Una bienal más se integró al mapa de actividades de este tipo. La 1ra Bienal de Los Ángeles pretendió ser un espacio en el que se hicieran confluir algunas de las propuestas más destacadas del arte contemporáneo mexicano. Con sede en la Universidad Iberoamericana de la ciudad de Puebla, a 100 kilómetros de la capital mexicana, la Bienal de Los Ángeles logró atraer a un buen número de participantes de la zona, y también a creadores que participaron en calidad de invitados.
Este último grupo, a pesar de haber sido conformado por artistas de muy diversas tallas y propuestas, otorgó un perfil singular a las actividades que, con su presencia, tuvieron el respaldo de algunos de los más importantes creadores mexicanos contemporáneos.
Versión número uno y, por lo tanto, equivalente a lo que en periodismo sería el ejemplar cero, esta bienal ha presentado, por supuesto, algunos factores que será necesario corregir en las siguientes ediciones. Todo es perfectible. Es necesario reconocer en ella, sin embargo, la importancia de su existencia en un medio como la ciudad de Puebla que, históricamente, ha sido excluyente y poco generosa cuando se trata de albergar las expresiones más contemporáneas de las artes visuales.

Puebla, históricamente conservadora e identificada por muchos como un bastión de la curia católica romana, impuso a los organizadores un miedo natural que fue menguando durante la organización del evento, que llevó más de año y medio, ante la respuesta entusiasta de universitarios y público relacionado con la plástica. Lejos de poner freno a las expresiones que se dieron en esta Bienal, los directivos de la Universidad Iberoamericana abrieron los espacios y, de manera conjunta con el curador y la coordinadora general, Miguel Ángel Corona y Aurora Berlanga, así como con la comunidad de pintores locales e invitados, abrieron juntos una brecha que hasta hace poco se encontraba cerrada.
Pese a la amplia diversidad de medios de expresión plástica que participaron, posiblemente una de las áreas con mayor solidez en esta Bienal de Los Ángeles fue la de la fotografía. A diferencia de la pintura o de la escultura, e incluso de las instalaciones u arte objeto, en el rubro de la foto hubo piezas que aportaron de manera más abundante elementos para el tratamiento, en este caso, del asunto de Los Ángeles. Sin desdeñar el valor iconográfico de Los Ángeles, estamos ante una suerte de espectáculo que lleva implícita la idea de variaciones de un tema, más que una de dar rienda suelta a la creatividad de los participantes sobre temas diversos.
El premio de fotografía lo recibió Mónica Bello por su obra Breve paso por la tierra. Una mujer, de espaldas, muestra sobre su piel las que podrían ser las cicatrices de unas alas que ya no están más. Su evocación aparece al ser intervenida la fotografía, como una especie de transparencia en primer plano, y nube, en el segundo. Las manos de este ex-ángel, con los dedos estirados, evoca también la forma de las alas que ya no están más.

Otra de las placas que obtuvo reconocimiento del jurado fue Aggelos, de Elizabeth Castro Regla, quien salió con mención honorífica. Una figura difusa nos permite apreciar el torso de una mujer y, a sus espaldas —y por no romper la secuencia referencial de alas como casi único y evidente atributo de los ángeles—, algo parecido a ellas, demasiado pequeñas diría yo, en relación con el cuerpo que, se supone, deberían alzar en vuelo celestial.
Juan Carlos Ladrón de Guevara presentó una serie titulada Resplandor en gestación, entre las que se destaca, en la misma tesitura de la anterior, una mujer-ángel cuyas alas, bajo su cuerpo, parecerían estar yacentes al igual que su propietaria. Aunque el trabajo de concepción de estas piezas es acertado, el de producción es fallido. Los trabajos de este fotógrafo nos ubican ante modelos cuyas vidas se desarrollan dentro de un espacio poco generoso visualmente y con iluminaciones planas que nada ayudan al resultado final.
Caso opuesto es el de Disparo, de Tabatha Pardo Flores, quien supo elegir perspectiva, fondo, color y concepto y unirlos en una pieza realmente divertida. Un ángel, ya en tierra, hace una seña al cielo del que vino y al que, por supuesto, no volverá.
Ángeles caídos, de Vladimir Chávez, aborda también el tema de las señas obscenas. Nos presenta a Carlos Salinas de Gortari, caricaturizado ex presidente de México (en realidad un modelo portando una máscara de las que se venden por miles en Ciudad de México), haciendo con los brazos una seña que en este país ha cobrado nuevas connotaciones a partir de su reciente uso por parte de políticos en el poder.
Polvo de ángel, la obra de Raúl Pérez Sánchez, es indudablemente otra pieza con gran contenido humorístico y crítico, así como de gran actualidad, y que mereció el premio de Advento A.C., que es presidida por el artista plástico Raymundo Sesma. El trabajo de Pérez Sánchez, joven debutante en una bienal (y, a decir de él mismo, también en el ámbito de la plástica), presenta el rostro del narcotraficante mexicano Amado Carrillo que falleció recientemente en un quirófano a causa de una liposucción mal realizada, según rezan las fuentes oficiales. Este narcotraficante tenía por apodo El señor de los cielos, ya que los cargamentos con estupefacientes los transportaba por vía aérea.
La pieza es una caja de madera dentro de la cual vemos una vieja moledora manual de carne. En el sitio en el que usualmente iría ésta, el artista colocó plumas blancas. De donde debería salir la carne molida, ha salido un polvillo blanco, fino, parecido al talco. En la parte del fondo y sobre la fotografía de Amado Carrillo, un letrero invertido que puede leerse al derecho mirando un espejo colocado sobre la parte superior, y que dice El señor de los cielos.
Este trabajo, poco pretencioso plásticamente y completo en su propuesta, al estar inserto en el ambiente de la Bienal de Los Ángeles, rompe con toda expectativa de lectura de lo que son estos seres y da en el blanco de la crítica política y religiosa, y en el tratamiento iconográfico de los ángeles, de un golpe solo y preciso.
La obra de René Espino, Mi ángel guardián siempre dispuesto a echarme una mano, es otra de las piezas que encierra humor e ingenio en el mismo paquete. Al margen de la significación angelina que pueden tener estos seres en manos de un creador, aquí vemos a un real ángel de la guarda que vive, como muchos les pensamos, a nuestras espaldas y sobre nosotros. Esta obra consiste en una sombrilla en la que Espino ha pintado, en su parte interior, un autorretrato, en cuclillas y con alas. Éstas, hechas con guantes blancos que estiran sus dedos por ley de gravedad en el momento en que la sombrilla se encuentra sobre nosotros, hacen de esta pieza, que mereció el premio de ArteObjeto, una de las más sui géneris de la exposición.
La 1ra Bienal de Los Ángeles llegó a su fin acompañada de algunos performances, conferencias, mesas redondas y presentaciones de películas y videos. Por sus características y ubicación geográfica, está llamada a ser una bienal de gran envergadura en unas cuantas versiones más. Habrá que incrementar el monto de los premios otorgados a los primeros lugares en cada rubro (en esta ocasión, fue de 3.000 pesos, US$370, aproximadamente), comprometer de manera más directa la participación de creadores con larga trayectoria en el ámbito de la plástica contemporánea, ser más riguroso en la selección de los participantes y, por supuesto, no perder la brújula que señala la necesidad de llenar un vacío cuya existencia ya era imperdonable.
SANTIAGO ESPINOSA DE LOS MONTEROS

