Exposición Individualoct 1997 - dic 1997· Por Víctor Fuenmayor

Lydia Azout

MAVAO

La exposición Ámbitos de lo sagrado, de la artista colombiana Lydia Azout, expuesta en el MAVAO, Museo de Artes Visuales Alejandro Otero de Caracas, me sirvió de material para un taller de experiencias integradas (cuerpo-plástica-escritura). En las propias salas expositivas, con la presencia de la artista y la curadora, las guías del Museo, algunos artistas venezolanos y una gran mayoría de estudiantes universitarios de educación preescolar, se iniciaron esas vivencias que debían de llevarnos a una mejor lectura de la obra de Lydia Azout y del arte contemporáneo; pero ante todo, sirvió para plantear el arte como una de las estrategias más eficaces de la educación y del desarrollo personal de los educadores.

Nos dieron el salón de talleres del Museo pero ese espacio pedagógico sólo sirvió para las presentaciones de los integrantes, puesto que las estrategias artísticas necesitaban otro espacio: la creación de un espacio lúdico donde los individuos puedan permitirse el juego con todos los lenguajes expresivos (corporales, plásticos, lingüísticos).

Exposición Individual: Lydia Azout — imagen 1
Lydia Azout. Fuerzas Agustinianas. Corteza de árbol y madera. 1997. 2.50 X 7.00 X 12.40 m

El espacio pedagógico sería el mismo espacio expositivo. El artista crea un espacio y el curador y museógrafo lo hacen legible; el pedagogo de arte debe crear también un espacio creativo, fiable y libre donde los integrantes se sientan en la libertad de expresar todo lo que quieran en diversas manifestaciones. Ese espacio que lo puedo llamar imaginario en un primer momento, virtual, potencial, winnicottiano, tiene una correspondencia con el espacio de relación entre la madre y el hijo, espacio afectivo donde se da una comunicación muy libre en los contactos, pero siempre regulado. Esos lugares del Museo eran el simple soporte real del espacio humano donde el despliegue de imágenes en diversas materialidades artísticas se transforma en símbolos que permiten el desarrollo creativo de los sujetos y la lectura y la interpretación de las formas creadas.

Esa conciencia de la creación del espacio pedagógico, humano, es esencial para cualquier transmisión de habilidades expresivas o artísticas. Las salas del Museo eran casi ideales para la actividad, las obras de Lydia, ideales para iniciar el contacto entre el cuerpo y la obra. Las estructuras metálicas de Ámbitos de lo sagrado permitieron el paso de una actitud de contemplación a la de participación. Así, por ejemplo, el juego corporal en Fuerzas femeninas hizo de la obra un penetrable. En su exploración, la estructura metálica fue dando una idea más concreta de las dimensiones y escalas, haciendo de módulo donde osciló y cambió la percepción de la estructura metálica por la acción lúdica de los participantes. El simple azar hizo que pudiéramos observar, al final de uno de los talleres, el cambio de conducta de los niños hacia la obra cuando una guía del Museo aplicaba la vivencia a uno de los grupos visitantes de escuelas caraqueñas.

Merkabah, nombre de una de las exposiciones de Lydia Azout, permitía una indagación de las referencias culturales de la artista sobre las creencias acerca de las letras en la cultura hebrea y en las religiones de escritura. Esas referencias eran desconocidas por el auditorio, lo que permitió plantear el problema del conocimiento de las referencias para la lectura. Merkabah tiene la significación, en hebreo, de carreta, bridas; pero, también, de la Epifanía de Daniel y de Isaías. Esa palabra designa además el estudio más secreto y profundo de las manifestaciones de la divinidad. Estábamos frente a un nombre que implicaba la exposición Ámbitos de lo sagrado por las resonancias religiosas con procesos de traducción interculturales, donde la manifestación divina de la letra se ponía en contacto con los jeroglíficos sagrados de las culturas prehispánicas. Así pude proyectarles un video sobre los ritos de creación de aborígenes australianos, sobre las reminiscencias de las ruinas prehispánicas de San Agustín en las obras de Lydia, y ponerlos en contacto con los poemas visuales, las instalaciones, de nuestros artistas contemporáneos. Era una manera de hacerles ver algo que trasciende en el arte: uso de elementos de escritura alfabética, de pictogramas o jeroglíficos que se refieren a lo sagrado, en la elaboración artística tanto en los primitivos como en los contemporáneos. Las proyecciones permitieron un diálogo enriquecedor entre la artista y los integrantes del taller, a partir de las referencias interculturales que no habían sido leídas, comenzando por el título de Merkabah del video proyectado.

