Exposición Individualene 1998 - mar 1998· Por Elena Oliveras

Diego Gravinese

Galería Ruth Benzacar

Diego Gravinese, representante de la joven generación (nació en Buenos Aires en 1971), ha ganado un merecido reconocimiento en el contexto del arte argentino de los años noventa. Su obra se desarrolla en el ámbito de las vivencias provocadas por la seducción fatal de los objetos, que hace del sujeto, para decirlo con Baudrillard, una mera terminal de las redes del consumo.

En esta oportunidad, con el sugerente título de Surfer, presenta una vasta instalación consistente en un conjunto de pinturas que, a la manera de un gran mural, envuelve al espectador, ocupando las cuatro paredes de la sala. Como en el surf, deporte que consiste en dejarse llevar, erguido sobre una plancha, por la cresta de una ola, el artista navega de manera sinuosa y aleatoria sobre un conjunto de imágenes heterogéneas, tanto públicas (las del consumo) como privadas (extraídas de un álbum fotográfico familiar). Como el surfer sobre las olas, el espectador podrá deslizarse también sobre esas imágenes dispares. Apoyándose en una de ellas, podrá ser luego impulsado hacia otras, activando el juego de la semejanza que, circunstancialmente, las entrelaza. En esta suerte de zapping pictórico resultará imposible, al menos en un primer momento, anclar en un cuadro particular. Saltando de uno a otro, sin solución aparente de continuidad, la mirada del espectador hará del campo pictórico el lugar de una singular contienda en la que se cruzan imágenes excesivamente comunicables, unas y secretas otras, del plano de la intimidad.

Exposición Individual: Diego Gravinese — imagen 1
Diego Gravinese. "Surfeador" (Surfer), 1997. Vista de instalación. Dimensiones variables. Cortesía: Galeria Ruth Benzacar.

Como en trabajos anteriores, Gravinese acentúa el vértigo de la seducción consumista recurriendo a la información codificada, al diseño publicitario y a la versión Plastilandia de la realidad. Estas imágenes serán estratégicamente yuxtapuestas a transcripciones pictóricas de fotografías que registran escenas de la infancia del artista, junto a sus padres, hasta llegar a otros momentos más cercanos en el tiempo, con sus visitas al Guggenheim o al Pompidou.

Contrariamente a lo que podría suponerse, lo vivido como único no contrasta demasiado con la hiper-comunicabilidad consumista. En definitiva, todo parece disolverse en un mismo fluir, en una sucesión lineal fría y transparente, donde también la intimidad queda sometida a la lógica implacable de la exhibición pública.

El modelo de lo público invade, controla y desdibuja permanentemente la esfera de lo privado. Es lo que Gravinese mostró también en series anteriores, como Everyone needs a Madonna (Todos necesitamos una Madona). Allí, la imagen de la madre del propio artista era invadida por el estereotipo icónico de la maternidad, surgido de la representación tradicional de la Virgen María con Jesús Niño. 

En la oscilación, casi esquizofrénica, entre lo privado y lo público hay algo, sin embargo, que escapa a todo control: recordando los movimientos del surfer, el artista no puede sino dejarse llevar por el movimiento libre de la propia memoria. Por eso hay imágenes, como las de su madre, que obsesivamente se repiten, como se repiten también imágenes abstractas que antes estaban ausentes de sus trabajos. Por otra parte, y dada la importancia que adquieren la fragmentación y el ritmo dado a la composición, Surfer tomará, en su totalidad, el aspecto de una ambientación abstracta.

Así mismo, a pesar de que el artista copia fotografías de manera hiperrealista, éstas parecen desembarazarse de sus contenidos figurativos para diseminarse en un flujo neutral. A resaltar este efecto contribuye, igualmente, el registro distante de diapositivas de tonos desleídos, confrontado con el registro más realista del color estridente de la publicidad.

A través del desorden circulatorio de las imágenes —título del prólogo de Jorge López Anaya, que acompañó a la muestra—, Gravinese habla de otros tipos de desórdenes, como aquellos en los que la profundidad y complejidad de la vivencia irrepetible se aplanan y descienden hacia lo efímero. Habla también de los auténticos objetos de deseo. Por eso tacha y oculta, trayendo a un primer plano la fascinación y el vértigo de imágenes sobre las que, como surfers, navegamos buscando un rumbo que sea también nuestro rumbo.

ELENA OLIVERAS

Diego Gravinese, por Elena Oliveras | artnexus