Parecería de pronto que, ante el avance implacable de las nuevas tecnologías aplicadas al arte, ya cada intento de decir con medios y estructuras diferentes, y con intrincadas maneras de llegar al objeto plástico, es esfuerzo ocioso y arroja resultados que pueden incluirse en una larga lista de lugares comunes. La vuelta de la mirada es, entonces, hacia atrás.
Talavera, como medio, llegó a su mayoría de edad hace varios siglos. Entre sus virtudes está el que los materiales que se utilizan en ella, las singulares técnicas para trabajarla, y hasta hace poco, las formas en las que era común encontrar que se expresara, eran lenguaje conocido por todos. Y había más: a la vuelta del fin de siglo, nos encontramos con sorpresas.
Talavera ya no es solo una palabra para referirnos a las conocidas vajillas, tazas, candeleros espléndidamente decorados con diseños que han dado a estas obras una significación estética poblana, primero, y mexicana, después.
En el Museo Amparo, de la ciudad de Puebla, se lleva a cabo una exposición titulada Talavera, tradición de vanguardia, que nos sitúa ante propuestas de artistas plásticos mexicanos y extranjeros que gozan de prestigio ampliamente conocido, pero en otras áreas. Han aceptado el riesgo de expresar lo propio en un lenguaje que les es ajeno, y es ahí donde radica justamente uno de los puntos centrales de esta exposición; pintores y escultores, es decir, creadores que usualmente se manifiestan en medios diferentes al de la Talavera, han accedido a utilizar este medio para comunicar con él lo más notable de su expresión.

El resultado de cada uno de ellos es muy diferente, como lo es también el resto de su obra. Aun así, hay una similitud compartida: el difícil enfrentamiento a la singular técnica de la Talavera, que guarda secretos muy particulares desde hace cientos de años... y esto les sucedió, incluso, a quienes ya habían realizado obras en cerámica.
Alguno de ellos comenzó trabajando en formatos grandes y, poco a poco, fue reduciendo las dimensiones de su propuesta, al ver que las blandas paredes de tierra se doblaban de manera inclemente, o que aparecía, como una delgadísima frontera, casi como un cabello, una delicada línea que salía del homo convertida en una infranqueable grieta. Hubo quien desechó estas piezas o quien aprovechó el accidente.
La aplicación del color desconcertó a más de uno. Un rojo no es tal sino hasta que sale del homo; el azul claro se convierte en mar profundo y los marrones madera son apenas reconocibles sobre barro crudo. El vidriado pasó a convertirse no sólo en cobertura decorativa sino en volumen y cuerpo.
Los hallazgos de los artistas al enfrentarse a las piezas pasaron a ser aprendizaje. Simultáneamente, y dada la alta calidad de quienes hoy participan en esta exposición, el enriquecimiento es mutuo.
Las piezas que componen la exposición Talavera, tradición de vanguardia tienen una gran utilidad. Se trata de objetos que se incorporan desde hoy a nuestro mundo de necesidades espirituales, visuales y táctiles.
Más que saber que en una cruz está el motivo explícito y evidente de la veneración, prefiero, por ejemplo, imaginarlo y darle voz, cuerpo e historia, y hacerlo a la medida de mi deseo. Ahí está su infinito valor.

Luca Bray, por ejemplo, construyó unas columnas formadas por segmentos que son una suerte de columnas vertebrales llenas de fuerza y colorido, coronadas con remates caprichosos. Alberto Castro Leñero trabajó uno de los temas que han habitado su iconografía de los últimos años, las cruces. Éstas, a diferencia de las que elabora en otras técnicas, adquirieron brillos y transparencias muy diferentes a los que hubieran tenido en la cerámica tradicional.
Raymundo Sesma, uno de los artistas cuyas obras han gozado de gran aceptación entre el público, encontró el justo medio entre la propuesta de obra plástica, objeto utilitario y diseño con probabilidades de ser producido en serie. José Lazcarro se ciñó a una propuesta más tradicional y fabricó tres juegos de ajedrez cuyas piezas y mesas fueron realizados ex profeso para esta exposición. El escultor Javier Marín llevó sus propuestas que antes sólo habían sido hechas en barro y cerámica e hizo en Talavera sus ya conocidos rostros con influencia griega. Vale decir que fue uno de los artistas más sorprendidos con las posibilidades y limitaciones en existencia simultánea de este medio, antes sólo del dominio de los artesanos.
Magali Lara optó por trabajar con las formas tradicionales de los objetos que se hacen en Talavera. Sobre ellos, pintó flores, plantas, escribió textos, y el resultado fue un fuerte contraste entre las obras que tenían formas alejadas de la tradición de manufactura de la Talavera. Germán Montalvo, uno de los diseñadores gráficos de mayor importancia en México, propuso unos platones a los que incorporó diseños suyos. Aunque su propuesta fue más conservadora que la de Gerardo Azcúnaga, y menos osada (y espectacular) que la de Gerardo Zarr, por ejemplo, tuvo cordura e hizo mancuerna con las de un grupo de diseñadores japoneses que por razones de lejanía sólo mandaron sus trabajos en papel, es decir, con las especificaciones de color y medidas para que fueran realizados en Talavera de la Reina, taller que es parte esencial de este proyecto y en el que los artistas trabajaron orientados por expertos artesanos, en diferentes temporadas del ario. Entre los artistas orientales se encuentra el destacado Ikko Tanaka, ampliamente conocido por sus propuestas gráficas, objetuales y teóricas, así como Yuko Araki, Kazumasa Nagai y Keizo Matsui, también con un buen espacio dentro del diseño contemporáneo japonés.

No quisiera caer en la tentación de agrupar puntualmente a los creadores que hacen parte de esta exposición, y dividirlos entre los que hicieron escultura, los que sólo pintaron sobre formas ya dadas (y casi siempre conocidas en el lenguaje de la Talavera), o los que hicieron un poco de ambas cosas e incluso recolectaron fragmentos de piezas rotas. Estas agrupaciones, aunque posiblemente útiles para una lectura global, quedarían cortas como intento explicativo de las rutas que llevaron a cada creador en particular a hacer lo que hizo.
Lo que tengo muy claro es que, al margen de los resultados, cada pieza aquí mostrada no es sólo única, sino que además responde a un encuentro mutuo entre el artista y la técnica: la Talavera puso sus reglas del juego y los artistas las suyas. El resultado es una amplia gama de tomas y dacas, apenas el inicio de su exploración de formas nuevas de decir las cosas en un medio que parecía haber agotado su discurso o, en el mejor de los casos, estar relegado a la complacencia decorativa y utilitaria.
Por eso esta exposición no pretende dar gusto al ojo, aunque lo haga. Uno de sus fines ha sido el que cada artista participante se aventurara a expresarse en un medio que, como podemos ver, le devolvió con creces el trabajo y las horas invertidas frente a una mesa llena de barro o un quinteto de platos con los pigmentos que sólo se expresarían a plenitud una vez salidos del horno. Las piezas, hoy autónomas y separadas de sus creadores, viven y se expresan solas. Ellas saben, secretamente, que son la primera generación de formas contemporáneas tras la cual seguirán otros intentos igualmente sanos y necesarios. Dejemos crecer a estas piezas, dejémoslas envejecer, estoy seguro de que casi todas ellas lo harán con dignidad.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS

