Exposición Individualene 1998 - mar 1998· Por Eliseo Sierra

Sebastião Salgado

Ateneo de Caracas

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas (ACNUR) presentó en la Galería Los Espacios Cálidos, una muestra del renombrado fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, titulada Los refugiados de nuestro tiempo, bajo los auspicios del Ateneo de Caracas —sede de la mencionada galería—, y del Ministerio de Relaciones Exteriores de Venezuela. La muestra, inaugurada el 24 de septiembre, se prolongó por espacio de dos meses.

De carácter documental, las obras allí exhibidas (un total de 48 imágenes b/n) corresponden a un ambicioso proyecto que inició Salgado en 1994, sobre la brutal situación de las migraciones violentamente impuestas a grandes grupos humanos, ya sea por razones religiosas, ideológicas o raciales, proyecto que lo tendrá ocupado hasta el año 2000. Estas imágenes, pertenecientes a la primera etapa y realizadas entre 1994 y 1995, registran refugiados y desplazados internos de la antigua Yugoslavia (Bosnia, Serbia, Croacia), de Hong Kong y de los países africanos Ruanda, Mozambique, Sudán, Tanzania, Zaire, Burundi y Malawi.

Huyendo del sometimiento, de las vejaciones y de la muerte, afligidos grupos humanos se desplazan forzadamente de un lugar a otro, de un país a otro. Hombres, mujeres y niños deambulan por diversas regiones del planeta, pero no van solos, la miseria los acompaña permanentemente. Y, ocasionalmente, Salgado también.

Exposición Individual: Sebastião Salgado — imagen 1
Sebastião Salgado. Hospital de campana de Katale, 1994. Región de Goma, Zaire. Fotografía. 89 x 65.5 cm.

Junto al entorno, junto al paisaje, ellos se transforman en la materia prima que permitirá a Salgado articular sus imágenes, componer de manera magistral sus excepcionales encuadres. Los refugiados se desdoblan así en los dramáticos actores de su representación. Y, contrariamente a la opinión generalizada, la impecable belleza formal de estos trabajos constituye, justamente, la mayor de sus miserias. Pues más que a una visión crítica, más que a una incisiva reflexión, estas imágenes de Salgado apelan al instantáneo sentimentalismo, al superficial efecto melodramático de la emoción. Y como una burbuja, este sentimiento se desvanece rápidamente. No se trata pues de la punzante mirada que deconstruye la realidad para dejar en evidencia, críticamente, los factores políticos y económicos, los factores sociales y culturales que subyacen detrás de la existencia que agobia actualmente a millones de refugiados, con sus particulares especificidades históricas. Tampoco interesa mucho a los fines de Salgado impregnar sus fotografías con la violencia, la rudeza, la rabia, la desesperanza, la desazón y el dolor que padecen sus retratados, pues estos sentimientos tan innobles les restarían la mística y elaborada dignidad a la que aspira para ellos. Su sofisticado y, al mismo tiempo, convencional andamiaje formal le impide rescatar sensible e inteligentemente, y de manera contemporánea, las contradicciones de la realidad que fotografía. ¿Acaso las estrategias formales no deben articularse a partir de esas contradicciones? ¿La condición definitivamente fragmentaria de estos grupos humanos, víctimas de muy diversas segregaciones, no debería afectar esas estrategias formales, de tal modo que se establezca una adecuada correlación entre semejante desmembramiento de la realidad y la imagen que pretende documentarla? Pero esto, obviamente, no interesa a Salgado. Él cuenta con prefabricados y añejos esquemas con los que enfrenta cualquier realidad. Y, desde luego, los emplea con excepcional virtuosismo -como todo académico que se respete. Por ejemplo, muchos de los escenarios escogidos por Salgado semejan exuberantes locaciones cinematográficas donde los datos de la realidad quedan completamente diluidos por el exquisito tratamiento rítmico que entreteje luces y sombras, y una fabulosa gama de grises que activa los desplazamientos tonales. En muchos de los casos en que se hace presente el paisaje, la imagen adquiere un carácter grandilocuentemente épico, en contrapunto con la grandiosidad también épica del cielo. La realidad social, prácticamente imperceptible, es lo que menos importa en estas imágenes. En otros casos, la delicada dispersión atomizada del grano fotográfico convierte el medio en una suerte de sutil carboncillo, e incluso, en difusa acuarela. Los datos de la realidad, transfigurados en lejanas y fantasmales siluetas, han desaparecido. ¿Dónde ha quedado el perfil documental de este proyecto? ¿Y el espacio? Un espacio sociológico y emocional tan complejo como el de los refugiados, ¿no debería ser visualizado a través de una estrategia formal que problematizara reflexivamente tal espacio? En cambio, debemos conformarnos, o alegrarnos gozosamente, eso sí, con una retórica visual que articula convencionalmente planos, con una brumosa continuidad espacial que ha desterrado los accidentes, que ha esterilizado la realidad de cualquier agente que atente contra la pureza formal de sus imágenes, sellando las posibles fisuras que permitirían supurar la dolencia social y sus causas, para introducir así a los personajes y sus situaciones en una suerte de limbo, de tiempo mítico, intemporal, más allá del bien y del mal, pues es el mal, desde la perspectiva de Salgado, aquello que los santifica. Cuando se acerca a ellos, los capta de tal manera que parecería que están posando dócilmente y, aún más, actuando para él —y para nosotros. Frente a la cruda realidad, el encuadre formal de Salgado hace que nos distraigamos, por ejemplo, apreciando la calidad exótica de los estampados de las telas que cubren parcialmente a sus refugiados africanos, convirtiendo tal estampado en el motivo que estructura la ahora sinuosa composición. O bien, haciendo un uso impresionantemente preciosista del recurso de la luz, transfigurando a hombres y mujeres en personajes de una pintura barroca de altos contrastes ... !de luz! La tragedia humana deviene así en vil espectáculo: la estetizante y, por ende, encubridora óptica de Salgado parecería estar hábilmente diseñada para el consumo y para el disfrute cómplice de la opulencia occidental, enmarcada dentro de los conservadores límites de lo políticamente correcto. Tal vez por ello, algunos han llegado a afirmar que Sebastião Salgado se ha convertido en el Avedon de la miseria.

ELISEO SIERRA

Sebastião Salgado, por Eliseo Sierra | artnexus