Ahora que ha pasado un siglo desde su nacimiento, el proyecto de volver a analizar críticamente los contextos y elementos de la vida y obra de Siqueiros ha estimulado la producción de exposiciones, simposios y catálogos enfocados a sus años de formación.
David Alfaro Siqueiros fue un visionario, pero sobre todo, fue un hombre que sabía decir No. El rechazo estuvo siempre en el centro de su obra, a la cual tradujo su apasionada y explosiva mezcla de comunismo, confrontación, protesta y conexiones personales, en un conjunto de formatos visuales indisputables. Artista, escritor de manifiesto y organizador laboral, rechazó la injusticia social, política y económica con tácticas que le hicieron ganar tanto adeptos como enemigos.
Siqueiros se definía a sí mismo como revolucionario, un revolucionario que vivió lo suficiente como para que una generación más joven de artistas mexicanos lo percibieran como alguien que tomó una postura intelectual que se solidificó hasta convertirse en su propio conservatismo. Para otra generación al norte de la frontera, Siqueiros fue una figura inspiradora cuyos actos de resistencia le dieron paso a la posibilidad del cambio social, como consecuencia de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos. Ahora que ha pasado un siglo desde su nacimiento, el provecto de volver a analizar críticamente los contextos y elementos de la vida y obra de Siqueiros ha estimulado la producción de exposiciones, simposios y catálogos enfocados a sus años de formación en escenarios como Ciudad de México, Santa Bárbara, Houston y Londres, que pueden apreciarse en Retrato de una década, 1930-1940.

Las pinturas, litografías y grabados en madera que forman parte de Retrato de una década, 1930-1940 fueron hechos en Taxco, Los Ángeles, Nueva York, Uruguay y España. A medida que Siqueiros fusionaba una vida de exilio y con el ejercicio del activismo político y el arte, producía una obra de asombrosa variedad y virtuosismo técnico. La exposición del Museo de Arte de Santa Bárbara, más pequeña que la de Ciudad de México, permitió ver obras que estaban dispersas en colecciones públicas y privadas, realizadas por un artista de quien poco se ha expuesto en los Estados Unidos. Las 77 obras, organizadas en grupos temáticos, dan una breve visión de un hombre consumido por sus pasiones y por sus intensas creencias políticas.
Siqueiros retomó el arte en 1930, después de una interrupción de varios años. Sentenciado por el gobierno mexicano, primero a la prisión Lecumberri de Ciudad de México y luego a un año de arresto domiciliario en Taxco, su reclusión sólo sirvió para intensificar su resolución de crear obras que representaran la realidad de las desigualdades sociales. Experimentó con técnicas y materiales que comunicaran su visión, como artista, del cambio social; visión cuya información provino de la fotografía y el cine. Espacios estrechos, cambios de perspectiva, paleta pintada con tonos terrosos de profundos matices marrones, rojizos y anaranjados, —elementos que pronto cambiarían hacia la primera mitad de la década, a medida que Siqueiros continuó experimentando con la superficie pintada, presionando y dilatando los límites de un realismo expresionista que primero transfirió de la superficie texturada del fresco tradicional al lienzo, luego a los grumosos relieves de la arpillera, y más tarde pasó a las luminosidades capturadas en la piroxilina, una pintura industrial para automóviles, aerografiada sobre paneles.
Organizada cronológicamente, Retrato de una década se inicia con una serie de pinturas y xilografías hechas en prisión, y termina con pinturas llenas de referencias a una Segunda Guerra Mundial cada vez más intensa. Las seis secciones de la exposición fueron: "Penitenciaría, 1930"; "México hoy, 1930-1932"; "Galería de retratos, 1931-1936"; "Lucha revolucionaria, 1930-1935"; "Hacia la guerra, 1936", y "Caído - pero no vencidos, 1939", que incluía obras con referencias alegóricas a su participación en la guerra civil española.
Las obras que realizó Siqueiros en la prisión Lecumberri, de Ciudad de México, comunican la misma espera interminable y el peligro que conllevaba el encarcelamiento. A pesar del pesado ambiente de la prisión, el artista continuó experimentando con la abstracción de la figura humana y la manipulación del espacio y su compresión, análoga a la presión ejercida por la institución.
En Penitenciaría, de 1930, un grupo de mujeres espera entrar a la prisión al amanecer; el cuerpo sin rostro de una mujer emerge con su vestido en forma de columna, lo cual transmite un resuelto anonimato, desde un punto de vista estimulado por la perspectiva ortogonal del cuadro. Incluso las visitas conyugales de Siqueiros sirvieron de alimento intelectual para su experimentación: tres de las obras representan a su compañera (más tarde su esposa), la poetisa uruguaya Blanca Luz Brum, en el escenario de la celda que ella visitó.
"La Galería de retratos, 1931-1936" contenía obras que variaban mucho en cuanto al formato, la textura, el tamaño y los materiales, incluyendo retratos creados en Taxco dotados de una enorme sensibilidad, la cual logra al colocar al sujeto en el plano frontal, en un primer plano extremo, como en su retrato uruguayo de Violeta Brum (1933). Gruesas pinceladas de pintura esculpen los planos de la cabeza y combinan (y a veces forman grumos) con la superficie cubierta de yeso de la arpillera y con las esterillas tejidas en fibra de coco, que Siqueiros empleaba ocasionalmente como soportes. Dentro de estos retratos se encuentran amigos, amantes, conocidos y mecenas, una rica combinación que sugiere el complejo sistema de apoyo emocional y económico que sostuvo a Siqueiros durante los años 30: William Spratling, Moisés Sáenz, Lone Robinson y Josef von Stemberg.
