Hacía tiempo que el Centro Atlántico de Arte Moderno de Gran Canaria (CAAM) no organizaba una exposición desde el propio centro. Generalmente, son curadores independientes los que hacen gravitar los recursos y posibilidades del museo. Hasta que Orlando Britto Jinorio, director artístico del CAAM, se armó de toda una furia necesaria para "comisariar" Islas, un proyecto cuya poética se debate entre lo geográfico y lo metafórico, y que busca revelar desde la historia pretérita y contemporánea la presencia de un sentimiento insular en la naturaleza creadora y humana de estos territorios ultramarinos.
No es casualidad que este motivo de inspiración brotara precisamente desde las islas Canarias, archipiélago volcánico ubicado más allá de las columnas de Hércules, sobre el cual caen y recaen señales que lo relacionan con la Atlántida, el Jardín de las Hespérides o las Islas Afortunadas. Hay quienes todavía llegan hoy en día con esa expectativa celeste de quien cree que existe un paraíso terrenal, ideal para ir a pasar unas buenas vacaciones o bien para vivir, incluso morir.
Y así comenzó el periplo, a través de más de veinte islas del mundo, que terminará por reunir a veintiocho artistas plásticos con alguna relación insular —origen o residencia—, que conforman esta exposición merecedora de un alto reconocimiento desde cualquier punto de vista desde el cual se la mire.

La vuelta al mundo en veinte islas
Al entrar al museo, dos obras saltan a primera vista, ambas delatando, a su modo, el carácter insular de la muestra. Mar Latamie (Martinica) trabaja hace año en su Proyecto Azúcar en el que reflexiona sobre los sistemas y elementos productivos que transformaron física y culturalmente al caribe. En la exposición, presenta una maqueta gigante, con otra menor en su interior, de sendas fábricas de transformación de caña de azúcar, un tipo de edificio tan común y determinante no sólo en la historia económica y cultural del Caribe, sino curiosamente en un buen porcentaje de los espacios insulares del planeta, que han sufrido también procesos de colonización. A mano derecha, ocupando toda la pared que limita la escalera del museo, Marcos Lora Read (República Dominicana) elaboró especialmente para la ocasión y el espacio un magno horizonte-teatro marino. Cuarenta y cinco días de trabajo in situ dieron como resultado este gran escenario de 11 x 7 metros, que contiene pictóricamente la versión del artista sobre la geografía canaria —el volcán, el mar, el cielo—, y hace sudar técnicamente al muro, de un flujo constante de agua. Dos artistas ocupan los muros previos a la primera gran sala: Hervé Télémaque (Haití) Y Ashley Bickerton (Barbados / Bali). Ambos con trabajos ensamblados; construcción alegórica del caribe, en el caso del primero, usando sacos de café y maderas de diversas formas, y utilizando materiales orgánicos y no orgánicos relacionados con el mar, el segundo.
En sala 1, Moustapha Dimé (Senegal-Isla de Gorée) utiliza materiales de desechos provenientes del mar, en su mayoría. Escultor de increíble sensibilidad, construye para la muestra El alma de un pueblo a partir de morteros africanos dispuestos de tal forma que traslucen una gran vocación marina, a la vez que una profunda carga religiosa. Tres cubanos, Santiago Rodríguez Olazábal, Manuel Mendive y José Bedia cargan sus obras de un fuerte, quizá enigmático, contenido proveniente de la santería y otros cultos afrocubanos. Yo desplegaré las velas se titula la pieza que Rodríguez Olazábal, realizó especialmente para la muestra y, de oídas, una de las que más cautivó al público local. De Japón, la artista Yutaka Matsuzawa presenta unas interesantes cosmogonías que reflexionan sobre el universo, desde teorías y filosofías orientales. Otra obra-instalación creada especialmente para la muestra es la del artista Jack Beng-Thi (Isla de la Reunión), titulada 21° Sur, islas, azúcar, soledad y miedo, otra de las favoritas del público, incluso el especializado. En ella, 21 cubos de azúcar maciza, sobre los que yacen envueltos en bambúes pequeños cuerpos, llaman la atención nuevamente, y a través de una gran poesía, sobre las economías productivas coloniales. Por último, el artista Sigurdur Örlygsson (Islandia) se inspira en Julio Verne y en Leonardo da Vinci para pintar una gran geografía, casi surrealista, de ese espacio nórdico.

