honorífica); De la calle al estudio, de Pedro Slim (Premio de Estímulo a la Creación Artística), y Tabaco de los huicholes, Nayarit, de Adrián Mealand. Cabe señalar además que ninguna de estas propuestas contempla a su sujeto de manera condescendiente, actitud desgraciadamente recurrente en una gran cantidad de fotografías contemporáneas de indígenas, grupos marginados, o gente excéntrica, que, por demás, pretenden seguir sustentando su propuesta en el exotismo de sus temas.

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Laura Barron Echauri. De la serie Paradeisos. 1997. Fotografía blanco y negro.

Por otra parte, la reiteración de la fotografía como medio artístico no se permitió caer en el juego de la transgresión excesiva de los lenguajes plásticos. La única fotoinstalación que se presenta en el Centro de la Imagen es la obra En algún lugar, de Keiko Ito. En ella, las evocaciones que plantean la reubicación de la silla-presencia en diferentes contextos, y registradas por la cámara, se ven reforzadas a través de la instalación —sorprendente por sencilla— de esa misma silla en el centro de la sala, obligándonos, ante todo, a hacer una relectura del sentido implícito en la serie de imágenes fotográficas. Hay también cierto énfasis en las posibilidades casi pictorialistas de la manipulación de la técnica fotográfica, y que se reflejan en todo un grupo de series que evocan —por su formato y sus temas— la resignificación del intimismo y la cotidianidad, propias de los mejores ejemplos del género de la naturaleza muerta.

Se trata de obras como la serie Cama, de Jessica González, o el conjunto titulado Avísenme cuando llegue, de Egmont Contreras, entre otras. La mayor parte de estas series —si no todas— son de pequeño formato y están impresas en plata sobre gelatina, reforzando el gusto por el detalle, la calidad de impresión y, en algunos casos, la profusión de los objetos fotografiados.

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Pedro Slim. De la serie De la calle al estudio. 1997. Fotografía blanco y negro.

De cualquier modo, la visión crítica no se pierde del todo, aunque, en contra de cualquier suposición fácil, ésta no se halla enfatizada en las obras más documentales (probablemente el caso de Kansas Street Gang sea la excepción), sino en fotografías construidas en el estudio. Se trata, por ejemplo, de la serie Juega a lo grande, a que eres grande, en donde Alejandro Guzmán escenifica, con figurillas de juguete, momentos claves de la realidad nacional contemporánea, como el asesinato de Colosio, el narcotráfico, los eventos de Aguas Blancas o el problema de los indocumentados. De esta forma, el aspecto lúdico de los objetos se vuelve casi siniestro cuando a través de la manipulación de las texturas fotográficas se juega con el estatuto de realidad, tanto de las figurillas como de los eventos. En este caso, lo real se encuentra en la confluencia entre los sucesos concretos —suprarreales en sí mismos— y su reconstrucción de juguete.

Otra crítica concreta al entorno la encontramos en la serie de Moy Volcovich, Democracia a la moda o lo que te acomoda. En esta obra el autor parafrasea las imágenes publicitarias paradigmáticas de los últimos años: los valores estéticos de una marca de cosméticos o de la línea de ropa de un afamado diseñador se ven grotescamente trastocados por la inclusión de modelos que poco tienen que ver con el universo de las top-models o del heroine look que invade los anuncios espectaculares y las revistas de moda contemporáneas, y que nos obligan a contemplar de frente la realidad de los millones de simples mortales que habitamos el planeta.

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Alejandro Guzmán. De la serie Juega a lo grande a que eres grande. 1997. Fotografía en color.

En general, y a pesar de la variedad de técnicas de impresión y manipulación de la imagen —que van desde la xerografía hasta la impresión cromógena, pasando por la tradicional plata/gelatina o la electrografía—, es el principio fotográfico el que prevalece. Las imágenes expuestas en las salas del Centro de la Imagen, concebidas estrictamente como fotográficas. Hay, en efecto, una coherencia en el sentido estético de la selección que en esta ocasión superó la dicotomía fotografía directa/fotografía construida, para apostar por la fotografía artística, relegando definitivamente a la fotografía documental. Todo ello en sacrificio de la cantidad de obra expuesta y de una muestra quizá más objetiva de la práctica fotográfica prevaleciente en el país. Resulta pues difícil pensar que el nivel general de la práctica fotográfica —y para el caso artístico— alcance en México la calidad técnica y conceptual general de las piezas expuestas en el Centro de la Imagen.

Sirva esta reflexión para dimensionar la realidad de la práctica artística nacional.

ISSA MARÍA BENÍTEZ DUEÑAS

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