La gran muestra retrospectiva de Antonio Berni (1905-1981), realizada en el Museo Nacional de Bellas Artes, alcanzó una repercusión no imaginada por los organizadores, y superó ampliamente la mítica muestra De Cézanne a Miró, de los años sesenta o la más reciente exposición de Chagall, en 1989. Con un promedio de más de siete mil personas por día, lleva a reflexionar sobre este acontecimiento extraño, además, para el mundillo de las artes plásticas en general y, en particular, para un artista argentino.
No basta atribuir este suceso solamente a la publicidad y al hecho de que fuera portada del diario de mayor circulación; a él se le debe sumar la difusión de la noticia del valor alcanzado por su obra Desocupados, 800 mil dólares, realizada en 1934; o la trascendencia que se dio a la muestra realizada hace dos años en Madrid, o la repercusión que alcanzaron los comentarios favorables sobre Berni, en la muestra itinerante Artistas latinoamericanos del siglo XX, que organizó Waldo Rasmussen.
Estos antecedentes tampoco explican la multitud de personas de diversas edades y de todas las condiciones sociales, que comentaban las obras más revulsivas por no ser convencionales que fracturan los lenguajes académicos.

Hace diez años cuando se exhibieron sus obras de los años sesenta, sus collages o grabados xilo-collages-relieve alcanzaron poca repercusión comercial –al igual que le aconteció al propio Berni veinte años antes–, cabe preguntarse sobre la mudanza en el gusto del público en general, y de los coleccionistas en particular. Este tema nos lleva más al análisis sociológico que a la especulación estético-formal.
Lo cierto es que la unidad ideológica de la trayectoria artística de Berni puede dar pie para aproximarnos a los diferentes niveles de análisis que han hecho posible que coincidan el imaginario colectivo con el mundo plástico creado por Antonio Berni.
Alrededor de ciento cuarenta trabajos, entre óleos, grabados, objetos escultóricos, una instalación y un tapiz, nos han permitido recorrer desde un óleo realizado en 1921, El galpón hasta su última obra realizada antes de morir, en 1981.
Al considerar las obras de sus diferentes etapas a lo largo de seis décadas de producción artística, es preciso integrarlas a un contexto en el cual, además de las referencias a los movimientos artísticos y estéticos contemporáneos, se relacionan con acontecimientos políticos y sociales a nivel nacional e internacional, ya que fue un humanista integral que vivió comprometido con su tiempo; quizá éste es uno de los factores del actual reconocimiento del público. Es éste compromiso vital, a la vez ético, el que se integra a su discurso plástico y conforma una imagen que lo hace representativo del arte argentino y latinoamericano. De las obras que comprenden los años iniciales o etapa formativa, se destacan sus paisajes compuestos a la manera impresionista como Álamos, un óleo de 1922; o de su estancia en París, El mantel amarillo, de 1927, en que conjuga diferentes propuestas que tienen su punto de partida en Cézanne.
La etapa siguiente está dominada por el conjunto de obras surrealistas, alrededor de trece, de las cuales llaman la atención Susana y el viejo, un collage de 1931, o La muerte acecha en cada esquina, de 1932. Debemos recordar que, en 1928 André Bretón lanza El surrealismo en la pintura, que Buñuel y Dalí realizan Perro Andaluz. Berni participó activamente con dicho grupo y, además, coincide con la gran retrospectiva de De Chirico en la Ciudad Luz, del que tendrá gran influencia.
La llegada a Buenos Aires de David A. Siquieros, en 1933, más el auge del nuevo realismo en su lucha contra el nacionalsocialismo genera transformaciones en la propuesta de Berni, como lo evidencian Manifestación y Desocupados, realizadas sobre arpillera al temple, en 1934, de grandes dimensiones ambas. Con ellas se inicia la inserción de lo cotidiano desde la óptica política, que será una constante en sus obras más importantes; si bien abandona la figuración onírica, subyacen a lo largo de su producción artística componentes surreales, como lo demuestran La siesta, un óleo de 1943, o El mundo prometido a Juanito una técnica mixta y collage de 1962, y La difunta Correa, un óleo y collage de 1971.
En un espacio diferenciado se exhibieron las grandes tintas y xilografías, con las que ganó en la Bienal de Venecia en 1962, un tapiz en el que se reproduce uno de sus grabados conocidos de los inicios de la década del sesenta, y una buena selección de sus xilo-collage-relieve. Estos últimos trabajos demuestran su capacidad innovadora, al salirse de la ortodoxia tradicional del grabado. Destacamos La lectura, un xilo-collage-relieve de 1977, porque tiene dos niveles de narración y fractura el espacio de representación tradicional, entre otras características.
Quizá una de las obras que provocó mayor atención en los jóvenes fue la instalación La difunta Correa, realizada y exhibida en 1976 en la exposición denominada Creencias y supersticiones de siempre, realizada en la Galería Carmen Waugh.
En definitiva, esta retrospectiva de Antonio Berni no sólo reafirma sus cualidades artísticas, desde siempre sostenidas por los especialistas, sino que su nombre y su imagen tienen inserción popular.
ALBERTO COLLAZO
