Exposición Individualoct 1997 - dic 1997· Por Clayton Kirking

Elena Climent

Mary-Anne Martin Fine Art

Esta exposición, la tercera muestra en Mary-Anne Martin Fine Art (1992, 1995, 1997), puede considerarse como el clímax de la larga investigación de Elena Climent sobre su pasado. Específicamente, parece ser el final de un viaje a través de la relación con su familia y su pasado, con México y el ambiente que los rodeó y en el cual nació y creció. Ésta es la razón por la que la artista ha escogido el tema de su infancia en el hogar como último capítulo de un sondeo serio y muy personalizado. En la introducción al catálogo que acompaña a la exposición, ella aclara que la muestra está dedicada... a /os [sus] padres y al hogar que en gran medida fue parte de sus vidas. Aunque no lo esté estableciendo aquí, sí está implícito el hecho de que la casa, sus cosas, la luz y los espacios fueran y permanecieran en gran medida como parte de la trama de la vida de la artista. En este largo adiós pictórico, Climent trató —ella cree que con éxito— de liberar de la casa a los espíritus de sus padres y de "...rescatar la parte del alma (de ella) que estaba todavía allí, atrapada en una botella, como un genio". Su padre, el artista español exiliado Enrique Climent, murió en 1980. Luego de la muerte de su madre en 1994, quedó claro que la casa familiar tendría que ser desocupada y vendida. Durante los dos últimos años, Climent ha trabajado en el examen de la naturaleza de ese lugar. Se puso a la tarea de identificar objetos e impresiones de su pasado y a situarlos en un contexto actual. Este traslado de recuerdos, y la fuerza de los objetos que lo generaron, al curso normal de la vida de la artista le ha permitido reinterpretar o reinventar, tanto física como psicológicamente, los espacios en los que han descansado. El proceso ha permitido que la artista gane algún control sobre las imágenes y sus situaciones, transfiriendo dentro de ellas su propio poder y realidad.

Exposición Individual: Elena Climent — imagen 1
Elena Climent. Mesa con Toronja y carta vieja, 1996. Óleo sobre lienzo montada sobre un panel. 21,9 X 28,3 cm.

Al entrar en las galerías, la mayor impresión que se tiene es que las obras actuales representan una clase de tiempo diferente de la presentada en las dos exposiciones anteriores. Al compararlos con su obra anterior, estos cuadros parecen ser mucho más “de un momento", mucho más apremiantes. Las técnicas que se utilizan para comunicar esta sensación son las de una aplicación de pintura mucho más realista y más estricta, y la de una construcción concienzuda de las composiciones, las cuales son intrínsecamente más narrativas que ilustrativas. Existe una comprensión palpable en estas obras de que el tiempo representado acaba de ser interrumpido, de que la presencia humana apenas acaba de dejar la escena.

Las pinturas de bodegones de Climent son frecuentemente comparadas con las de María Izquierdo. Esta comparación puede ser más sensata cuando se hace entre las obras de Izquierdo y las últimas pinturas de Elena Climent. Las obras de la muestra en curso parecen ser todo menos inmóviles, vibran con vida y actividad. Entre las treinta y cinco acuarelas y óleos de la exposición, una de las más conmovedoras es Armario con muñeca y foto vieja del estudio. Sobre un escritorio han sido dejados billetes arrugados y monedas, junto con una llave y una nota, tal vez una lista de compras, en una escena que sugeriría que alguien acaba de volver a la casa y desocupó sus bolsillos. Recuerdos del pasado y el presente están representados por la figura de una muñeca, una fotografía desteñida y el reflejo de un niño en un pequeño espejo. Esta última puede ser la única representación directa de una figura humana en la exposición. Todas las otras están implícitas por medio de recursos visuales o referencias. En Mesa con toronja y carta vieja Mesa con toronja y carta vieja, que es también de pequeño tamaño y formato similar a la anterior (escasamente de 22 x 28 centímetros), las referencias al tiempo están implícitas por medio de la pintura de una toronja a punto de ser pelada con un pequeño cuchillo, una bebida cuidadosamente colocada sobre la página doblada de una carta, y un anillo que alguien se ha quitado y ha dejado sobre la mesa. Todos estos elementos, que se repiten a lo largo de la exposición, hacen que continúe la ilusión de un espacio vital recientemente habitado.

Sin embargo, en el ensayo del catálogo, perspicazmente escrito por Hayden Herrera, es claro que, lo que aparece como réplicas fieles y afectuosas de los recuerdos de la niñez son realmente construcciones basadas en la memoria, pero manipuladas en el presente por la artista. Por ejemplo, ella ha cambiado los colores y ha agregado objetos que no fueron parte del escenario original —juguetes de niños o un pedazo de fruta fresca. De esta forma, la artista ha tratado de ganar cierta autoridad sobre los espacios reales, removiendo el misterio y garantizándose a ella misma la habilidad para separarse de ellos: el acto de recrear y alterar estas pequeñas partes de los cuartos de la niñez le ha dado a la artista el poder para dejarlos atrás.

Estas obras, muy cargadas de simbolismo, marcadas por la iconografía personal y sobrecargadas de drama psicológico, pueden ser colocadas directamente entre las tradiciones de los bodegones, tanto de viejos como de nuevos mundos. En una de las piezas más complejas de la exposición, Mesa de mosaicos con espejo, la adición de dos esqueletos de papier mâché, le imparte efectivamente el carácter de vanitas. Con el reflejo central de una escalera que conduce fuera del cuarto y la adición de flores de caléndula, usadas tradicionalmente en México en las celebraciones del Día de los difuntos, esta pintura se puede ver como un resumen de la exposición. En este caso, el tema vanitas, a la vez que demarca la irrevocabilidad de la muerte y la vanidad de las posesiones terrenales, también hace honor a las cosas individuales. Cada objeto sobre esta mesa ha sido recordado, recogido o imaginado por la artista. De la misma manera, el reproducir estos objetos en pinturas le ha dado a la artista un control más firme sobre ellos. Con eso ha alcanzado un mayor entendimiento de la esencia del "ser" y del tiempo. El éxito de esta ilustración del pasado de un individuo, enciclopédica y meticulosamente ejecutada, más allá de los asuntos pragmáticos manejados habilidosamente, como la técnica y la composición, es sencillamente el de comunicarle ese mismo entendimiento al espectador.

CLAYTON KIRKING

Elena Climent, por Clayton Kirking | artnexus