Exposición Individualoct 1997 - dic 1997· Por Erena Hernández

Julio Emilio Neira

Centro de Desarrollo de las Artes Visuales

Las claves de la exposición En vísperas de lo sagrado, del escultor Julio Emilio Neira, se encuentran en La rama dorada, de James G. Frazer. Según el antropólogo, la primera aspiración de ese libro era "explicar la ley que regulaba la sucesión en el sacerdocio de Diana en Aricia", pero cuando se propuso resolver el problema, su investigación derivó por distintas direcciones, al extremo que debió escribir doce volúmenes.

Básicamente, el libro ilustra las evidencias del regicidio sistemático. También al explicar la significación del rey del bosque en el mito de Diana, se extiende en el culto de los árboles en la historia de las religiones, describiendo profusamente las diversas mitologías al respecto. Frazer relata cómo en el bosque sagrado de Nemi, donde se encontraba el santuario de Diana, había un árbol alrededor del cual rondaba un sacerdote guardián provisto de una espada, esperando ser atacado en cualquier momento, pues la regla era que el puesto sólo podía ser ocupado matando al sacerdote.

Exposición Individual: Julio Emilio Neira — imagen 1
Julio Emilio Neira. El último aliento de/guardian I. 1997. Madera, barro, yeso, pintura de esmalte, patina. 70 x 50 x 22 cm.

Del árbol no se podía romper rama alguna, sólo le era permitido a un esclavo fugitivo."El éxito de su intento le daba derecho a luchar en singular combate con el sacerdote y, si lo mataba, reinaba en su lugar con el título de rey del bosque". El sacerdote vivía aterrorizado, pues si sus fuerzas decaían se ponía en peligro, "las primeras canas sellarían su sentencia de muerte", otro más fuerte y hábil podría derrotarle.

Neira no se dedicó a ilustrar el mito, simplemente hizo una versión del mismo para metaforizar sobre el poder y los conflictos generacionales en Cuba. Como tantos otros jóvenes artistas, acude a la ambigüedad de sentidos que propicia la tropologización, logrando hacer su discurso y pasar inadvertido.

Un recurso usual es hacer piezas que resulten visualmente atractivas. Así, en primera instancia, atrapan por la lindura del color y la representación realista del personaje protagónico. A partir de ahí, todo queda en aquello "de donde dije digo qué quería decir Diego". El problema después lo tiene el crítico, cuando trata de desentrañar toda la madeja y traducir el lenguaje por imágenes a palabras concretas que han de ser impresas en una publicación cubana. En primer lugar, no las publican; después, ganó fama de problemático y la exposición se pasó un mes en la Galería. Todo esto ha generado su escuela de retórica, que consiste en escribir en forma obscura y también ambigua para evitar contratiempos: sí, todo debe ser perfecto; por lo tanto, no hay nada que criticar.

Las nueve piezas de Neira, pulcramente resueltas, fueron trabajadas en yeso, madera, barro, pintura de esmalte y pátina, todas en pequeño formato. Él prefiere esta escala, y ha obtenido varios premios en certámenes dedicados a esa especialidad.

El personaje del guardián hila la narración, trabajado como autorretratos que ayudan al escamoteo de sentido. 

Fueron colocados en urnas, semejantes a las de carácter popular donde se ponen los santos. Es quizás una influencia de su abuelo, quien fabricaba santos en urnas, por encargo, o escondidas, en una época en que la religión no era muy bien vista en Cuba.

Las urnas son de color rojo y verde para sugerir momentos de violencia, y blancas y azul claro, en las que el artista quiere dar la idea de serenidad y quietud. El mango, la fruta tropical, resulta un elemento emblemático a través de toda la muestra: un signo denotando el país.

En la secuencia, el guardián protege el árbol, lo riega con su orina, copula con él, come de sus frutos... poco a poco, Neira va construyendo su propio mito sobre la sociedad cubana actual, ventajas que se permite el arte cuando de la historia se trata; o, más bien, capacidad de los artistas para inventarse un meta- lenguaje con qué hablar de posthistoria.

ERENA HERNÁNDEZ

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