¿Para qué se organizan las bienales internacionales? ¿para quién? ¿se conciben como sitios estratégicos para una nueva forma de hacer política? ¿son acaso actos de pasión individuales? ¿buscan la autorrepresentación? ¿apuntan al reconocimiento intemacional o la legitimación intema? ¿cómo equilibrar las expectativas artísticas con las exigencias de otro tipo? ¿pueden estos eventos reflejar nuestra complejidad? Las bienales son un poco de todo esto y de muchos otros aspectos que deben ser considerados al referirse a cada una de ellas. Durante la reunión organizada sobre este tema por Arts International y la Fundación Rockefeller hace unos meses1, se apuntaron y se discutieron aspectos de esta índole, a la luz de un panorama mundial muy diferente del que vio nacer estas manifestaciones.
En un reciente artículo sobre la Sexta Bienal de La Habana, Rachel Weiss atinadamente escribe que idealmente, una bienal es una oportunidad para re-trazar el mapa global, con el centro colocado en un nuevo sitio2. Aunque ésta sea una situación pasajera, la Primera Bienal Iberoamericana de Lima, una iniciativa con Luis Lama a la cabeza y organizada dentro del marco de la declaratoria de la ciudad como Plaza Mayor de la Cultura Iberoamericana, era la ocasión perfecta para llamar la atención del mundo artístico latinoamericano hacia un punto muy poco visible hasta el momento, y establecer una dinámica de confrontación entre lo local y lo externo.
Las grandes bienales tradicionales, Venecia y São Paulo, por ejemplo, bienales que esencialmente reafirman el Centro tienen ahora amplia competencia en diversos puntos de la constelación artística, y esta proliferación de bienales hacia el sur y hacia el este se intensifica en un fin de siglo que presencia cambios radicales en las relaciones centro-periferia. Paralelamente, se percibe la necesidad de revisar la estructura de todos estos eventos, cuestionar su vigencia como espacios de encuentro y reflexión, y surgen toda suerte de propuestas para readecuarlos a nuevos esquemas acordes con los cambios propiciados por un sistema global y por la presencia creciente de los sectores periféricos. Lo que sigue siendo evidente es que la existencia de una bienal internacional en un punto dado –y por esto se multiplican– orienta momentáneamente las luces hacia ese escenario: de repente se es, se existe en la arena internacional. La permanencia y la proyección posterior del evento ya es otra historia.

Dentro de este contexto, Lima organiza una Bienal que se propone un territorio determinado, bajo el subtítulo de Nuevos Conceptos del Arte en Iberoamérica. Decide articularla sobre una variante del modelo de representaciones nacionales individuales, invitando a los curadores directamente y no por vía oficial o diplomática, como es costumbre en otros casos. Además contempla abrir espacio para una amplia presencia del país sede, y selecciona a un grupo de reconocidos artistas internacionales como invitados especiales, entre ellos José Bedia, Melquiades Rosario y Fernando de la Jara.
Esta Primera Bienal Iberoamericana abrió en varios de los edificios históricos de una Lima remozada y recuperada no sólo como casco antiguo de un pasado colonial sino como sitio perteneciente al ciudadano limeño de hoy, el cual busca rescatar un arraigo y reapropiarse su presente dentro de un centro urbano que hasta hace poco, como muchas de nuestras asoladas ciudades, infundía temor e inseguridad y había sido abandonado a la marginalidad .
Si algunos de los intelectuales y curadores invitados manifestaron su inconformidad con algunas de las obras, con los procesos de selección o con algunos aspectos organizativos, de pronto esto pasó a segundo plano frente a la dinámica local y a las expectativas futuras que estimuló la Bienal. Y realmente, sin siquiera entrar a mencionar obras y artistas, es preciso situarse dentro de lo que se pretende con un evento de este tipo y lo que ha significado para Perú.

Es muy probable que la Bienal se encuentre enmarcada también dentro de la particular situación política y económica actual de Perú y de las expectativas de varios sectores, no sólo el cultural. En palabras de Luis Lama, la intención de la Bienal fue la de reunir a distinguidos artistas e intelectuales de toda Iberoamérica en los locales de nuestro centro histórico, los cuales permanecían en estado de deterioro. Una de las metas de la Bienal era lograr la restauración de los locales para mostrar al público nuestro pasado arquitectónico, del siglo XVI hasta mediados del siglo XX3.
