El cielo y el infierno en un matrimonio de complicidad. Las fuerzas del bien que mueven al mal, la energía maléfica, la destrucción que se genera al construir la alianza; esto propone Arturo Rivera, el pintor que surge de una estricta academia de rigor técnico y que presenta en MARCO sus Bodas del cielo y el infierno.
Esta exhibición, curada por la alemana Jutta Rútz, está basada en la obra del mismo nombre del inglés William Blake —escrita en 1793— quien argumenta que la energía se encuentra limitada por la razón y, por tanto, el amor y el odio, las fuerzas contrarias, son necesarias para el progreso del hombre.
Arturo Rivera (1945, Ciudad de México) presenta óleos sobre tela, de una depurada perfección técnica, un dibujo impecable y temas que horrorizan a la vez que presentan la belleza de una composición que sorprende por su apego a los rigores de la técnica y nos recuerda a los maestros ingleses y alemanes de los siglos XV y XVI.

Las escenas bíblicas, el Antiguo y el Nuevo Testamento se vuelven temas recurrentes en la propuesta plástica de este artista que no teme mostrar las influencias que se distorsionan para finalmente, como dice Teresa del Conde en el catálogo, "borrar sus huellas" y hacer una obra conmovedora, de temática aterradora en la que la anatomía humana y animal se vuelve, un motivo para exponer los horrores de una naturaleza monstruosa o naturalista.
Rivera posee una sólida cultura plástica, y él mismo sostiene que la academia es lo único válido aun hoy en la pintura, y que negarla sería caer en el error. La Academia, con mayúscula, tiene tanta actualidad hoy como hace cientos de años.
Por eso se expresa plásticamente con un rigor renacentista, a la vez que imprime una frialdad en su mensaje, con temas terribles como la extensa serie El rostro del dolor, pintada de 1980 a 1985, que abre la exposición presentando en Magnus (1980) la cabeza sin epidermis de un hombre, enmarcada en una serie de líneas geométricas en donde giran un insecto, un torso también sin piel, y donde los textos bien caligrafiados dan un marco de referencia.
El rito (1980) tiene como punto focal una gallina desplumada en un plato sobre una mesa rústica con mantel blanco. Volvemos a la perfección técnica de Rivera que, como en la vieja escuela, utiliza temple de huevo, que le da la libertad de jugar con los matices, las sombras, las luces. El dibujo es impecable, dando a la obra una perfección fría.
Su maestría en el género del retrato nos presenta rostros extraños, reales, sin afeites. Expresiones terribles que, además, se justifican en su entorno de objetos, mamíferos, insectos o partes humanas que horrorizan, en un contexto que podría ser mágico o surrealista pero que es real; sus personajes parecen estar vivos.
Rivera, quien estuvo trabajando varios años con el surrealista alemán Max Zimmermann como ayudante de cátedra en la Kunstakademie de Munich, recorrió muchas veces la Alte Pinakothek, admiró a Durero y a sus discípulos, y también, como los flamencos y prerrenacentistas, tomó a la Biblia como tema de inspiración para su serie La historia del ojo, pintada en 1990, en donde presenta el milagro de Santa Lucía, Daniel en la cueva de los leones, Juan Bautista; o la mitología, en cuadros como Tiresias y X Equus.
En 1983 pinta, parafraseando a José de Rivera, El martirio de San Felipe, y los temas de santos vuelven constantemente en El Cristo roto (1991), Lázaro (1991), La pasión (1991). Cristos horrorosos, santos sangrantes que justifican el entorno de minerales, vegetales y animales diseccionados con la precisión de un perfeccionista dibujante de anatomía.
En esta retrospectiva hay una selección de lo producido por el artista en el período que abarca de 1980 hasta hoy. Su obra explora la veta de la muerte, la anatomía, también la medicina, a través de los instrumentos quirúrgicos, las disecciones, la musculatura fría y, sobre todo, la perfección llevada hasta el último detalle, en rostros que tienen líneas de expresión claras, un dibujo limpio y un manejo de luces y sombras que nos recuerda a los maestros flamencos, así como una composición minuciosa seguramente aprendida de Vermeer, uno de los artistas más admirados por Rivera.
Las series presentadas son El rostro del dolor, La historia del ojo, Los sueños, y los más recientes, como La última cena, de la colección de MARCO y ganador de una mención en la primera emisión de este concurso, en 1995, que significa todo un tratado y refleja una exhaustiva investigación del tratamiento dado a través de los siglos a este suceso de la historia sagrada.
NORMA GARZA
