Durante los meses anteriores, los neoyorquinos tuvieron la oportunidad poco usual de volver a examinar e incluso familiarizarse con la obra e influencia de Joaquín Torres-García. Esta nueva visita se inició con las recientes exposiciones de su propia obra, y continuó con la del arte de Julio Alpuy en la Galería Sidney Mishkin del Baruch College.

Los viajes de Julio Alpuy es la primera exposición importante, en muchos años, del arte de Alpuy, quien estudió en el Taller Torres-García y después ejerció allí como profesor. Las 45 pinturas y esculturas se ubican entre 1943 y 1996, y están distribuidas cronológicamente, lo cual, en el caso de este artista, revela una evolución definitiva. En las primeras pinturas de Alpuy se nota un vínculo muy fuerte con Torres-García, lo que significa también que muestran la a veces incómoda unión de Picasso y Mondrian, filtrada a través de una figuración vernácula. Por ejemplo, su obra Café, de 1946, emplea el contorno en facetas del cubismo analítico, colocado dentro de una estructura de entramado regular, coloreada en rojo, blanco, azul y ocre para representar figuras humanas geométricas que están bebiendo sentadas alrededor de unas mesas. No obstante, casi desde sus comienzos, Alpuy deja ver una inclinación hacia un colorido más fuerte que el de su maestro, y también tiene un rigor menos disciplinado en sus pinturas, lo cual realmente tiende a favorecerlas.
Después del fallecimiento de Torres-García, el arte de Alpuy se relajó aún más, y él empezó a viajar con mucha frecuencia. Algunas de las pinturas que siguieron a este período perdieron totalmente su entramado preponderante, y en los ochenta, el artista empezó a exhibir un estilo personal figurativo basado en sus propias variaciones de imágenes arquetípicas estándar, incluyendo grupos de la madre y el niño, hombres en la naturaleza, y motivos espirales cósmicos.
Sin embargo, en donde Alpuy realmente hace gala de su propio estilo es en sus proyectos escultóricos. Tiene una facilidad para trabajar la madera que Torres-García nunca demostró, y en la misma pieza puede pasar de una bien lograda sofisticación, a una crudeza primitivista. Sus relieves, como por ejemplo Génesis I, toman a menudo una apariencia casi de pintura, y todas sus esculturas, de las cuales Espíritu de vida es un buen ejemplo, presentan una forma monumental simplificada y, a la vez, rigurosos detalles mínimos. En obras como éstas es en donde Alpuy logra no sólo imitar el ejemplo de Torres-García sino, más bien, aprender de él y asimilarlo a su propio lenguaje visual.
JOHN ANGELINE
