Exposición Individualoct 1997 - dic 1997· Por Monica Kupfer

Sergio Camporeale

Museo de Arte Contemporáneo de Panamá

La exposición Sergio Camporeale, Obras 1993/1996 está realizando, con el patrocinio de la Cancillería argentina, un impresionante periplo por el continente. Después de iniciarse en Latin American Art Museum en Long Beach (California) en febrero de 1997, fue presentada recientemente en el Museo de Arte Contemporáneo de Panamá y continuará hacia Guatemala, El Salvador, Costa Rica y México, antes de terminar su gira en el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, a mediados del año entrante. La exposición está acompañada por un catálogo ilustrado a todo color, de excelente diseño y valioso contenido, que incluye una reproducción de cada obra en la muestra, varios textos y una entrevista.

El catálogo también contiene una reseña autobiográfica en la que Camporeale describe su trayectoria artística de más de treinta años, que incluyó su participación en los años setenta en el influyente taller colectivo de arte gráfico Grupo Grabas, y una larga etapa como pintor de óleos de un riguroso existencialismo. Fue a mediados de la década del ochenta que Camporeale giró hacia la producción de acuarelas, por un problema médico en el brazo que le impidió continuar pintando en el caballete y lo llevó a dibujar horizontalmente y, de paso, a descubrir un nuevo mundo estético.

Exposición Individual: Sergio Camporeale — imagen 1
Sergio Camporeale. Teatro público, 1996. Acuarela, gouche y lápiz sobre papel. 80 x 120 cm.

La obra reciente de Sergio Camporeale es paradójica. Las composiciones de este artista argentino residente en París muestran una profundidad temática, un cinismo y una seguridad de trazo que son el producto de su largo desarrollo como artista, pero a la vez contienen una actitud atrevida y una frescura en su ejecución que reflejan la juventud que caracteriza a Camporeale, al margen de su edad cronológica. Su obra se proyecta madura y cínica, a la vez que joven e insolente; de hecho, parece tener doble personalidad. En la superficie percibimos un mensaje pero en el fondo sabemos que, más o menos sutilmente, nos está transmitiendo otro.

Es peligrosa la primera impresión que causan las acuarelas en la exposición de Camporeale. Sus atractivos colores —deliciosos y ácidos a la vez— y su claro dibujo llaman la atención e invitan a acercarse pero quizá también, en el caso de algunos, a no profundizar. Es una obra que se recibe con facilidad inicial por su gran acierto técnico y su carácter figurativo que nos recuerda un tanto el lenguaje publicitario que se ha convertido en la Ungua franca de nuestros días. Además, la mirada del espectador se deja llevar, pasando con fluidez por este conjunto de obras tan homogéneas en su fisonomía. Se podría decir que se trata de un solo cuadro, una sola historia que se prolonga en cada imagen, como un teatro repleto de personajes que entran y salen del escenario.

Entonces va saltando a la vista que, por debajo de la superficie agradable, estas acuarelas de gran formato que integran las series Retratos de familia y Teatro público nos enfrentan a un mundo fantástico, misterioso y hasta violento, hecho de pedazos de seres humanos, caricaturas y personajes conocidos, objetos y espacios apenas insinuados en composiciones que juegan con los conceptos tradicionales de tamaño, proporción, balance y perspectiva. Los cuerpos no se presentan completos, las extremidades no necesariamente pertenecen a los troncos de los cuales emanan y las personas flotan, parecen desplazarse o quedan congeladas en actitudes dinámicas de movimientos interrumpidos, aparentemente determinadas sólo por la ironía y la audacia del artista.

El papel de fondo juega un rol tan importante como las formas y figuras pintadas dentro de la composición. El lugar donde se desarrollan los hechos plásticos es indefinido y los personajes se encuentran dentro de un paisaje en el vacío, que insinúa profundidad y a la vez enfatiza la superficie del papel. Las figuras nos parecen simultáneamente anónimas y familiares: personajes humanos aparentemente extraídos de la vida diaria, pero que más bien proceden de alguna esquina de la memoria o del subconsciente.

Estas discordancias constituyen el discurso central de la obra de Camporeale. Es tentador describir su trabajo con base en la serie de contraposiciones visuales y conceptuales que proporciona su estructura. Sin embargo, más allá de lo aparente está lo que sugieren estas acuarelas. Son obras participativas en las que el artista obliga al espectador a entrar en un mundo impredecible que despierta sensaciones tanto placenteras como perturbadoras. Estamos frente a un creador que, con notable dominio técnico y obvio conocimiento de la historia de la cultura popular, toma conciencia de la pura e inalterable artificialidad del arte, en una obra que sugiere realismo pero que no muestra un mundo real.

Camporeale crea una sensación de incomodidad ante la realidad pintada, televisada, publicitada y computarizada de nuestros días, y las imágenes populares que la caracterizan. Todos, desde Nueva York hasta La Paz; reconocemos a Mickey Mouse y al pato Donald, supuestos símbolos de diversión infantil, que en el mundo de Camporeale se convierten en algo macabro, como vehículos de contrariedad. Esa mujer riente que aparece en Madame Butterfly y reaparece en La anunciación no inspira carcajadas sino zozobra. Su cara prismática e incompleta insinúa agresividad, no la alegría que asociamos con la risa. Camporeale se dirige a nosotros en un lenguaje subversivo que todos entendemos en alguna parte de nuestra conciencia. Al fin y al cabo, compartimos un mismo "idioma" internacional, conocemos los mismos símbolos y percibimos el mismo malestar de fin de siglo.

MÓNICA E. KUPFER

Sergio Camporeale, por Monica Kupfer | artnexus