Esto definitivamente lo logró la Bienal: más allá de la multitudinaria inauguración oficial, los limeños fueron comentando sobre los años que habían pasado sin pisar el centro, y la gran afluencia de público local, tanto a las diversas sedes como al conversatorio. Esto adquiere mucha relevancia dentro del sentimiento de pertenencia y de identidad, sobre todo en una Latinoamérica convertida en un suburbio amorfo alrededor de nuevos centros, pero esta vez comerciales, donde desaparece la realidad local en medio del artificio importado.
La Bienal también buscaba realizar un evento en tomo a las propuestas que recojan las vertientes más representativas de nuestro arte en este fin de siglo4 y aspiraba a ser un espacio de estudio de la pluralidad cultural, así como de confrontación de artistas quienes, trabajando en su propio contexto, han sido capaces de asimilar la información a su alcance, para realizar propuestas inicialmente híbridas...5. Si bien no todas las obras presentes mantenían un mismo nivel –cosa que no sucede nunca, por lo demás– sí fue una Bienal representativa del quehacer actual, con todo lo que ello implica.

Si las pretensiones hubieran sido –pero aparentemente no lo fueron— de marcar pautas, esta Bienal evidentemente no lo hace. Estamos frente a una Bienal desigual, con problemas museográficos que influyeron en la adecuada percepción de muchas obras, y con una saturación general. Sin embargo, ha sido un evento de gran vitalidad, y que refleja –tal y como se deseaba– lo variopinto del arte actual en lberoamérica, con parte de lo bueno y otro tanto de lo trivial. Si se busca una prueba de la diversidad en la producción de América Latina, la Bienal entera podría considerarse como una sola pieza en la cual confluyeran muchas facetas de la actualidad latinoamericana, desde el kitsch hasta lo conceptual.
Dentro de las piezas de mayor interés, debe señalarse el sutil trabajo en video de Fátima Martini (Paraguay), en donde un papalote (cometa) vuela en un cielo despejado y crea una atmósfera de extraña quietud. La instalación de Pablo Conde (Uruguay) es una relectura de su pieza de La Habana en la que envuelve al espectador en la nostalgia de un rincón urbano silencioso, íntimo, y solitario, una calle escondida que huele a eucalipto, en donde ronda la muerte. Ambas piezas, ubicadas en la Casa Rímac, gozaron del aislamiento que requerían. Casi al lado seguía María Elena Perales (Puerto Rico), con una pieza que recordaba a Kcho. Paloma Navares (España) y Gerardo Suter (México) estuvieron bien instalados en espacios adecuados. Sin embargo, fue en sus piezas pequeñas, y en un video sobre el muro, que Paloma Navares fue más convincente. Ricardo Benaim (Venezuela) aprovechó varios puntos de un gran espacio para exhibir una serie de elementos dentro de un mismo proyecto, la nueva Cruz del Sur: las piezas murales en la sala del edificio de correos fueron lo mejor de su propuesta. Patricia Belli (Nicaragua) es en este momento una artista clave en la región centroamericana, y sus textiles y vestimentas tensadas sobre bastidores constituían algo de lo más notorio y sugerente en la Bienal. Sin embargo, necesitaba un espacio de mayor nitidez y claridad, más adecuado a la dimensión de su propuesta. La instalación de René Francisco Rodríguez (Cuba) estaba bien concebida, pero estrujaba demasiados elementos en una habitación con poca luz. Inexplicable la presencia tan mínima de Marcos Lora, de República Dominicana, colocado en un pasillo, casi inadvertido. Otto Apuy (Costa Rica) estuvo presente con una pieza penetrable, un móvil realizado con elementos vernáculos de carácter lúdico y pluriétnico: ubicado en el balcón de la Casa Rímac, su propia complejidad luchaba con detalles arquitectónicos y a su vez interfería con la pieza de José Bento (Brasil), cuya sobriedad necesitaba un espacio aislado. Dentro del resto del contingente centroamericano, Santos Arzú (Honduras), con una pieza grandilocuente, peca de exceso de medios, al igual que Luis Lazo (El Salvador), y se nota que el paso de la pintura al concepto de instalación aún no está bien digerido.

