Fuera de los sitios de exposición oficiales — el Centro Georges Pompidou, las nuevas salas del Jeu de Paume y el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de París— la capital francesa carece dramáticamente de sitios no comerciales para la difusión del arte moderno y contemporáneo. No hay lugares alternativos de envergadura, ni salas lo suficientemente grandes y bien situadas para recibir exposiciones "históricas" o de artistas que cuenten para el arte de hoy, sobre todo cuando ellos no participan en el circuito de las grandes ferias de arte contemporáneo.
El Couvent des Cordeliers (construido en el siglo XIV, y marcado por una historia caótica de la cual la Revolución es uno de los episodios más destacados), fue inaugurado como sala de exposición en 1991 y representa uno de los pocos sitios del circuito anexo a las instituciones museales de los que disponen los artistas para mostrar sus obras en París. Dirigido por una asociación vinculada a la alcaldía de París, el Couvent des Cordeliers tiene una programación atípica, libre de imperativos comerciales o de modas, y se esfuerza por reflejar la diversidad, la historia y la aventura del arte de este siglo. Más bien orientado hacia la difusión de artistas pertenecientes a la Escuela de París, tanto franceses como extranjeros, el Couvent des Cordeliers ha presentado un gran número de exposiciones relacionadas con este período. La representación de artistas del sur es menos notable, pero de calidad: en 1992, siete artistas de Oaxaca, entre ellos Francisco Toledo y Sergio Hernández, presentaciones una muestra, y hace algunos meses, una programación africana recibió músicos y artistas plásticos, incluyendo a Bethe Selassié, de Etiopía, y Mohammed Kacimi, de Marruecos.

La exposición de obras de Agustín Cárdenas, que se presenta actualmente en el Couvent des Cordeliers, confirma este eclecticismo saludable. La retrospectiva, preparada por la iniciativa de la Señora Cárdenas-Malagodi, gracias a fondos privados, llega a París después de haber sido presentada en Milán. La Señora Cárdenas, quien es la comisaria de la exposición, es igualmente la única prestadora de obras para esta manifestación.
Cárdenas pertenece a esa generación de jóvenes artistas latinoamericanos que escogieron París a principios de los años cincuenta. La mayoría de ellos se quedaron poco tiempo. Es el caso de Jacobo Borges (1952), Lygia Clark (1950) y José Luis Cuevas (1955), entre otros, jóvenes artistas plásticos que iban a codearse con artistas de mayor edad, quienes habían optado por Europa de manera definitiva, tales como Roberto Matta y Wifredo Lam. Este grupo constituye un centro activo en la vida parisiense de aquel entonces , vivificante y muy integrado por medio de exposiciones y del apoyo de escritores franceses, el papel de André Breton a este respecto fue de gran importancia. Después de haber escrito acerca de Lam, Matta y Tamayo, Bretón escribió sobre Cárdenas con motivo de la exposición colectiva surrealista que organizó en París en 1956 (en la Galería de l’Etoile Scellé). Ésta fue la primera exposición del artista cubano en la capital francesa. "Hé aquí, surgido de sus dedos, el gran tótem florido que, mejor que un saxofón, se yergue cual mujer hermosa". En su alusión a África y a la naturaleza, la evocación de Breton recalca la dimensión erótico-poética de la escultura del joven Cárdenas, la cual se revelará como uno de los ejes fundamentales de su obra.
La retrospectiva en el Couvent des Cordeliers es valiente y de alto nivel, pero una escenografía menos dispersa hubiera mejorado la presentación. Los 39 años de estadía y de creación de Cárdenas en París son presentados a través de una excelente selección, en la cual alternan las obras de madera con marcada influencia africana, y otras más orgánicas, en bronce o en mármol, más cercanas a la corriente surrealista. La exposición reúne 38 esculturas, acompañadas de 40 dibujos en tinta y gouaches. lncluyen ciertas obras magníficas, en mármol blanco y negro, de los años setenta, tales como Dogon (1971), La Question (1973), Le Corps (1974); sin olvidar Iroco (1967) y Le Repos d'Orphée (1981-1982). En algunas de las últimas obras de los años ochenta, se nota una especie de encogimiento, una repetición menos impactante del elemento orgánico que ya no comunica con la misma energía el impulso mágico que surgía de sus esculturas anteriores. Técnicas diversas —madera, bronce, mármol— y dimensiones diferentes se alternan en una cronología entrelazada, cuya dirección es a veces difícil de percibir. El recorrido ofrece una visión fragmentada de la obra del artista, cuyo vector principal es el placer estético. El visitante puede sentirse algo perdido frente a este verdadero de esculturas (en el caso de esta exposición, la museografía fue obstaculizada por la presencia en fila de trece inmensas columnas de madera que sostienen el techo del sitio y que rimas longitudinalmente con la enorme sala cuya rectangularidad es apenas interrumpida por cuatro golas perpendiculares). Los dibujos, todos de gran calidad; algunos pertenecientes a la más pura tradición de la escritura automática de los surrealistas; otros, bosquejos preliminares de la tridimensionalidad, hacen eco a las obras. Merecían tal vez una sala más íntima, separada de las esculturas, como fue el caso en la retrospectiva de Fernand Léger presentada al mismo tiempo en el Centro Georges Pompidou. La obra mayor —en el caso de Cárdenas, la escultura— hubiera así podido respirar mejor, y esta disposición hubiera ofrecido, sin duda al visitante, un reposo visual regenerador del pensamiento y de la mirada, permitiendo una recentracion de reflexión y distanciamiento sobre las propuestas estilísticas, lineales y espaciales del artista.
Una de las características esenciales de Cárdenas, y esta exposición lo demuestra bien, es su capacidad de pasar de lo más pequeño a lo más grande, de cambiar de materiales y de técnica sin problema de escala ni de status de la obra. Es bajo el signo de la dualidad —día/noche, blanco/negro, adentro/afuera—que se asoman horizontes a la vez míticos, sensuales y espirituales en los que Cárdenas se expresa con esa carga erótica que lo caracteriza, para crear un espacio-tiempo impregnado de las tres culturas que viven dentro de él, la africana, la amerindia y la europea. Ese tumulto vital, fálico-ovoide, pertenece a la familia de Brancusi, Moore, Dalí, Miró... Pero es en el "soplo africano" que Cárdenas se expresa mejor y donde nos conmueve más. La dimensión africana alcanza lo universal, y como lo señalaba en 1968 el antillés Edouard Glissant, "más aún por el desafío tranquilo al tiempo que acosa, por la presencia sin falla y por la sombra bajo las ramas. Considere su lento avanzar después de la primera noche, vea cómo niega el desmoronamiento y la terminación. Vea cómo convoca la memoria del futuro". Lo cual el surrealismo francés solo nunca pudo darle.
Hacer justicia al trabajo de Cárdenas, hoy muy enfermo y retirado en Cuba, es una iniciativa loable en una ciudad como París, frecuentemente ingrata, donde esta generación de artistas latinoamericanos con vínculos al surrealismo está un poco olvidada, como es también el caso del pintor mexicano Alberto Gironella. La última gran exposición individual de Cárdenas, titulada Treinta años de escultura, tuvo lugar en París en una galería privada (JGM) en 1988.
CHRISTINE FRÉROT