Escaleras abajo, Barbara Hess (Manhattan) trabaja con la imagen fotográfica, en unos casos, con su propia imagen, o en otros con extraños paisajes, reutilizándola o distorsionándola, logrando misteriosos territorios cargados de soledad o constelaciones de rostros que nos miran desde los más variados sentimientos. Willie Doherty (Irlanda del Norte) nos habla en sus fotografías y videos de la violenta situación sociopolítica que vive su país. La fábrica se titula la serie que presenta, en la que retrata abandonados espacios llenos de escombros, paradójicamente, de una gran belleza plástica. Nikos Charalambidis (Chipre) alude también a la compleja realidad sociopolítica de su tierra, pero desde un lenguaje cargado de ironía. Los grandes poderes, el eclesiástico, el militar y el de consumo, conforman los puntos de crítica sobre los cuales gira su trabajo que, en ciertos casos, aprovecha recursos tecnológicos, a la vez que se apropia de clásicos del arte.
En la segunda planta, Bernardí Roig (Palma de Mallorca) compone cuadros hiperrealistas en los que perversos, lascivos y mutilados personajes nos hablan de sexo, muerte y religión, sugiriéndonos esa imagen también existente de la isla como espacio de desinhibición. Uno de sus cuadros, La piedad, dialoga con la obra expuesta del otro lado de la baranda, la del artista Richard Redaway (Inglaterra), quien compone un Cristo a partir de muchas pequeñas fotografías que, como en el resto de sus collages, reflexionan en torno al cuerpo y su lugar en la construcción de la sociedad. Francis Naranjo (Las Palmas de Gran Canaria) desarrolla una obra mínima en la que blancas y limpias geometrías quieren plantear cierta sensación claustrofóbica e insegura, propia del hombre insular. Unos peldaños inquietan sobre el incierto porvenir del hombre en este final de siglo. Mark Waller (Inglaterra) trabaja sobre el espacio aislado y autónomo; específicamente, recoge las imágenes de su video-instalación en una gasolinera, 24 horas, y el espectador puede apreciar el video-clip resultante, asomándose a través de los tubos de alguna pieza mecánica de motor de camión, o algo por el estilo. La gran sala contigua tiene la particularidad de que la mayoría de las obras expuestas tienen que ver con el fuego. Nari Ward (Jamaica) vive en Harlem, Nueva York, y en su instalación Cielos de hierro utiliza 365 bates de béisbol quemados, colocados bajo una suerte de cielo estrellado construido con planchas de horno, aludiendo a la violencia y el racismo que vive la comunidad negra neoyorkina todos los días del año. Guillem Nadal (Palma de Mallorca) presenta una obra documental en la que registra fotográficamente un instante del performance que realizó en una vieja cantera de Mallorca, cuando hizo arder la silueta de un mapamundi construido en cuerda. Jean-Paul Marcheschi (Córcega) presenta una obra de gran formato, compuesta por las páginas ritualmente quemadas de su diario, en cuyos desdibujados grafismos se pueden adivinar los anhelos y sueños del artista. Emilio Isgró funde en aproximadamente 300 kilos de vidrio un gran libro de cristal, escultura titulada Las tablas de la ley, en la que invita a revisar y replantear renovados mandamientos acordes al mundo contemporáneo. Por su parte, Anna Eyjólfsdottir (Islandia) construye una gran escultura-tótem con perchas de ropa, planteando una constante en su obra, que se refiere a la dialéctica entre tradición y progreso, y haciendo esta particular referencia al vestuario tradicional de su país. Guillermo Paneque (Sevilla) vive en Manhattan, y exhibe en fotografía y en video una reflexión acerca del tiempo y la no-acción, en la que personajes comunes y corrientes esperan lo que pasará o viven ese momento posterior a lo que ya pasó. Toland Grinnell (Manhattan) aísla, insulariza, un mástil en una especie de ataúd blanco, como pieza de museo, ya inútil, o huella de la mi memoria de algún territorio extinto.

En la planta superior, dos artistas canarios, Luis Palmero (Tenerife) y Serna Castro (Gran Canaria), preludian el fin de la muestra. El primero pinta pequeños formatos de color y geometría, como pequeñas y hermosas arquitecturas de tan claros limites como las propias islas. El segundo, en contraposición, carga sus pinturas de movimiento y organicidad, floras imaginarias, misteriosas, que nos evocan una extraña mezcla de tradición flamenca con surrealismo. Por último, el curador quiso terminar este recorrido insular con una obra sumamente crítica, la de Jacqueline Fraser (Nueva Zelanda) en la que la artista maorí construye una obra escenográfica con alambre y telas, en la que varias escenas se suceden una tras otra, comparando la imagen de Pania, una mitológica sirenita maorí, con la de otra sirena a cuya imagen se erige una escultura en Copenhague. También en su caso, la artista trabaja esa dualidad entre las iconografías tradicionales y las más modernas.
Tal vez, la constante más sobresaliente de la generalidad de esta exposición es la presencia marina, horizonte dual que limita y expande la realidad insular. Sin embargo, no en todos los casos, y lejos de ser la intención del curador, las obras buscan referirse conceptualmente a la temática insular. Más bien, desde sus infinitas realidades plantean discursos artísticos universales en los que pueden vislumbrarse ciertas poéticas, metáforas, realidades y críticas que coinciden en un tipo de sensibilidad característico del artista, isla creativa dentro de su propio universo.

