Durante el mes de septiembre, con la curaduría del profesor e historiador Germán Rubiano Caballero, se presentó en la sala del Centro Colombo-Americano del centro la exposición titulada Recreaciones, versiones colombianas de la historia del arte, en la que participaron dieciocho artistas pertenecientes a distintas generaciones y tendencias del arte colombiano, con trabajos que se fundamentan en miradas que estos artistas realizan a obras muy reconocidas de la historia del arte universal. El profesor Germán Rubiano, en el catálogo que acompañó la muestra, comenta que son varias las exposiciones que se han realizado en torno a este tema, y cita a Art about art, realizada en el Whitney Museum de Nueva York en 1978; Arte dello specchio, que formó parte de la sección especial de la Bienal de Venecia en 1984, Copier Créer, en el Museo del Louvre en 1993, y Memorias de la visión, el arte del pasado en el arte contemporáneo venezolano, que se llevó a cabo en el Museo de Arte Contemporáneo Sofía Imber de Caracas, en 1993. El guión de esta muestra, que toma como antecedente estas exposiciones, permite asistir a la visión de algunos artistas colombianos quienes, siguiendo una tradición que se remonta al renacimiento, han mirado obras artísticas del arte occidental y oriental, así como del arte local en sus más diversas manifestaciones. Cada uno de los participantes asume actitudes diferentes ante la historia del arte, en las que se pone de manifiesto que los artistas recrean estas obras del pasado con la conciencia de pertenecer a un presente muy distante, las miran con los ojos del presente y en ocasiones lo hacen con una alta dosis de humor y afecto que es compartida con el espectador. En la muestra se incluían tres trabajos que pueden considerarse antológicos en la historia del arte nacional, y los tres toman en cuenta distintos momentos del renacimiento. Beatriz González mira al famoso Cristo muerto de Mantegna, y como en él, recurre a la fuerza sobrecogedora del escorzo para hacer, en 1991, un dibujo al pastel en el que las figuras de Cristo y su madre dolida desaparecen para dar lugar a la presencia de un enorme sujeto anónimo, rodeado por cuatro sicarios, vestido con gabardina y sombrero, imagen que tristemente resulta familiar a los que leemos los periódicos nacionales en los que diariamente se registra la muerte de sujetos tanto anónimos como públicamente conocidos, que día a día desaparecen de forma violenta en nuestro país. Fernando Botero, en su pintura titulada La monalisa niña, de 1962, realiza una versión de la Gioconda vista de perfil. Botero, como lo señala el curador, es uno de los artistas colombianos más interesados en la historia del arte, y esta versión suya hace parte de uno de sus mejores períodos pictóricos. También dentro de este grupo se incluye un dibujo en carboncillo de Santiago Cárdenas, Pareja homenaje a Masaccio, de 1969, en el que aparece una pareja que camina apresuradamente en un espacio urbano, y la mujer con gafas oscuras adopta una posición y un gesto que podría ser captado por una cámara fotográfica, de manera que la ancestral imagen de Masaccio, en la que Adán y Eva abandonan el paraíso, se traslada instantáneamente al ámbito del mundo contemporáneo. Este dibujo, como la obra de Botero, se constituye en una de las imágenes más significativas de los sesenta.

Otros dos artistas que han creado imágenes que hacen parte de nuestro patrimonio visual son Álvaro Barrios y José Antonio Suárez. El primero es un artista que en innumerables ocasiones ha reflexionado y ha hecho citas de la historia del arte, y en esta ocasión se mostraron dos trabajos, Ofelia, de 1976, y San Sebastián, de 1977, dibujos realizados en tinta y lápiz; en estas imágenes conviven el conocimiento y la admiración de las imágenes artísticas, con la conciencia de un hombre que vive fascinado en el mundo del cómic. Los cinco grabados en pequeño formato de Suárez se constituyen en mundos vastos donde con minucia el artista nos dice que tiene plena certeza de vivir después de Uccello, de Goya y de Degas. Francisco López presentó cinco trabajos que hacen parte de la serie titulada Las diez más bellas. Se trata de pequeñas cajas de madera que albergan rostros femeninos trabajados en gouache y lápiz, extractados de obras de Miguel Ángel, Gauguin, Lichtenstein y Warhol entre otros, los que se ponen a dialogar con otro tipo de realidades como la de Alicia en el País de las Maravillas. Estas cajas, además de contener a algunas de las más bellas, están llenas de humor y de ingenio.

Otro tipo de trabajo es el que realiza Juan Cárdenas, en sus pinturas óleo tituladas Carrera séptima según grabado de Rodríguez y Parque de Santander. Estas obras tienen como antecedente dos grabados en metal que recrean el aspecto de las calles bogotanas durante los primeros años del siglo; estas imágenes se trasladan al ámbito de la pintura y se dotan de una luz particular muy propia de las pinturas de Juan Cárdenas. Los Bebedores de ajenjo, de Degas, dan la oportunidad a Luciano Jaramillo, de realizar un dibujo en crayón y pastel muy suelto en el que prima un grafismo nervioso que caracteriza su trabajo. En la muestra también se incluían litografías de Enrique Grau en las que se recrea el retrato de la Duquesa de Alba, de Goya; una pintura de colores vivos y planos de Ana Mercedes Hoyos, titulada Bodegón de Jawlensky, y dibujos de Gustavo Zalamea, entre otros. Esencialmente, lo que estos artistas nos hacen ver es que la historia del arte es una fuente inagotable que puede escribirse de nuevo, siempre desde el presente; que las obras de arte no son entidades muertas y mudas, hechos terminados, sino que son realidades vivas con las que, a pesar de la distancia temporal que las separa del presente, día a día, pueden ser descubiertas y recreadas con ojos nuevos.
MARTA RODRÍGUEZ

