Exposición Individualoct 1997 - dic 1997· Por Marcela Medina

Santiago Uribe-Holguín

Quinta Galería

De mayo a julio, en la Quinta Galería de Bogotá, fue posible visitar la exposición titulada Frisos, del artista colombiano Santiago Uribe-Holguín. La muestra contenía su obra más reciente, rica e interesante en los diferentes aspectos que la componen.

Parte de la vida del artista se desarrolla y desenvuelve en España. Viene de una formación estrictamente académica de la cual se desprende provisionalmente hacia la década de los ochenta para incursionar en la abstracción como medio expresivo. Es en aquel momento en que algunas de las cosas que se ven se quedan por siempre con aquel que conoce de cerca la obra del artista español Antoni Tápies. Ésta marca de manera definitiva su etapa de la abstracción y contribuye a entablar una seria y estrecha relación con la materia y la textura. Pero también son importantes para entonces las referencias arcaicas, interesándose por las formas encontradas en el arte precolombino y oriental. Aparecen círculos y aros sumergidos en atmósferas difusas, utilizando ya la piedra cernida como elemento principal. De aquella época abstracta, que abandona más adelante para retomar la figuración, quedan varios elementos formales, como el gusto por la materia, por el color que los materiales le sugieren y por cargar sus obras de una especial atmósfera evocadora y nostálgica. Es justamente en el desarrollo en la utilización de dichos conceptos, materiales e imágenes que Santiago Uribe-Holguín logra no sólo comunicarse con el espectador sino continuar con una búsqueda estética y del significado de la belleza, trabajado anteriormente por los griegos y los romanos.

Exposición Individual: Santiago Uribe-Holguín — imagen 1
Santiago Uribe Holguín. Arcángel con escudo y lanza. 1996. Técnica mixta. 160 x 122 cm.

En su trabajo más reciente (1996-1997), los ángeles, arcángeles, querubines, guerreros y minotauros son los personajes principales expuestos en una Sala cargada de una atmósfera que transporta al observador a tiempos mitológicos y remotos. Para Uribe-Holguín no importa lo que se pinte, sino como se pinte. En este sentido, se valida el concepto de retomar temas que han sido ya trabajados por diferentes artistas a través de la historia del arte, como los ya mencionados, junto con la maternidad que también se encuentra en esta exposición.

Las figuras dentro de los bastidores, trabajadas sobre láminas de madera de gran formato, recuerdan claramente la pintura mural y las estatuas clásicas. En los cuadros de Uribe-Holguín, la textura es dada por piedra pómez, arena cernida y pigmentos acrílicos de colores tierra, que se acercan tanto a la piedra como a pinturas antiguas sobre pared. Es una manera de abordar la bidimensionalidad de la que el artista se ha apoderado con gran sensibilidad y respeto por el material. La lectura es fría pues el color utilizado se lee como mármol que ha sido expuesto al paso y a los estragos del tiempo que se presenta sobre las obras tridimensionales hechas en piedra se presenta como cambios en el color, desprendimientos de algunas partes y resquebrajamientos. Pero también es en ocasiones la mano del hombre la que se encarga de borrar partes del rostro, reemplazarlas, añadir e intervenir en nombre de la restauración. Uribe-Holguín busca ese punto intermedio entre aquella imagen que todavía se reconoce y aquella que hay que descifrar.

Los rostros y cuerpos que se encuentran en obras de la época clásica son los mismos que Santiago Uribe-Holguín estudia en la actualidad; cree que la manera de acercarse y de comprender el cuerpo humano continúa presentando casi las mismas posiciones y características físicas. Es decir, que comparten el mismo principio pero se hacen contemporáneos por el hecho de haber sido trabajados en esta época. Las luces y las sombras en las figuras crean volúmenes para estos cuerpos que parecen estar infinitamente detenidos en un instante de su movimiento o estar posando para el escultor ante una piedra amorfa. Ambos casos se traducen en manchas de color en donde los personajes y el espacio en que se encuentran tienden a confundirse por culpa de los pedazos de uno y otro, que se descascaran para así integrar el fondo con la forma y como prolongación formal de su etapa abstracta.

El conjunto de obras no forma parte de ninguna escuela y, al parecer, tampoco pretende pertenecer a algún tiempo específico. Más bien, serían justamente el punto de unión entre la manera clásica de abordar el arte y una intervención contemporánea sobre ellas. En todo caso, en cada rostro sin detalle, o apenas esbozado, lo que se lee es un elemento nostálgico y evocador que, en últimas, lo que hace es hablar de una forma de retomar constantemente el arte mismo. Resulta gratificante encontrar una serie de cuadros que evidencian el gusto por el mismo acto de pintar. Acción que genera placer por tomar su tiempo, por ser un proceso creativo donde las cosas y elementos que intervienen tienen una razón de ser y de estar allí. Nada se deja al azar porque tal vez crearía un desorden que allí no tiene cabida alguna. Eso tiene entonces una clara intención, hacer obras de arte que perduren, que permanezcan intactas e impermeables al pasar de los años.

Marguerite Yourcenar, en su libro El tiempo, gran escultor, habla acerca del paso del tiempo, de cómo cuando una obra de arte se termina empieza a tener una vida separada de la de su creador, pues considera que es justamente en este momento que empieza a vivir. Habla de una primera etapa que atraviesa la piedra, hasta llegar a tener forma humana, y de una segunda en la que el tiempo interviene, desgastándola, hasta devolverla a su estado mineral inicial. La obra de Santiago Uribe-Holguín es un claro ejemplo de aquello que Marguerite Yourcenar explica con tanto detalle; de hecho, si existe alguna especie de conexión entre su trabajo plástico y la literatura, es con este texto que el artista se identifica y se involucra de manera definitiva.

MARCELA MEDINA

Santiago Uribe-Holguín, por Marcela Medina | artnexus