Exposición Individualene 1998 - mar 1998· Por Carol Damian

Carlos Capelán

Miami Art Museum (MAM)

Si una instalación es, en efecto, una forma de arte contemporánea que intenta involucrar al observador como participante más que como simple espectador, la obra de Carlos Capelán, hecha específicamente para la Galería New Work del Miami Art Museum, no solo logra llenar las expectativas de participación, sino que va más allá de las que usualmente “crea” el artista. Para A Painting Representing Space (Una pintura que representa al espacio), Capelán creó un ambiente que funciona en múltiples niveles y es interrumpido y afectado por sonidos, olores, secretos susurrados, objetos comerciales y una visión fugaz de su pasado mediante la obra de su padre. El espectador entra y se ve engatusado por una diversidad de engaños, y descubre que no tiene donde esconderse. La participación es esencial porque todos los comentarios que uno haga pueden ser escuchados por alguien que se encuentre en el espacio contiguo, y porque cada obra de la exposición es tan diferente, que para poder apreciarla y entenderla se necesita un examen muy detallado. Ésta no es simplemente una instalación que pueda observarse rápidamente o desde una sola posición estratégica; tampoco podemos solamente pasearnos por la galería y echar una ojeada a las imágenes que están sobre las paredes. No puede entenderse todo el alcance del significado de la instalación hasta tanto se haya examinado cada obra cuidadosamente, colocándola en el contexto del mensaje íntegro del artista.

Exposición Individual: Carlos Capelán — imagen 1
Carlos Capelán. Vista de Una pintura que representa el espacio. 1997. Instalación. 457.2 mts2.

El espacio, que a primera vista aparenta ser un confortable salón de dibujo del siglo XIX sobre cuyas paredes se han colgado obras de arte (los dibujos de su padre), está dividido en áreas diferenciadas por las texturas de las paredes pintadas hechas de barro, caras distorsionadas de estrellas de cine, que cambian según la posición desde donde se les observe; huellas de manos que recuerdan las pinturas de las cavernas, pinturas y un pequeño salón con sus propios sonidos y selección de objetos banales. Micrófonos y parlantes graban y reproducen los comentarios de los visitantes; sobre los muros, colocadas en bandejas, se encuentran tarjetas de visita con citas de personalidades famosas (quienes realmente no dijeron lo que está escrito en las tarjetas). Con los micrófonos y la desconcertante distribución de imágenes y objetos que sirven como punto de discusión, el artista asegura la participación de los espectadores.

Carlos Capelán juega con las ideas de memoria y reconocimiento para envolver al público en el espacio e involucrarlo en sus extrañas distorsiones. Su propio sentido de identidad, tan influenciado por su abuelo y su padre, ambos artistas, y afectado por el exilio forzado que lo alejó de su Uruguay nativo, lo ha motivado a explorar polaridades tales como el espacio sagrado versus el cotidiano, lo grande versus lo pequeño, y lo racional versus lo emocional. Debido a que el arte es parte de sí mismo y a que para él es importante compartir sus experiencias con el público, no se contenta simplemente con exponer sus ideas; debe contextualizarlas dentro de un ambiente que obligue a participar y tal vez a comprender, e incluso, a sentir compasión.

Las desconcertantes imágenes de caras de artistas de cine son conocidas extracciones de su obra, y tiene la intención de repetirlas durante diez años más (quedan tres años). Los torcidos rostros enfrentan el largo muro de pintura de barro que al principio parece ser una superficie con textura en tonos tierra de un arreglo tradicional de una galería de arte; sin embargo, esta pared no está hecha de pintura que semeja huellas de barro, sino de barro aplicado por la mano del artista en alusión a las antiguas marcas hechas de tierra y agua que servían de comunicadores a los pueblos prehistóricos. Hoy, nos comunicamos mediante tarjetas de visita.

Los líquidos juegan un papel importante en el pequeño espacio separado en donde se encuentran los micrófonos y un chirriante piso de listones de madera. Las bebidas, leche, Coca-Cola y vino, se refieren a las experiencias de la vida en el transcurso del tiempo; su olor impregna el espacio; sus botellas se convierten en algo más que un simple arreglo del arte pop. Evocan respuestas y comentarios que son grabados por los micrófonos y revelados por los parlantes que se encuentran en la galería principal. Todos los sentidos entran en acción y hacen que el participante quiera compartir el pasado y presente del artista.

En cada lugar de la galería el espectador se ve forzado a reaccionar, a preguntar, y a mirar de nuevo. En un espacio emocional lleno de componentes del mundo cotidiano, fugaces sonidos, olores e imágenes cobran existencia palpable y adquieren fuertes asociaciones mentales. La instalación de Carlos Capelán funciona como una puerta de entrada que es tan grande y desafiante como la receptividad del visitante se lo permita.

CAROL DAMIAN

Carlos Capelán, por Carol Damian | artnexus