Por más que se defienda a las ferias de arte como un espacio para la venta y la promoción, que en realidad lo son, también son una oportunidad para la confrontación y el encuentro. Una feria puede ser vehículo de nuevas propuestas, no sólo en sus contenidos, sino en la conformación del propio concepto que le da vida y, finalmente, reflejarse en los resultados respecto a coleccionistas y público. Bajo estos conceptos, me interesa anotar algunos comentarios sobre la sexta edición de la feria internacional de arte contemporáneo, Expoarte Guadalajara’97, que se llevó a cabo del 26 al 29 de septiembre.
¿Cuál es el sentido del coleccionismo de arte contemporáneo? Ésta es, quizá, la pregunta que más se imponía frente a la feria. O, ¿qué pasa hoy con el coleccionismo en México, en Latinoamérica y en todo el mundo? No es suficiente adquirir poder y prestigio, rodearse de objetos relevantes histórica o estéticamente. Hace falta tener la visión para mantener el esfuerzo por expandir el conocimiento, la comprensión y la apreciación de nuestro tiempo a través del arte. Sólo así se justifica esta conducta obsesiva.
Es decir, una organización para el intercambio mercantil del arte, además de apoyarse en enlaces interinstitucionales a nivel mundial, requiere de un compromiso con la cultura y la educación sensual de espectadores y compradores potenciales. Bajo esta premisa, Fomento de Arte Contemporáneo (Farco, organismo regidor de Expoarte) acompaña sus objetivos de mercado con el Foro Internacional de teoría sobre arte contemporáneo (Fitac), para la discusión académica de temas como la problemática del mecenazgo a finales del siglo XX. Este año, Farco inicia un programa educativo que incluye cursos y conferencias y tres exposiciones itinerantes, aparte de los convenios con el Museo de San Diego y el de Santiago de Compostela para concretar una importante muestra en 1998. Además, se aprovechó el evento para continuar la reunión de su acervo, con la adquisición de 14 obras para una Kunsthalle, la cual busca representar las tendencias más vanguardistas del arte contemporáneo multinacional, en palabras de su director, Pablo del Val.

Sin embargo, la realidad de este año no pareció alcanzar tan altos objetivos, a pesar de los casi 16.000 visitantes que recibió, de la mayor participación del coleccionismo mexicano y del aumento del volumen de ventas, en comparación con el año pasado. Considero que este desfase se debió, principalmente, a los contenidos, pero, también, a la distancia entre los discursos y la recepción, lo que hizo que la feria no tuviera la misma resonancia y sus expositores dejaran mucho que desear a los ávidos ojos de los visitantes.
Con la excepción del coleccionista experimentado, el visitante de estas ferias difícilmente tiene la experiencia visual para elaborar en su pantalla mental evaluaciones que le permitan contextualizar lo que ve. Por eso el entendimiento se vuelve tan difícil y confuso. El coleccionista de arte contemporáneo, en cambio, puede elegir las obras que considera de mayor consistencia respecto a los objetivos del conjunto que reúne, valora si determinada pieza representa una oportunidad excepcional, si tiene condiciones restrictivas impuestas por el artista o galerista sobre su uso, montaje o disposición futura, y los costos que implica.
En cuanto a los contenidos de la feria, fue notable el predominio de la fotografía y de los medios electrónicos y alternativos entre las 81 galerías participantes. Es obvio que estos recursos, por su dinamismo, imponen un reto cada vez mayor al oficio plástico tradicional. Por otro lado, se hicieron patentes las representaciones relativas a la degradación sexual, bajo aspectos grotescos y/o perversos. Dado que se ha traspasado la ironía y el sarcasmo, ahora sólo le queda al artista la degradación del objeto. Lo que antes impactaba, ya no asombra. Entonces se exalta lo grotesco hasta el sin sentido, mostrando la depravación del coito con un infante; la perversidad de ¿quién es el artista y quién es el galerista?, quienes, desnudos, juegan al amo y al perro en una foto de la Galería Carles Poy de Barcelona, España; o lo repulsivo y caricaturesco de un chivo con camiseta, recostado sobre su espalda, con los testículos colgando, terracota y madera de Saidel Brito, expuesta por la Galería Berini de aquella ciudad.
Estuvo presente la obra de reconocidos artistas como Guillermo Kuitca, Julio Galán, Doug Hallo, Eduardo Medici, Thomas Hirschhorn, José Bedia, Jim Hodges, Cildo Meireles y Armando Morales, entre muchos otros. Destacaron las fotos del mar Báltico, tomadas por Hiroshi Sugimoto, de las cuales la Galería Sonnabend de Nueva York vendió 25 ejemplares. La galería austríaca Grita Insam, en uno de los locales mejor ubicados, resultó particularmente interesante por las fotos de Alfredo Jaar y Uli Aigner. Ice Box Venetia y Kapernekas, de Atenas, con fotografías y obra en papel, mientras Jacobo Karpio presentó imágenes de Fernando Canovas, Carlos Quintana y Daniel Scheimberg, además de muchas otras galerías que sería excesivo enumerar aquí.
Más allá de la irregularidad en el material presentado, es posible que el éxito futuro de la que bien podría ser la feria de arte de vanguardia internacional más importante en América Latina (como los mismos organizadores lo plantean) resida, pues, en el esfuerzo sostenido que asegure la continuidad y promoción del evento, ampliando sus horizontes y sus apoyos externos e internos, tanto a nivel financiero como cultural.
Vale la pena, sin embargo, reflexionar sobre las bases mismas de un evento de esta índole, para abrir nuevas perspectivas a nivel conceptual, y que revolucionaría nuestra manera de ver y verlo. ¿Podremos, por ejemplo, imaginar un planteamiento espacial que no implique una retícula, donde los mismos organizadores se atrevan a romper con las disposiciones tradicionales del uso mercadotécnico-museográfico de una feria de arte? Sería sumamente interesante encontrar otros soportes que invirtieran los presupuestos de orden-continuo-sucesivo-reticular-geometrizante, frente al caos-imposición-atracción-repulsión-saturación de miles de obras aglutinadas en unos cuantos metros cuadrados, para el disfrute visual, de algunos, y monetario, de otros.
ANA ISABEL PÉREZ GAVILÁN