La participación peruana fue muy amplia, tanto en el marco mismo de la Bienal como en los salones paralelos6. Cabe destacar el trabajo de Mariella Agois, cuya sensibilidad en sus textiles bordados la emparentan con la costarricense Priscilla Monge, y la excelente fotografía seriada, itinerario testimonial a la manera de Hamish Fulton, de un caminar a lo largo de la costa peruana, de Luz María Bedoya. Esta joven artista estaba presente en la Casa Nicolás de Ribera y también en la impecable muestra de fotografía peruana organizada por el Museo de Arte de Lima, sin duda la exposición más contundente de todo lo local que se vio durante la Bienal. Podría decirse sin temor a equivocarse que el mejor aporte peruano se encuentra actualmente en el medio fotográfico.
Se organizó asimismo un conversatorio, que funcionó como una especie de marco alrededor de los nuevos conceptos del arte en lberoamérica. Entre otros aspectos, la cantidad de artistas peruanos expuestos fue motivo para que este espacio teórico se convirtiera en tribuna, y que la Bienal fuera duramente fustigada por algunos de los invitados, sobre todo por doña Raquel Tibol, quien la acusó de manera vehemente de falta de rigor.
Me pregunto, de las decenas de bienales, desde las decanas hasta las noveles, y con pretensiones mucho mayores que la Bienal de Lima, ¿cuál de ellas está exenta de fallas, en algunos casos mucho más graves, a pesar de existir desde hace años, algunas de ellas con un equipo curatorial importante y con recursos-financieros o técnicos mucho mayores?
Perú ha estado aislado durante casi dos décadas, con muy poca visibilidad o presencia en la arena internacional, un poco como América Central, que apenas está iniciando su proyección verdadera. Como mencionaba al principio, la Bienal es una ocasión para hacerse visible frente a un nuevo público. Esta era la intención de los organizadores al contar con los salones paralelos para albergar a peruanos no seleccionados para la Bienal. Muchos de los que asistimos no conocíamos más que a unos pocos de la escena peruana; estos salones fueron una oportunidad para tomar el pulso general de lo que se está haciendo actualmente y presentar una selección antológica de lo que ha sido la producción peruana anterior. Es de esperar que la confrontación y el diálogo que pudieron tener los artistas de la generación más joven será importante en la definición de su lenguaje, la decantación de medios y el análisis de sus temas.
Dentro de lo que se propuso la Bienal, hubo logros internos que deben rescatarse y trabajar más profundamente a nivel externo. Ya, de hecho, la organización está en proceso de evaluación de esta primera edición. La Segunda Bienal Iberoamericana puede convertirse en un relevante punto de encuentro, aclarando sobre todo su discurso, y orientándose hacia una estrecha colaboración de los profesionales, en el medio, evitando acudir a galerías. Es indispensable fuera del ámbito de las galerías, y a una participación más activa del sector curatorial, tanto en lo que respecta al proceso de selección de los participantes, como en el montaje, la preparación de textos y la ejecución de los proyectos específicos.
NOTAS
1. La Conferencia sobre Bienales y Exposiciones Internacionales se realizó durante el mes de agosto en la Villa Serbelloni, Bellagio, Italia, con la asistencia de los responsables de las bienales de Venecia, São Paulo, La Habana, Sydney, Estambul, las trienales de Brisbane y la Carnegie International, así como de algunos directores de museos, artistas, curadores independientes e historiadores, con el fin de discutir aspectos relacionados con estos grandes eventos.
2. ArtNexus No.26, Oct.Dic 1997, p.70. Traducción libre de la versión en inglés.
3. Luis Lama, carta circular a los curadores y panelistas, 29.10.1997.
4. Luis Lama, carta de invitación a la Bienal.
5. Centro de Artes Visuales, texto de presentación del proyecto.
6. Fueron nueve los artistas peruanos seleccionados: Mariella Agois, Luz María Bedoya, Johanna Hamman, Rocío Rodrigo, Carlos Runcie Tanaka, Emilio Santisteban, Eduardo Tokeshi, Ricardo Wiesse y Moico Yaker. Sin embargo, se montaron exposiciones llamadas salones paralelos, que presentaron desde las generaciones más jóvenes de artistas emergentes hasta las figuras del arte moderno peruano. Esto creó confusión pues la impresión general fue que todos formaban parte de la selección para la bienal.
VIRGINIA PÉREZ RATTON
Directora del Museo de Arte y Diseño Contemporáneo de San José, Costa Rica.

