Exposición Individualoct 1997 - dic 1997· Por Elena Oliveras

Juan Paparella

Galería Ruth Benzacar

La última producción de Juan Paparella (1965) gira en torno al problema de la comunicabilidad. En 1992 presentó, dentro de una compleja instalación, una gran cantidad de objetos cubiertos con tela negra, velados al conocimiento. Algunas piezas eran simples, como los rectángulos cubiertos con paños, pero otras ocultaban elementos difícilmente reconocibles. La dificultad se acentuaba con la presencia simultánea de fotografías fuera de foco o escasamente iluminadas que, lejos de orientar la lectura, producían inquietantes desvíos. El espectador —dice el artista— debe situarse en el límite donde una idea se descompone para formar parte de algo "sin nombre", de "algo otro".

Con posterioridad, las telas negras fueron reemplazadas por materiales acústicos —también negros— que forraban cajas en las que se ubicaban objetos "sin nombre". De esta manera se evitaba, metafóricamente, cualquier "resonancia", la más mínima prolongación del objeto en la conciencia del espectador. Pero, en este caso, Paparella nos decía algo más, al incorporar un video en el que podían verse dos personas (una de ellas era el propio artista) tratando de comunicarse a través del lenguaje de los sordomudos. Con su código elemental de señas, esta forma de comunicación interrogaba sobre la posibilidad de retornar a una relación simple y directa con el otro.

Exposición Individual: Juan Paparella — imagen 1
Juan Paparela. Sin título. 1996. Fotografía sobre aluminio y pigmento negro. 200 x 100 x 45 cm.

Durante la presente temporada, Paparella presentó en la Galería Ruth Benzacar una serie de fotografías montadas sobre aluminio, en la que mantenía sus preocupaciones conceptuales anteriores. El tema de la comunicabilidad y del reconocimiento, y otros correlativos, como el del nombre o de la identidad, ingresaron nuevamente en esta parca pero significativa serie fotográfica.

Las fotografías expuestas no fueron las originalmente tomadas por el artista. Éstas fueron "corregidas", cubriéndose con pigmento negro a las figuras humanas. Luego, el artista procedió a hacer ampliaciones de esas primeras tomas corregidas, ya montarlas sobre planchas de aluminio. A través de este doble registro se eliminaban tanto la huella del artista como la textura del pigmento, acentuándose el efecto de neutralidad y de distancia con lo representado, dominante en el conjunto.

Los austeros interiores de habitaciones, captados con todos sus detalles físicos —paredes resquebrajadas o pisos de madera gastados por el tiempo—, contrastaban con el vacío de la imagen del ser humano para quien habían sido hechos, precisamente, aquellos ambientes. El pigmento negro, espeso y "silencioso", al tapar totalmente el espacio ocupado por la figura humana, cumplía funciones oclusivas similares a las de la tela que cubría sus objetos de años anteriores. Frente al mensaje transparente de la fotografía, capaz de dar un claro testimonio de "lo que estuvo allí", el pigmento reprimía el poder de la mirada, cegándola y cuestionando, al mismo tiempo, la posibilidad de llegar a una plena conciencia de los hechos.

La "poética de la ausencia", tal como es desarrollada por Paparella en estos trabajos, nos lleva a pensar en un tema que fue leitmotiv de obras anteriores: el de la muerte. "Ante cualquier esfuerzo, que siempre resulta vano —dice el artista—, nos encontramos frente a una de las realidades más difíciles de aceptar: la propia muerte. La única certeza desde que nacemos. Lo único que nos abarca indefectiblemente a todos". La certeza de la muerte remplaza, en este caso, a la certeza de la duda, una motivación constante —cómo él mismo reconoce— de gran parte de su producción.

En su serie de fotografías montadas sobre aluminio, la ausencia de imagen humana, al tiempo que nos intranquiliza y desestabiliza, tiene la posibilidad de cargarse de significados. Desmaterializada, sin rostro, totalmente vaciada de cuerpo, la figura humana estimula, desde su inquietante opacidad, el trabajo interpretativo del receptor.

Como en anteriores oportunidades, Paparella vuelve a mostrarnos objetos —o mejor, sujetos— "de incertidumbre", ambiguos y contrarios a lo previsible. Si su certera incomunicabilidad produce, en un primer momento, una turbación de la conciencia, no es menos cierto que ellos reclaman, para el arte, la particularidad de ser un lugar privilegiado no solo de la memoria, de la imaginación y del sentimiento, sino también del conocimiento y —quizá— de la acción.

Recordemos que Paparella, luego de su muestra en Buenos Aires, presentó la instalación Como contrapartida de lo que no se tiene, en la Maison de l’ Art Actuel des Chartreux de Bruselas, ciudad en la que reside desde 1991.

ELENA OLIVERAS

Juan Paparella, por Elena Oliveras | artnexus