Exposición Individualoct 1997 - dic 1997· Por José Antonio Pérez Ruiz

Ernesto Pujol

Galería Raíces

Ernesto Pujol nació en Cuba y fue traído a Puerto Rico a los cuatro años; creció en Santurce y recibió su educación en la Escuela de Artes Plásticas de San Juan. Le distingue una refinada capacidad para originar ambientes sugerentes, los cuales se convierten en nutrientes para los que se den a la tarea de interpretar los mensajes emitidos. Recientemente participó en la Bienal de La Habana con una instalación que se convirtió en una de las concepciones estelares de aquel evento. Su producción actual es modesta si la comparamos con aquella. No obstante, posee una intensidad emocional equivalente. En su muestra actual hace referencia a los juegos infantiles. Desde una perspectiva adulta, Pujol ha invertido esfuerzos para desmontar el discurso de los entretenimientos de la niñez, y lo recodifica con la intención de desentrañar los propósitos ocultos detrás de los modelos exaltados en tan "ingenuas" diversiones. De hecho, la producción hoy reseñada responde al título de Vaqueros e indios. Para abordar el tema ha deslindado los clichés existentes, a fin de desatar una crítica mordaz a ese imaginario que se filtra subliminalmente en la mentalidad párvula. Hace una denuncia severa a esa identificación importada sustentadora de un concepto machista derivado del uso de armas y expresiones de fuerza bruta. Nos confronta con una iconografía estereotipada cuya aceptación responde a un proceso contradictorio pautado desde Hollywood.

Exposición Individual: Ernesto Pujol — imagen 1
Ernesto Pujol. Vaqueros e indios. 1997. lnstalación.

El artista se apropia estratégicamente de una simbología impresa en la epistemología popular, asociada al ideal proyectado por la cinematografía. Alude al vaquero blanco cuyas cualidades de conquistador, guerrero y domador seduce a las masas y que viene acompañado de virtudes heroicas, siempre de frente a su eterno antagonista, el indígena de piel oscura. Del contenido violento derivado de las narraciones en torno al antiguo conflicto por la conquista del oeste, extrae argumentos para replantear las versiones oficiales. Pujol acude a la reserva legendaria que ha sido tatuada en la memoria colectiva donde se exaltan los atributos de la fuerza. Destaca así mismo el glamour de la fama obtenida por los conquistadores. Contrasta intencionalmente los rifles y pistolas de los vencedores con la insuficiencia de los arcos y flechas de los derrotados. Los recuerdos amenazantes archivados a niveles inconscientes son activados por el autor al analizar la dinámica de un juego donde no hay dudas de quién será el perdedor, Rememora la condición de vulnerabilidad experimentada por aquellos pueblos cuando se enfrentan a oponentes con recursos mortíferos desarrollados por la ciencia y la tecnología. Cuando eso sucede, el valor no necesariamente determina la victoria. Otro asunto asociado a la tragedia de los pueblos primitivos que chocan con comunidades más avanzadas es el rol de los primeros en el relato del futuro, donde la personificación del villano será asignada a quien ya no tiene recursos defensivos.

Llama la atención del espectador una instalación premonitoria en la que imagina una invasión de vaqueros e indios contra nuestro territorio, lo que da como resultado que los antiguos enemigos se alían para fingir un choque que se perpetúa en el pensamiento ingenuo de la población infantil. La presencia de Puerto Rico es concebida a través de un mapa de tela metálica transparente, que flota como alfombra mágica sobre el soporte. Esa presencia casi imperceptible produce una sensación óptica de fragilidad, que resulta alarmante. Al mismo tiempo se produce un proceso de palimpsesto en el contingente de protagonistas plásticos. La capa de pintura blanca que les disfraza no ha podido prevalecer sobre los colores originales, de manera que la identidad inicial renuncia al anonimato. La presencia de ese ejército de juguete que se desplaza sobre un espacio de blancos intensos sugiere una caminata sobre el océano. Ese aspecto sorprende al observador pues es indicativo de cómo las ideas foráneas se apoderan de una personalidad desde edades tempranas. La ocupación de estratos cerebrales en los que se generan procesos identificables es parte de una conquista bien orquestada.

El conceptualismo de Ernesto Pujol nos lleva a meditar, a hurgar en las raíces de la violencia que hoy asuela el país. Cuando retomamos a los films de vaqueros e indios nos percatamos de que al final prevalece la paz de los sepulcros. El devenir histórico queda en suspenso al eliminar los aborígenes, y se promete otro drama humano simbolizado por el beso final del "muchacho y la muchacha".

JOSÉ ANTONIO PÉREZ RUIZ

Ernesto Pujol, por José Antonio Pérez Ruiz | artnexus