"México hoy, 1930-1932" incluyó el enorme mural del tamaño del caballete, titulado Accidente en la mina, así como Madre campesina, Maternidad y Madre proletaria. La combinación de géneros, conceptos y desafíos en estas obras fueron precursores importantes de los tres murales de Los Ángeles, de 1932, dos de los cuales sobreviven (Retrato de México hoy y América tropical; este último está actualmente en proceso de ser consolidado y preservado por el Getty Conservation Institute). Después de 1933 y comenzando con Víctima proletaria, los soportes de metal, madera o paneles fueron pintados con piroxilina.
Etnografía (1939), una de las pinturas más conocidas de Siqueiros, presenta una crítica alegórica de la mirada antropológica. Por medio de la imagen monumental de un campesino que lleva puesta una máscara olmeca, la pintura revela la conexión temporal entre las percepciones del pasado precolombino de México y sus pueblos actuales. Las otras obras de ese año trágico, El sollozo y Caídos pero no vencidos, articulan respuestas al surgimiento del fascismo, que son profundamente emocionales pero que, al igual que muchos de los retratos, mantienen sus papeles tradicionales como género. A pesar de los fuertes ventarrones producidos por el colapso del gobierno republicano español y la invasión nazi a Europa Oriental, estas dos pinturas funcionan como una invocación de la resistencia y la acción, más que de la capitulación en esta oscura hora de la guerra.
El momentum de la exposición se disipaba en cierta forma al llegar a sus secciones finales, empezando con "Lucha revolucionaria, 1930-1935", en la cual había dos litografías de desnudos y un retrato de Zapata de 1931, así como una impactante obra de 1936 (El rapto) que representa el intento de rapto del que fue víctima el hijo de su amante. Estas obras estaban incongruentemente agrupadas con Tren de tropa, Mitin y la deprimente Alegoría de María Harraz Mireda de Terra (1933). Esta sección habría podido ampliarse si se hubiera centrado más en las actividades de Siqueiros durante su exilio en Los Ángeles en 1932, tan importantes para entender la producción de obras creadas durante el año inmediatamente siguiente.
El simposio Siqueiros en el exilio, llevado a cabo en el Museo de Arte de SANTA Bárbara el 27 de abril de 1997, contó con tres presentaciones, dos de las cuales fueron hechas por miembros del equipo de curadores de la exposición, James D. Oles y Mari Carmen Ramírez, y la tercera, por Shifra M. Goldman, una erudita en los temas relacionados con Siqueiros. La presentación de James D. Oles dio una nueva percepción sobre la formación de un público y un mercado para el arte de Siqueiros durante los años treinta, y luego detalló el proceso y las tribulaciones de ubicar las obras para la exposición, muchas de las cuales se exhibían en los Estados Unidos por primera vez desde que fueron pintadas.
La disertación de Mari Carmen Ramírez, titulada "Siqueiros: el mural en la era de la reproducción mecánica", enmarcó su obra en términos de la teoría y la práctica del artista de la perspectiva poliangular- una técnica de cine que él desarrolló a partir de su encuentro con Eisenstein en 1931, y que introdujo en 1933 con la pintura del mural Ejercicio plástico, en Buenos Aires. La complejidad y contradicciones de las influencias modernistas que Siqueiros absorbió (entre ellas Cézanne, el futurismo y el cubismo) mientras estuvo estudiando en Europa, contribuyeron al desarrollo de su teoría artística y de su práctica política. El catálogo y los ensayos del simposio, escritos por Ramírez, son altamente informativos, ya que presentan un análisis que empieza con El arte en la era de la reproducción mecánica, de Benjamín, y examina cómo aplica Siqueiros la teoría de Einstein sobre el montaje, a la creación de un nuevo paradigma de pintura revolucionaria sobre muros, para llegarle a las masas.
En contraste, la presentación de Shifra M. Goldman, titulada "Siqueiros entre los ángeles", investigó el redescubrimiento y la conversión vernácula de la obra de Siqueiros entre los nuevos muralistas de Estados Unidos, desde finales de los sesenta hasta mediados de los ochenta. Hizo énfasis en la forma como la diseminación de la obra de este artista se logró por medio de la aprobación, revisión y adaptación de temas y estilos, más que por los sistemas técnicos desarrollados por él.
Retrato de una década, 1930-1940, curada de CURARE y patrocinada por el Instituto Nacional de Bellas Artes, marcó el centenario del nacimiento de Siqueiros de 1896 y el primer examen amplio de esta importante década de formación. Los eventos y publicaciones realizados conjuntamente con la exposición han dado origen a nuevos y bien recibidos análisis y debates y, disimuladamente, han servido como recordatorio del poder de las imágenes visuales para despertar la indignación e incitar al cambio social.
ELLEN FERNÁNDEZ SACCO
Consultora curatorial para la Visión Interpretativa América Tropical/David Alfaro Siqueiros de la calle Olvera. Durante el verano conformó la confraternidad de Andrew W. Mellón en la compañía de Librerías de Philadelphia. Se encuentra actualmente completando su disertación en UCLA.

