Las ramificaciones ontológicas de las inquietudes artísticas de Santiago Cárdenas experimentan una nueva florecencia en sus últimas obras. Las pinturas han sufrido un cambio de tonalidad; de ser casi monocromáticas, terrosas y discretas, han pasado a ser una cornucopia de color y pinceladas, y los efectos que producen van desde lo beatífico hasta la perturbación. Sin embargo, no es difícil situar estas pinturas dentro de la obra de Cárdenas. La herencia de su interés en temas de lo real y lo ilusorio, como se revela en las pinturas de ilusión óptica por las cuales se le conoce, ha iniciado un nuevo capítulo ya que Cárdenas regresa al taller del artista y a su parafernalia tradicional y típica en busca de tema y reduce su enfoque a la realidad e ilusión en el arte y su historia.
Las más recientes de estas obras, dos grandes pinturas de 1996, Escultura en el taller y Libros, maracas y frutas, funcionan en forma similar. Por medio del color y de vigorosos parches gestuales de pintura, las dos le agregan cierta frivolidad a la inquietud metafísica de Cárdenas, la cual ha tendido antiguamente hacia la austeridad y hacia un ilusionismo más puro. En cada una de estas pinturas existe una forma de ver la obra (imágenes de bodegones rígidamente enmarcadas, sobre la parte superior de la mesa, localizadas en una abertura central, mientras que en la periferia los bordes de los objetos se confunden dentro de un aura de pintura turbulenta.

Bodegón con mandarina (1997) ilustra este proceso de manera más formal, con su transición lineal entre figuración y abstracción. La silla del primer plano se desvanece en la pintura a medida que el ojo se mueve a través de ésta, lejos del bodegón sobre la mesa que es una isla de serena interpretación en medio de una cacofonía de enormes pinceladas. Tarro azul II (1994) funciona bajo la misma premisa pero produce una respuesta emocional muy diferente. Su elegante y sobrio arreglo de flores es bañado por una voluptuosa estela de color ultramarino, luciendo como una mezcla entre una pintura china elaborada a pincel y una temprana acuarela de Mondrian.
Sin embargo, la creciente emotividad de estos lienzos no es la única forma a la que Cárdenas le apuesta aquí. Los cabos sueltos de su madeja intelectual penden por todas partes, suplicando ser desenmarañados.
Algunos puntos de partida: los reflejos o modelos de sus objetos aparecen en los trasfondos como una manera de unificar tanto el espacio como la superficie de las pinturas. En segundo lugar, la forma como están pintados los objetos de los bodegones parece ser una referencia estilística al cubismo analítico, una interpretación que a su vez sugiere que el action painting del trasfondo, aunque ciertamente pintado con naturalidad, también es una alusión ab ex.
Otra posibilidad, como la que indican las figuras recortadas y garabateadas dentro del boceto de una figura al estilo de Matisse, —que aparece en Bodegón con neón—, es que Cárdenas esté simplemente representando una sección de un telón de fondo utilizando el mimetismo, del cual él mismo, en el curso de su carrera, ha demostrado ser un experto. El tubo de luz representado de manera realista y que está pintado a lo largo de la parte superior de esta pintura, da poca luz sobre estas cuestiones.
Las connotaciones histórico-artísticas de estas variaciones estilísticas, y la obra de Cárdenas, sugieren no tanto una forma de apropiación, como la afirmación por parte de Cárdenas de un vínculo o legado entre sus precursores y él mismo. En su estudio de Bogotá, el pintor de sesenta años da buena cuenta de sí, mirando fijamente las botellas, las calabazas, etc., que hacen parte del detritus de su estudio secular, y enfrenta en el productivo siglo XX el alejamiento entre la representación y la abstracción, de la misma manera como lo han hecho todos los maestros de los estilos que él revive y evoca en esta serie de pinturas. Las pinturas que hacen parte del grupo se parecen unas a otras sólo vagamente; Cárdenas parece estar pintando sus diferentes reflexiones acerca de este multifacético tema. El intrincado acertijo planteado aquí no intenta tanto resolver este dilema de realidad e ilusión, cómo abarcar la insolubilidad de su paradoja.
K.K. KOZIK