Archipiélago a cinco voces
En la inauguración de la exposición no solo estuvo presente una surtida constelación de artistas-islas; también se presentaron los teóricos, críticos, catedráticos y autores de algunos de los textos del catálogo, que venían a discurrir, cada uno a su turno, sobre particular abordaje al arte y la insularidad, durante el seminario respectivo: dos cubano ex-aislados, Antonio Benítez Rojo e Iván de la Nuez, maestro y discípulo, colegas del pensamiento y su traducción literaria, docentes; Remo Guidieri, ensayista, escritor y profesor que arribó desde París con todo el glamour y retraso de los que les encanta hacerse esperar; Eugenio Padorno, desde y sobre las propias Canarias, quien dedica también todo su conocimiento literario a sus alumnos; y Dan Cameron, crítico, comisario y conservador que vino desde Manhattan, la paradigmática isla contemporánea y multicultural. "Es la Itaca anhelada por Ulises y el espacio de los Robinsones que esperan la oportunidad de la huida. Es el confinamiento de Elba y la Utopía de Tomás Moro. Pasión de Homero, Lezama Lima, Agustín Espinoza, Dereck Walcott, Pedro García Cabrera, André Breton, Saint-John Perse (...) constatación de una realidad que se percibe diferente y singular en relación con otras realidades., escribe Orlando Britto en la introducción de este encuentro teórico. Aquí sí que el tema insular gozó y sufrió ser blanco rotundo de este quinteto de pensadores".
Guidieri abrió la sesión con una polémica cita de Gilles Deleuze, “El pragmatismo es, el doble principio de archipiélago y esperanza". Pragmatismo cuyo origen se encuentra a la par de las revoluciones industriales, a finales de siglo XIX, cuando se discute en el Congreso de Berlín por vez primera sobre el territorio marítimo. Todo debía ya tener una utilidad, comenta Gudieri. Los mares, y en ellos, las islas. El mundo, a partir de entonces, es un proceso, un archipiélago de mundos móviles, aislados y sin límites. La verdad tiene límite, nos convertimos en trans-post-neo-viajeros imbuidos natural y absurdamente en un movimiento frenético, más allá del nomadismo. En esa coyuntura sólo puede hablarse del archipiélago como figura del espacio, espacio de expansión.
Benítez Rojo, desde su propia experiencia, fue sintiéndose, además de cubano, antillano, caribeño, incluso canario, y, estudiando los archipiélagos ubicados en el Atlántico tropical y subtropical, propone integrarlos en un solo macro-archipiélago que acierta en llamar la Nueva Atlántida. Las islas del Caribe, las Canarias, las Azores, las Madeiras, las Cabo Verde, guardan, aparte de las geográficas, una cantidad de coincidencias históricas, económicas y culturales que las hermanan; por ejemplo, los procesos de conquista y colonización europea, las economías de plantaciones, la esclavitud, el contrabando y la piratería, la dependencia económica. Para conocernos mejor, para seguir marchando hacia el gran archipiélago mundial, Benítez Rojo propone extender el discurso del Caribe al discurso de la Nueva Atlántida.
Las islas, zonas de confluencia y de tránsito, de fundación y de fuga. Para Iván de la Nuez, en ellas se vive la ansiedad del desplazamiento. Islas como espacio de fuga, como los personajes de la obra del artista Luis Cruz Azaceta; islas terrestres, como las construidas por el arte chicano; islas del cuerpo, como el caso de Ana Mendieta que insulariza la silueta de su propio cuerpo. Artistas que convierten su arte en una geografía para habitar o intervenir el mundo. Al principio pensé, dice De La Nuez, esta exposición no tiene sentido, pero tiene sentimiento; luego entendí que precisamente tiene sentido porque tiene sentimiento.
Del cuaderno de la inmóvil navegación de un insulario, la del poeta. Eugenio Padorno profundiza en aquellas expediciones poéticas y metafóricas originadas en tierra canaria y referidas a su condición insular, la condición de insulario del hombre canario, como lo llamara el escritor gran canario Alonso Quesada.
A Dan Cameron, la noción insular le invita a desarrollar la complejidad del mundo artístico, asumiendo a cada artista como unidad que se contiene a sí misma. El mundo postmoderno crea una situación donde el centro de la identidad humana se cuestiona. Así, una larga lista de artistas contemporáneos, identificados visualmente con alguna de sus obras, es revisada por Cameron en su postura reflexiva sobre desplazamiento, espacio e identidad.
ALEJANDRA POZO
Crítica de arte venezolana. Reside en Islas Canarias, España.

