El dibujo, el rostro y el interés por lo pictórico son constantes en la obra de Adonay Duque. Con motivo de su exposición Sin título, en el Centro de Arte Euroamericano de Caracas, entre junio y julio, el artista ofrece dos premisas que permiten un mejor conocimiento de su hacer: "Mi pintura es autobiográfica", dice él mismo en la presentación del catálogo; "recorro un camino en solitario", declaró a la prensa. Autobiográfico no sólo por tratarse de autorretratos, cuando no toma como modelos a sus hijos o amigos, sino porque además las figuras que pinta, y ahora podemos decir: una y otra vez vienen de la gran tradición de los museos, de la historia del arte, de su preferencia que le identifica con El Greco, los expresionistas, Van Gogh, Soutine o Reverón, y todo lo que pueda desentrañar el arte de siempre, según sus propias palabras. En todos ellos hay la coincidencia del individuo atormentado, del inocente sacrificado.

En cuanto al camino que Duque recorre en solitario, debemos entender esta frase en el contexto actual del arte en Venezuela, donde el acto de pintar, el oficio ante el caballete, es visto con desprecio por la academia de las instalaciones. Ser pintor, en su generación, es algo casi extraño; siendo, entonces, Duque un avis rarus junto a Lizardo, Pujol, Arria o Bugallo. Sendero de ermitaño, quizá, pero, también, de fe.
Del soporte sobre papel y del dominio del dibujo, Duque se presenta de manera inequívoca como pintor. Pintor que goza como tal. Pintor de grandes formatos. Pintor que ha decidido abordar temas y mostrar unas cuantas telas.
El dibujo se siente tras la materia y en el sentido estructural de cada composición. Sus sujetos son algunos cuerpos y varias cabezas. Hay un trazo frenético, violento, de rica materia y fino dominio del pintor. Duque dibuja con el pincel y establece lo espacial en los ritmos y las tormentas del color. Se trata de pintura, y más aún, pintura figurativa.
Los modelos que pinta Adonay Duque no son antiguos, no están detenidos en el pasado. Al contrario, pertenecen al presente, dada la vitalidad que implican e irradian. Pinturas, cuerpos, rostros de actualidad, en tanto que presencia del hombre y su mirada. Su circunstancia es su materia y sus colores sobre la tela. Esos rostros son inquietos e inquietan. De allí su vigencia incómoda.
Lo contemporáneo es posibilidad múltiple, aunque los sectarios de nuevo cuño se empeñen en lo contrario. Hay planteamientos en torno a los objetos o a las ideas en el espacio que, cuando son resueltos con sensibilidad, originalidad, plasticidad y fundamento filosófico, revelan, sin duda, una condición de arte. Pero aquí, como en cualquier otra manifestación, la tumultuosa repetición de modelos, las copias acaso graciosas, los gestos sin basamento vivencial forman parte de una continuidad de pacotilla, de una vanguardia chata. Paralelo a ello, en solitario y en silencio, hay pintores que trabajan, que maduran sus procesos creadores, haciendo una obra de interés, de excelente factura y cuyos objetos plásticos serán los fundamentos de un reconocimiento a muy corto plazo.
JUAN CARLOS PALENZUELA
