El pintor Ramón Oviedo vive trabajando en su taller, recinto habitado por lienzos, muñecas y pensamientos. Una escalera, entre trinitarias “rosardientes“, conduce a ese sitial de la creación pictórica dominicana. Quien conoce ese lugar, a la vez austero y barroco, comprende mejor cómo el maestro se concentra en su vida interior y en las formas que van imponiéndose desde un subconsciente tan rico como el oficio y la experiencia. Nos explica esa “persistencia evolutiva“ no solamente “de la forma en la materia“ —título de la última exposición—, sino de una trayectoria en constante movimiento.
Las 38 obras que presenta Ramón Oviedo en la Fundación Guayasamín, en Quito, como parte de las actividades del mes de las artes, y posteriormente en Caracas, son la culminación de un proceso de ruptura consigo mismo, de autorrenovación compulsiva, algo bastante excepcional en el arte dominicano y sus artistas consagrados. Nos gustó cuando Oswaldo Guayasamín dijo que él —patriarca de la pintura ecuatoriana—, según el calendario cristiano, tenía 78 años, pero en otros mucho menos, hasta pasar apenas de los 22, según los chamanes de su país. Así, Ramón Oviedo, a las siete décadas de edad, reacciona en el calendario de su obra plástica como el joven artista que se descubre y se entusiasma por esa revelación.

Es por cierto la primera exposición individual de Ramón Oviedo, autor de murales en la OEA y la UNESCO, en Quito. Tiene, pues, algo de primacía. Y Oswaldo Guayasamín, que ya era su amigo y admirador, lo volvió a descubrir, a plenitud, mirando con avidez y compenetración la obra de un colega. No estamos muy acostumbrados a esa fraternidad que sumó la elocuencia del gesto y las palabras de presentación a la “persistencia“ de la contemplación.
Las formas, fantasmales, oxidadas y de repente oxigenadas, se mecen entre la vida y la muerte, entre el acá y el más allá, ya sea una Forma atrapada, los Primeros y el Prehispánico, o la Seña por si vuelvo, para citar algunos títulos y ejemplos. El espacio se extiende o se estrecha en torno a esas corporeidades ignotas. La simetría y la asimetría actúan en plena libertad, aunque el equilibrio estructural impera infaliblemente entre las figuras y el medio ambiente (no hay fondos, hasta los entornos lisos son participantes).
Guayasamín calificó atinadamente la pintura de Oviedo como “no objetiva“ que en realidad se llega a un punto en el que no se necesitan las evidencias. El artista (re)crea organismos que inmediatamente, o luego de una contemplación sigilosa, evocan fuerzas y alegorías. Sentimos el peligro, la amenza, la agresión, la supervivencia, lo orígenes, la comunicación. Sujetos definidos son la excepción. Pensamos en aquel Músico -por cierto, con una leve huella de Guayasamín, que ha tratado el tema en dibujo y pintura—, o en la Vaina, increíble estampa del acoso y la tentación. La objetividad y la objetualidad pueden ausentarse: el pintor nos ha convertido en videntes.
Ahora bien, la “materia“, casi una no- materia, mencionada por Ramón Oviedo sobrecoge por la habilidad del oficio. Instrumentada por el acrílico, la superficie comunica una sensación de piel, de corteza, de tierra, de escultura de la transparencia. Raspando, frotando, rasgando, rebajando, esgrafiando, tejiendo hilos, la magia de la factura nos devuelve a las esencias naturales, a la geología, a lo traslúcido. Esa pintura mate posee brillo y luminosidad interior, abarcando los más diversos matices, los más diversos estados de la materia, sobre todo lo inmaterial y lo fosilizado.
MARIANNE DE TOLENTINO
