Escultura brasileña de 1920 a 1990: un perfil

Victor Brecheret. Ídolo, 1919 Brence 37 x 51 x 28 cm.

Colectivaoct 1997 - dic 1997· Por K. Mitchell Snow

Escultura brasileña de 1920 a 1990: un perfil

Centro Cultural-Banco Interamericano de Desarrollo

El esfuerzo logístico que conlleva el montaje de una exposición de escultura hace que dichos eventos se lleven a cabo muy pocas veces, así que cualquier persona que sea lo suficientemente valiente como para intentarlo, merece crédito por su audacia. Una exposición de escultura que no sea simplemente un intercambio bien recibido sino que haya sido curada concienzudamente, instalada con inteligencia y que sea inusualmente compacta, es definitivamente digna de alabanza. Brazilian Sculpture From 1920 to 1930: A Profile, realizada en el Inter-American Development Bank, es todo eso.

Incluso los novatos en el campo del arte contemporáneo latinoamericano alcanzarán a familiarizarse con muchos de los escultores allí representados. Sergio Camargo, Hélio Oiticica y Lygia Clark estuvieron presentes con unas pocas piezas muy bien seleccionadas. Sin embargo, uno de los puntos fuertes de la exposición es su selección de obras de artistas menos conocidos, algunos de los cuales desafían las expectativas despertadas por los gigantes del arte brasileño. 

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Franz Weissman. Columna Esencialista, 1965. Cuatro laminas de acero pintado. 250 x 50 x 50 cm.

La exposición abre con obras de los años veinte y treinta, de los escultores fundadores del modernismo brasileño, la mayoría poco conocidos por el público de los Estados Unidos. Esta selección, que incluye a Victor Brecheret, Alfredo Ceschiatti, Ernesto de Fiori y Bruno Giorgi, es exclusivamente figurativa, pero con una rápida mirada a estas esculturas se puede confirmar que no son restos de un academicismo importado, ni simples reafirmaciones de tendencias europeas.

Brecheret emerge como la fuerza más creativa de su época. Su bronce Tocadora de guitarra (de pie), de 1923, es una elegante declaración de ideas cubistas. Todavía más impresionante es su Descenso de la cruz (madona y cristo), la cual, aunque pequeña en escala, es monumental en su concepción y ejecución. La forma de la madona es ligeramente alargada, mientras que las líneas de la figura que ella sostiene caen bastante más abajo de sus pies. Aunque el cuerpo de Cristo mantiene su integridad, cada uno de sus elementos ha sido estirado hasta sobrepasar los límites de lo posible, lo cual sirve para transmitir de manera efectiva sus sufrimientos en la cruz, a la vez que realza el elemento sobrehumano de su naturaleza.

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Sergio Camargo. Sin Título, 1970s. Mármol de carrara. 66.5 x 17 x 5 cm.

Ceschiatti, ciertamente más decorativo en su enfoque que Brecheret, produjo también una obra memorable. Su Mujer con manzana nos recuerda sus agrupaciones esculturales que decoran la catedral de Brasilia, pero su Contorsionista es la más interesante. El aro que rodea la figura le hace eco, de una manera muy efectiva, al círculo creado por su pose, mientras que el contrapeso dado por la pierna de la niña le sirve de apoyo a la figura, a la vez que establece un conjunto secundario de relaciones visuales. A pesar de la gran diferencia entre la figurativa Contorsionista y las sutiles formas geométricas de Dissipatori I (1987), de Waltercio Caldas, expuesta también aquí, las dos muestran el mismo interés por capturar la interacción de espacio y tiempo.

La yuxtaposición de esculturas de Mestre Didi, Rubem Valentim y el emigrante austríaco Franz Weissmann proporciona una de las afirmaciones más reflexivas de la exposición. Tanto las obras de Didi, como las de Valentim provienen de las raíces de los pueblos brasileños de origen africano, pero las esculturas de Didi, en fibra de palma, cuero y conchas marinas, son las más "tradicionales" de las dos. Tanto como sacerdote Obaluaé que como artesano de mérito, Didi crea un universo de obras, tales como Bastón de cuatro culebras, que refleja su visión del mundo y sintetiza complejas ideas espirituales en forma tridimensional. Los Objetos emblemáticos, brillantemente coloreados, de Valentim también son obras religiosas, pero en ellas se mezclan las influencias del diseño africano con el simbolismo de los altares católicos.

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Mestre Didi. Opá Ejó Merim (grupo de cuatro serpientes), 1993. Fibra de palma, conchas, cuero, filamentos naturales y vidrio. 141 x 65 cm.

Los coloridos espacios ocupados por las esculturas minimalistas de Weissmann provienen de una tradición estética teóricamente diferente. A pesar de estar próximo al manejo del espacio de Didi y al sentimiento de Valentim por la geometría y el color, el modernismo europeo da la impresión de ser solamente una pequeña parte de una más antigua y más difundida —aunque obviamente menos comprendida— proposición de la creatividad humana.

A medida que los modos de abstracción se van perdiendo en las páginas de la historia del arte, vale la pena observar como las obras simples y elegantes de Camargo resisten muy bien el paso del tiempo. Los pares de cubos entrelazados que forman su Columna, y el eje sutilmente trabajado de una de sus obras sin título, son claros y descomplicados, a la vez que la interacción entre concepto, proporción y material produce una sensación palpable de perfección. La obra de Camargo confirma nuevamente que la simplicidad es a veces ilusoria, y que lograrla con éxito es, en verdad, uno de los desafíos estéticos más grandes.

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Francisco Brennand. Pájaro Roca, 1983. Ceramica. 186 x 5 2x 29 cm.

Uno de los mayores placeres de cualquier exposición bien organizada es la oportunidad de encontrar obras de autores cuyos nombres no son tan familiares como deberían serlo. El ceramista Francisco Brennand, representado aquí por su magnífico Pájaro roca, similar a un tótem, y por el humorístico Pájaro, merece realmente fuera de Brasil mayor atención de la que hasta ahora se le ha prestado.

Al igual que en cualquier otra exposición de esta naturaleza, la ausencia de algunos artistas —el nombre de Frida Baranek me viene enseguida a la memoria— podría provocar unas cuantas protestas leves pero, así como uno querría ver más, el enfoque sucinto de esta exposición la beneficia claramente. Es verdaderamente lamentable que Brazilian Sculpture no esté programada para ser llevada a otros museos alrededor del mundo, ya que merece un público más numeroso.