Los últimos años hemos asistido a una empresa probablemente tan contingente como porfiada: la definición de una entidad cultural que encaje en la denominación de arte latinoamericano. Entre sus bemoles está, precisamente, ese nombre a priori que espera por aquello a lo que designa y que mucho se viene invocando, en una especie de ejercicio divino que crea la cosa al nombrarla.
Entre la inestabilidad propia de cualquier definición y el que ésta remite inexorablemente al definidor (y en este caso hay muchos), la empresa se complica cada día más. Pero el afán no cesa.
Por el norte, historias mitificadas en cabezas aventureras deseosas de exotismo germinan en estereotipos a menudo burdos e inconsistentes, sino ingenuos. Intereses de mercado, por otro lado, ayudan a sostener esa línea argumental fantasiosa y simplista. También, una genuina inquietud intelectual investiga muchas veces determinadas construcciones simbólicas regionales y actúa metonímicamente otorgándole al todo las conclusiones parciales.
Por el sur, las urgencias de definir, redefinir y reconstruir identidades nacionales, regionales y continentales, apoyadas en un abanico ideológico variopinto, han dado un arsenal de aproximaciones al tema: desde la certeza fundamentalista simplificadora y dogmática, hasta las telarañas más complejas donde definir pierde todo sentido.

Sin aspirar a una exposición genealógica de la necesidad de encontrar el ente en cuestión, la misma parece ser básicamente una circunstancia originada en las demandas sociopolíticas y económicas que han determinado las relaciones intercontinentales con (y desde) América Latina.
No se trata tanto de la búsqueda de un ser esencial que nos determina, como de un existir en ciertas experiencias y necesidades comunes. Definir es limitar y limitar es controlar. En los procesos sucesivos y periódicos de conquista y emancipación que vivió y vive en Latinoamérica, control y demarcación son un ejercicio político del que no parece se pueda prescindir muy pronto. Al menos por ahora, ésa es la forma que ha tornado el "diálogo". Entretanto, como la historia no es una cosa quieta sino que uno construye pasado a cada instante, la cultura visual latinoamericana se vuelve cada día más un mutante inasible, diverso y complejo, activado y alimentado por la digestión de ese "diálogo".
En estos días, la artista brasileña Regina Silveira está haciendo su propio intento de definición y lo exhibe en el NIU Art Museum, un espacio en Chicago que depende de la Universidad de North Illinois, al tiempo que planea mostrarlo en São Paulo en el mes de septiembre.
Malabarista de las ilusiones visuales, Silveira se caracteriza por un discurso a base de paradojas y donde los sistemas perspectivos son alterados para permitir variaciones según múltiples puntos de vista. Sombras gigantes y deformadas se proyectan en superficies quebradas, convocando imágenes por ausencia. Esta vez, toda su sabiduría ilusionista vuelve a la sombra un hecho conceptual, ya que no hay ninguna sombra representada. Se trata de imágenes que de alguna forma pueden entenderse como una sombra que proyectamos los latinoamericanos, al mismo tiempo que nos acomodamos para cuadrar dentro de ella. Un enorme rompecabezas se despliega sobre el muro en forma irregular. Son fragmentos de imágenes fotográficas en blanco y negro, que rescatan y mezclan todos los fenómenos latinoamericanos que han derivado en mito y estereotipo. Desde Carmen Miranda al Che Guevara, de Gardel a Pelé, del loro al sol, de Colón a la Iglesia, de Frida Kahlo al candomblé, de la danza al sacrificio, y así hasta el infinito.
Las piezas del puzzle —que en inglés también quiere decir confundir y estar perplejo— han sido diseñadas para cambiar de posición, lo que permite tantas versiones como combinatorias posibles con más de cien piezas. Éstas calzan perfectamente en forma, pero las imágenes son siempre fragmentos aglutinados por contraste o azar, sin posibilidades de reconstruir completamente ninguna de las figuras.
El fútbol y Niemeyer, los mariachis y los militares, las armas y los precolombinos; América Latina es todo eso y no lo es, es lo que resulta hoy al juntarlo de esta manera y será lo que pase mañana cuando Regina Silveira rearme el rompecabezas con otra forma. To be continued... (Continuará...), título de la obra, es también un vaticinio: el crecimiento al infinito de lo mismo y lo otro por venir sumándose puede que sólo admita miradas parciales, fragmentarias, que obviamente serán distintas, según de donde se mire y quien lo mire. Mientras tanto, el panorama global se vuelve una textura, una trama que varía tonos y matices. Así como los lenguajes dentro de este rompecabezas son distintos, también lo son cada encuentro en la frontera de una pieza con otra, dibujando una nueva imagen parangonable con los híbridos que destaca García Canclini como signos identificadores de lo latinoamericano.
Esta obra de Regina Silveira tiene una gran eficacia de síntesis, su poder metafórico permite que el ojo vea fácilmente lo que la cabeza tiene que discernir con más laboriosidad. Como conjunto, este sistema de vectores narrativos diferentes y simultáneos parece aproximarnos a una abstracción, pero, al igual que sucede en toda la obra de Silveira, su inclinación por la parodia nos remite a un lado neobarroco que clama por subvertir las apariencias.
To be continued es también un posicionamiento de la artista en otra problemática análoga a la definición de identidades, la ubicación de Latinoamérica en relación con la modernidad y la postmodernidad. Sin duda, este rompecabezas cuestiona a través de la fragmentación la posibilidad de explicar el todo, y en eso está del lado de la postmodernidad, pero al mismo tiempo lo hace exhibiendo la nostalgia modernista por experimentar esa totalidad. Una vez más, Silveira da crédito al sentido de la amalgama donde los tiempos no son necesariamente lineales y las historias alternan sus jerarquías en función de los momentos, los actores y los narradores. Pero sería un error inferir de este agnosticismo un renunciamiento a todo potencial crítico de la modernidad; al contrario, esta obra reclama, advierte y reivindica una plataforma desde la cual América Latina ha de ejercer un diálogo con autonomía.
ANA TISCORNIA