Ese uso de elementos literales fue permitiendo un desarrollo expresivo que variaba según las secuencias. Día a día fueron apareciendo en los movimientos trazos, líneas, formas y colores, la relación metafórica entre las formas y las individualidades. Fueron evolucionando de la letra inicial del nombre a letras ajenas extraídas al azar, hasta llegar al nombre propio y a la escritura de frases en forma de poemas visuales (como los poemas cubistas o los poemas visuales de Tápies). Ese descubrimiento avanzaba cada día mediante sorpresas, haciendo ver que todo lo que se expresa, cuando se es libre en la expresión, tiene que ver con el sujeto. Después de la ejercitación pasábamos a la reflexión, a la parte teórica y a la lectura de las obras expuestas.

Fuimos trabajando el punto; además, el círculo metálico en el centro del Recinto sagrado nos daba la pauta puntual de un itinerario cinético. Trabajamos las líneas y allí estaban las tramas escultóricas, en rectas, curvas o sinuosas, que podíamos traducir en movimientos inducidos: desplazamientos según líneas, ondulación de la forma escultórica y serpentear con la columna vertebral. Luego, la verbalización o la escritura hacían tomar conciencia de los procesos. De la obra a la danza, de ésta a la plástica y luego a la escritura. Quería hacer surgir de la obra el cuerpo escondido que yace en toda manifestación artística. Buscando la resonancia afectiva que conlleva la contemplación, lograba anexar a la elaboración propia la resonancia de una obra ajena, tal como existen en el arte la cita, la intertextualidad, las influencias. Fueron pasando por procesos creadores, hasta realizar una obra en común, por grupos, en el jardín del Museo, con materiales del lugar (piedras, ramas), y algunos traídos por los integrantes de sus propias. Los elementos plásticos surgían de expresiones individuales ya trabajadas durante la semana. Escogieron como lugar un espacio de arena, cercano a una gran piedra, donde estaba impreso un jeroglífico prehispánico. El acuerdo entre los integrantes fue una prueba de la comunicación entre equipos y grupos; la integración de las obras realizadas con el petroglifo dio una mayor significación a las secuencias del taller; de lo contemporáneo a lo primitivo. No obstante, mucho de lo de Lydia Azout estaba allí bajo formas de procesos individuales y grupales de creación. El arte sirve también para guiar y modelar, conociendo los procesos de los creadores.

Para dar una referencia artística a esa labor pedagógica que realizó en los talleres de expresión integral, creo encontrarla en Los pasos perdidos, del escritor cubano Alejo Carpentier: "Una obra se ha construido en mi espíritu, es "cosa" para mis ojos abiertos o cerrados, suena en mis oídos asombrándome por la lógica de mi ordenación. Una obra inscrita dentro de mí mismo, y que podría salir sin dificultad, haciéndola texto, partitura, algo que todos palparan, leyeran, entendieran."

Comprender esa construcción en uno mismo, despertando el deseo creativo, es haber encontrado la partitura de movimientos, imágenes y palabras que nos pertenecen desde nuestro origen. Ayudar a nacer la partitura personal en varios registros expresivos y hacer renacer al sujeto verdadero; he allí una de las tareas esenciales de la educación y del arte. Eso puede servir de conclusión al taller de experiencias integradas (cuerpo, plástica, escritura) en el marco de la exposición Ámbitos de lo sagrado, de Lydia Azout. A la obra de esta artista le debemos las sensibilizaciones que hicieron descubrir a los integrantes del taller sus propias partituras. A su presencia, primero involuntariamente de incógnita y luego con identidad revelada; su escucha atenta de todas las lecturas y su diálogo enriquecedor. Piedad Casas de Ballesteros, la curadora, hizo posible la perfecta coherencia entre el espacio y las formas, permitiendo un enorme asidero para las lecturas. Debo darles las gracias a la artista y a la curadora y, sobre todo, a Emilia Maury, Directora del Departamento de Educación del MAVAO, por la comprensión de la metodología y de todas las estrategias creativas difícilmente transmisibles a nivel verbal y por la comunicación enriquecedora que siempre mantuvieron durante la realización del taller. ¿Acaso una acción semejante de artista, curador y pedagogo en el espacio expositivo no será la situación ideal de las lecturas de la obra y de la educación en el Museo? Los cambios deben de venir, como fue el caso del MAVAO, con la conciencia de las necesidades y carencias de grupos formativos-creativos que enfrentarán las nuevas exigencias de lectura del arte contemporáneo. Que el arte llega al alma por el cuerpo es una idea muy antigua, y lo que cambia son las estrategias creativas para integrar al ser humano a la conciencia total de su cuerpo a través del arte.

VÍCTOR FUENMAYOR

Lydia Azout, por Víctor Fuenmayor | artnexus