Zamora nos ha acostumbrado desde hace más de quince años a esa suerte de rodeo humano espacial en el que sus personajes tejen una ficción fantástica de lo cotidiano. Este artista de origen mexicano se formó primero en México en los años sesenta (influido por los maestros herederos de la tradición figurativa y expresionista de la Escuela mexicana), luego en Polonia, donde ha confortado su práctica de la estampa, galardonada en múltiples ocasiones. La estancia en Europa del Este le ha marcado profundamente, y la impresión en su subconsciente de los momentos más negros de esta historia se ha entrelazado con su visión pesimista y desilusionada de la vida.
Si los críticos franceses se empeñan erróneamente en enfatizar la obligada o inevitable mexicanidad de Zamora, por la dimensión mágica y macabra que, a primera vista, se desprende de su obra, pienso, por el contrario, que es mucho más del lado de un viaje interior obsesivo que hay que buscar las raíces y la clave de su imaginario. Claro que están presentes el tema de la muerte, las calaveras, las cruces, las iglesias coloniales, y que la naturaleza es más tropical que las colinas de la Bourgogne... Es evidente que la influencia de la gráfica de José-Guadalupe Posada, reivindicada por el artista, orienta una manera en la que el artista actúa como equilibrista, entre la sátira y el humor negro. Su inefable interés por El Bosco y el bestiario de medioevo, su atracción por el mundo del Goya oscuro, le han ayudado también a darle forma a su monstruosa y grotesca perversión de lo real.

Sin embargo, es mucho más del lado de la literatura y de la novela latinoamericana, en sus momentos más real-maravillosos; del mundo desencantado del escritor Fernando Pessoa, al ritmo de su viaje inmóvil, y en los laberintos de la soledad de Octavio Paz, donde se podrían estructurar los cimientos (o los suelos movedizos) en que se apoya su narración novelística. Ahí está la esencia dramática de la obra del artista, los polos de su interrogación, lo que le conmueve y lo hace reflexionar. Zamora es un ser de soledad que exorciza la incertidumbre absoluta, gracias a la risa y el sarcasmo. La ingenuidad de sus mundos, ligada a su amor por la poesía, permite que la pesadilla, a menudo, deje lugar al sueño.
En su reciente exposición en la Galería Lefor-Openo, en París (donde exponen también Pat Andrea, Antonio Seguí y Víctor Ulloa), la realidad desarticulada de Zamora, próxima a la del uruguayo lturria, se manifiesta en una nueva organización del espacio y de la intención temática. La construcción de su tela, a pesar de su aparente desorden, estuvo siempre concebida alrededor de un eje central que muchas veces era el vacío, pero un vacío como espacio teatral, lugar del drama, siempre delimitado, ceñido, cerrado. En esta última exposición hay una acentuación del efecto producido por los personajes, y los sainetes se imponen al detrimento del trabajo sobre el espacio. No hay tanto movimiento ni movilidad, sino escenas calmadas, distribuidas en un solo plano, imponiendo una anécdota estática. El universo es el mismo, turbio, disfrazado. Sigue manifestándose el arquetipo humanoide grotesco, especie de E.T. extraviado en su cosmogonía cotidiana, y el erotismo queda desesperadamente ausente. Algunas interrogaciones generadas por la observación de las obras recientes señalan un esparcimiento de la sintaxis y la reiteración un poco vacía del vocabulario iconográfico y simbólico, debilitando la magia de su habitual metáfora.
Zamora es excelente cuando puede expandirse, o al revés, consagrarse a lo minúsculo. Aquí los tamaños medianos dominan y otorgan al detalle una primacía que puede afectar la lectura del argumento plástico global. Sin embargo, el manejo del óleo diluido y del acrílico tratado como gouache, sobre el papel froissé, crea una textura y una rica apariencia de pergamino, como si se tratara de manuscritos en imágenes: la habilidad técnica de Zamora está allí confirmada. El espíritu de sus "viñetas" sigue muy personal y atestigua de la riqueza y del vigor de una tradición narrativa latinoamericana siempre viva, aunque abandonada por muchos artistas desde el principio de los años noventa.
CHRISTINE FRÉROT
