La exposición del pintor Pablo Siquier (1961) fue la primera retrospectiva de un artista joven, que se realizó en las salas del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires. Después de eliminarse una reglamentación que limitaba la programación del Museo a mostrar exclusivamente la obra de artistas fallecidos, con esta muestra se abrió una nueva etapa en la institución y se colocó la obra de Siquier en un plano de reconocimiento distinto al de los mecanismos consagratorios habituales en Argentina, regidos más por las resonancias de los éxitos internacionales que por los logros en las instancias del propio medio.
Desde mediados de la década del ochenta, cuando comenzó a exponer, Siquier ha producido una obra sistemática en la que cada cuadro encastra en una serie mayor. En esta trayectoria —con algunas incursiones en la instalación, pero fundamentalmente pictórica— se detectan dos problemáticas permanentes: la cuestión del estilo y la cuestión de la representación de la luz en la bidimensionalidad de la tela.
Los trabajos de la última década —por los que comúnmente se identifica al artista— están más próximos al dibujo técnico de un diseñador que a lo que tradicionalmente se entiende por pintura, por su oficio perfeccionista y meticuloso que anula cualquier "expresión" de la inmediatez del acto pictórico.

Por los artificios de luz y sombra que adoptan para dar idea de volumen, estas obras se emparentan con el concepto de trompe l'oeil: el de Siquier es un universo mimetizado con las leyes ópticas de la naturaleza, aunque abstraído de sus formas. Éste es uno de los motivos por los que es una obra que tiende a desmentir cualquier parámetro dominante con que se intente medir, y aparece como una de las más complejas entre la tendencia de los artistas argentinos jóvenes a trabajar con las irradiaciones de la historia de la abstracción.
El trabajo de Siquier puede dividirse en tres grandes series consecutivas, en cada una de las cuales se van produciendo pequeñas variaciones y repitiendo motivos fundamentales.
En su primera época, la impronta del dibujo evidencia determinadas características del cómic. Se trata de cuadros de colores vibrantes que remiten a diseños textiles sobre los que se yuxtapone una figura central, protagónica, generalmente concéntrica. En 1989 se produce el primer pliegue en su trabajo, que se vuelve más críptico, más geométrico, y se impregna de referencias históricas. En esta etapa, que duró hasta 1993, Siquier eliminó drásticamente los motivos de los fondos, bajó su paleta a azules, grises y marrones agrisados, y se dedicó obsesivamente a diseñar figuras contaminadas por distintos estilos de las artes decorativas y de la ornamentación arquitectónica.
Sus cuadros más recientes se separan de los anteriores por la anulación total del color. Se trata de una serie de trabajos realizados en blanco y negro en los que el diseño de la figura va invadiendo toda la superficie de la tela, como un circuito desbordado o el mapa de una ciudad absurda. En esta serie, las referencias a los estilos históricos se van haciendo cada vez más difusas, y los diseños cada vez más amorfos.
Para su exposición en el Museo Nacional de Bellas Artes, la idea del artista fue presentar un recorrido por su obra, que acentuara determinados aspectos. Si desde el crítica su pintura estaba siendo analizada cada vez más como un punto de confluencia de diversas corrientes históricas abstractas y geométricas —y en particular, como heredera del arte concreto—, esta exposición respondió a una clara voluntad de relativizar esa lectura. Y justamente allí radicó su mayor interés: para esta muestra, Siquier sacó a la luz trabajos que habían sido marginados por diferenciarse de sus imágenes más canónicas. Obras excepcionales, "inicios de series no desarrolladas", como señala el artista, que por su exuberancia y su radicalidad casi delirante en la indagación de las formas ubican su trabajo en un sitio contradictorio y crítico, en el que la distorsión de los estilos históricos y la deformidad extralimitada del diseño se manifiestan de un modo extremo. Esta lectura —potenciada en la muestra por un montaje en el que se mezclaban obras de sus distintas etapas, quebrando la idea de linealidad y de sistematicidad implícita en Siquier— acercó su obra a los efectos desestabilizadores que tuvo el barroco sobre lo clásico, por la perversión de las reglas preexistentes; lo emparentó con cierta monstruosidad esquizofrénica a lo Gaudí y lo alejó de la saludable armonía con que soñaban las vanguardias.
En cada uno de sus cuadros se combina una multiplicidad de referencias históricas: el pop art, el minimalismo, el art-déco, el arte concreto, los escalonamientos de la arquitectura oriental o mexicana. Esta amplia base de datos se amalgama hasta conformar un nuevo estilo que, en relación con sus referentes, constituye una aberración salvaje, un dialecto hiperbólico que ha perdido su lengua de origen.
INES KATZENSTEIN
